Hay una pila de libros en mi mesilla de noche que ya no es una pila, es una pequeña columna. Si la levanto entera y la miro de lado, puedo leer en ella prácticamente el último año de mi vida, capa por capa, como quien lee la edad de un árbol en sus anillos. Abajo del todo, el más sepultado, hay uno que empecé en enero y abandoné en la página ochenta y tres. Lo sé porque el marcapáginas sigue ahí, fiel como un perro a su dueño, esperando en una página que ya apenas recuerdo. Encima de él, otros tantos libros. Todos con su marcador asomando, todos detenidos en mitad de algo, todos con la promesa intacta de que un día —ese día mítico que nunca llega— los terminaré.
Durante estos meses esa pila de libros me produce una especie de culpa. Es la culpa de quien deja las cosas a medias. Nos han educado bien en eso: lo bueno siempre es acabar. Acabar el libro, terminar la carrera, rematar el proyecto, llegar al final de la conversación con todo dicho y nada pendiente… Lo inconcluso se nos clava como una deuda, y andamos por la vida con la sensación de deberle algo a no se sabe quién.
Pero hace poco, ordenando la susodicha mesilla de noche —una de esas tardes en que uno ordena para no pensar y termina pensándolo todo—, reflexioné sobre algo que me dejó parado con un libro en las manos. Y es que esos volúmenes congelados en la página ochenta y tres siguen siendo más míos que muchos que sí terminé y olvidé al día siguiente. Lo que dejé a medias no se cerró nunca, y por eso sigue abierto dentro de mí. El que acabé se cumplió y se fue. El que interrumpí, en cambio, me espera. Quizá sea una forma de posesión: las cosas que no terminamos no terminan de abandonarnos.
Y entonces, como pasa siempre que uno tira de un pequeño hilo, asoma el ovillo entero. Porque si me pongo a hacer un inventario honesto de mi vida, casi todo lo importante está, exactamente, a medias.

El amor, para empezar. He querido a varias personas en esta vida y a ninguna llegué a entenderla del todo bien. Supongo que el amor es esa «página ochenta y tres» permanente: avanzas, crees que ya conoces el argumento, y de pronto la otra persona hace algo que no estaba en tu lectura y vuelves a empezar. Quiero imaginar que las parejas que duran no son precisamente las que se descifran, deben ser las que aceptan no descifrarse nunca, las que se quedan a gusto en lo inconcluso, leyéndose despacio y sin ninguna prisa por llegar al final. Porque el final, en el amor, ya sabemos lo que es.
Está también la conversación que se quedó suspendida. Todos tenemos una. Una frase que alguien dejó en el aire —o que dejé yo, por orgullo, por torpeza, por creer que habría tiempo— y que ya no se podrá completar nunca, porque la persona se marchó, o porque el momento pasó y algunos momentos no regresan para esclarecerse. Esos puntos suspensivos se quedan dentro como una habitación con la puerta entornada: no entras, pero tampoco la cierras. Pasas por delante toda la vida y a veces, al pasar, sientes la corriente de aire de lo que no fue. Durante años pensé que eso era una herida. Ahora sospecho que es, simplemente, la prueba de que aquello me importó lo bastante como para no querer ponerle un punto y final.
Y luego, para que no todo sea tan solemne —que la vida tampoco lo es—, está lo doméstico. La caja que llevo meses sin abrir y que sigo sin querer abrir para hacer limpieza de lo que contiene, como si dentro guardara reliquias y no, casi seguro serán cables de aparatos que ya no tengo, cosas que podría tirar sin remordimientos. También la pequeña mesa de escritorio que no uso y que podría vender o tirar, pero que no lo hago con la excusa de que Maia la usa para dormir. La limpieza de la cal incrustada en la mampara del baño que no soy capaz de erradicar y que ya me da pereza finiquitar. Cada una de esas tareas pendientes es, si lo pienso, un pequeño retrato de los Jaimes que pude ser y no fui. El que iba a ordenar la casa. El que iba a colgar algún cuadro más. El que iba a leer aquel libro hasta el final. Todos siguen ahí, en suspenso, esperando una versión mía más diligente que nunca termina de presentarse.
Maia, que es mucho más sabia que yo en todo esto, no entiende nada de lo que le cuento. Ella no deja cosas a medias porque no empieza nada que la obligue a terminarlo. Vive en un presente perfecto y redondo, sin marcapáginas, sin cajas sin abrir, sin frases suspendidas. La envidio un poco. Pero solo un poco, porque sospecho que el precio de esa paz es no haber querido a nadie con la urgencia de querer terminar de conocerlo.
Así que he decidido hacer las paces con mi pila de libros. He dejado de verla como una lista de fracasos y he empezado a verla como lo que es: el mapa de mi curiosidad, de mis amores, de mis intenciones, todo eso que está vivo precisamente porque no se ha cerrado. Un libro terminado es un libro muerto, por bueno que fuera. Uno a medias todavía respira, todavía me espera, todavía guarda un final posible que no he gastado.
Quizá por eso me cuesta tanto lo concluso. Porque en el fondo —y esto lo escribo después de reflexionar mucho en ello— lo único que de verdad termina del todo, lo único que no deja marcapáginas ni puertas entornadas ni cajas que ordenar, es una sola cosa. Y no es ninguna de las que me angustian. Mientras haya un libro en la página ochenta y tres, una conversación a medio decir, un cuadro sin colgar y alguien a quien todavía no he terminado de entender, es que sigo aquí, en mitad de la frase, vivo.
Vivir, lo voy comprendiendo, no es el arte de acabar las cosas. También es el arte de ir dejando puertas entornadas. Así que, esta noche, voy a hacer algo temerario: voy a coger ese libro en su página ochenta y tres. No para terminarlo. Solo para saludar al marcapáginas, que lleva un invierno entero esperándome, fiel, en un capítulo que ya ni recuerdo.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.



