Supongo que cada cual tiene una estación favorita. Una que despierta sus sentidos. Yo estoy siempre entre la primavera y el otoño. La primavera me parece preciosa, toda una explosión de color y de vida después del frío invierno. Pero el otoño, al final, acaba ganando.
Y es que el otoño siempre llega sin hacer ruido. No tiene la prisa insolente del verano ni la solemnidad del invierno. Llega como cuando llegan los buenos amigos: con discreción, con ese tacto de saber cuándo quedarse y cuándo marcharse. Y aunque cada año juramos no sorprendernos, algo en nosotros mismos se encoge cuando vemos caer las primeras hojas. Como si el alma también perdiera peso, desprendiéndose de lo que ya no necesita.
El otoño me enseña, ante todo, a soltar. A soltar sin drama, sin escenificar tragedias, sin pedirle explicaciones al tiempo. Los árboles lo hacen con una elegancia que nosotros rara vez alcanzamos. Dejan caer lo que ya ha cumplido su ciclo, sin miedo a quedarse desnudos. Porque saben que la desnudez no es un final; es una forma distinta de estar vivo. Nosotros, en cambio, tendemos a aferrarnos incluso a lo marchito: relaciones que ya no laten, costumbres que solo sirven para entretener la inercia, sensaciones que fueron bonitas una vez pero que hoy pesan más de la cuenta.
También me enseña a disminuir la velocidad. El mundo se apaga un poco, y eso me obliga a bajar el ritmo. Las tardes se acortan, la luz se vuelve rojiza, el aire huele a despedida. Hay algo muy nuestro en ese recogimiento que propone el otoño: el deseo de quedarse en casa, de leer más, de mirar por la ventana mientras llueve. No es pereza; es instinto. Es la naturaleza diciéndome que el descanso también forma parte del movimiento.

A veces, pienso que el otoño es la estación más honesta de todas. No promete nada, no vende futuro. Solo muestra lo que es: la belleza en su fase de declive. La madurez en carne viva. Y en ello hay una lección que me parece cada vez más valiosa: que no todo lo que pierde brillo pierde valor. Hay hermosura en las cosas que se apagan con dignidad.
El otoño también me enseña algo sobre la melancolía buena, esa que no duele, sino que limpia. Hay nostalgias que no buscan volver, sino agradecer. Como quien repasa una fotografía sabiendo que aquel momento no regresará, pero existió, y fue bonito mientras duró.
A veces, en mitad de una tarde nublada, mientras paseo y el viento mueve las ramas de los árboles a mi alrededor, voy recordando cosas vividas que ya pasaron. Fragmentos de vida pasada, risas, promesas, viejos olores. Y lejos de entristecerme, me reconcilian con el paso del tiempo. Porque todo lo que amé alguna vez deja un rastro en mi persona. Y ese rastro, aunque el objeto o pensamiento desaparezca, sigue siendo algo muy mío.

Por último, el otoño me enseña la humildad del cambio. Nada permanece igual, y eso no es una amenaza, sino una invitación. Cambiar no es traicionar lo que fui, sino seguir siendo fiel a la vida, que no se detiene. Quizá por eso me gusta tanto esta estación: porque reconcilia la pérdida con la esperanza. Porque demuestra que lo que muere no lo hace del todo. Que lo esencial siempre encuentra la manera de volver, aunque sea con otro color, en otro cuerpo o de otra forma.
Aquí, donde vivo, hay un sitio muy especial en medio del monte donde se hace senderismo entre castaños. Antes de que acabe noviembre iré a caminarme la Ruta de los Castaños para escuchar el crujido de las hojas bajo mis pies, sonido que debería ser obligatorio al menos una vez al año. Es una especie de recordatorio de que todo se renueva, incluso lo que se marchita.
Y así, entre hojas secas, el otoño me devuelve a lo importante: a la sencillez, al calor de lo cercano, a la gratitud por lo vivido. Me recuerda que no hay que tener tanto miedo a perder, porque solo quien pierde aprende de verdad a cuidar.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.


