
No del todo invisibles
Cada mañana, las mismas personas anónimas convierten el supermercado en un lugar familiar. Hasta que una nueva presencia altera la rutina.

Cada mañana, las mismas personas anónimas convierten el supermercado en un lugar familiar. Hasta que una nueva presencia altera la rutina.

Un coche viejo, una carretera conocida y esa lealtad extraña hacia lo que sigue arrancando cuando casi todo lo demás cambia.

Cada mañana y cada noche, a las nueve, cepillo a Maia. Un gesto pequeño que me devuelve a los gatos que tuve y que ya no están. Una carta sobre el tiempo y las manos.

Reflexión sobre lo que se queda a medias —libros, amores, frases suspendidas— y por qué lo inconcluso es, en el fondo, lo único que sigue vivo dentro de uno.