Los «para siempre» no se dicen, simplemente nacen. Un «para siempre» nace sin cálculo, es como una exhalación que nos sale del pecho antes de poder atraparlo. Es una mini frase que se pronuncia con el alma, no con la boca. Y cuando sale, lo hace con la inocencia de quien aun cree en los milagros cotidianos: miradas que se alargan, promesas improvisadas al borde del sueño, conversaciones que significan, manos que no quieres soltar…
Yo he pronunciado varios «para siempre» a lo largo de mi vida. Algunos con el corazón al rojo vivo, otros por inercia, como quien lanza una moneda al aire esperando que caiga de canto. Han habido algunos «para siempre» que se rompieron al poco tiempo. Otros siguen ahí, intactos en su esencia, aunque la vida los haya transformado. Porque hay amores, amistades, instantes o lugares que, aunque pasen, siempre dejan su huella indeleble. Esos «para siempre» no mueren: solo cambian de forma.

A estas alturas de la vida voy comprendiendo que no se trata de cumplir lo que decimos, sino de decir lo que sentimos cuando lo sentimos. Y si en un momento dado todo en ti grita «esto será para siempre», entonces hay que decirlo. Dilo sin miedo, sin hacer cuentas con el futuro, sin miedo al ridículo. Que luego ya vendrá la vida con su ironía de costumbre, a demostrarnos que el «siempre» puede durar lo que dura un verano, una noche, o un abrazo de despedida. ¡Pero qué diablos! En ese instante fue verdad. Y esa verdad, aunque efímera, sigue siendo verdad.
«Prefiero vivir con el corazón abierto,
aunque eso implique que me lo atraviesen».
Los «para siempre» no hablan del futuro, hablan del presente. Es la manera más sincera de decir: «ahora mismo no concibo otro lugar donde estar». Es una forma de entrega total, una rendición ante la belleza del instante, del momento. Cuando lo decimos, lo que realmente queremos decir es: «quiero quedarme aquí un poco más, en este ahora que parece infinito».
Quizá por eso asuste tanto. Porque compromete sin contrato, promete sin papeles, y se planta frente al tiempo con una fe un tanto ingenua. En un mundo donde todo caduca —los productos, las relaciones, las certezas—, decir «para siempre» suena casi a locura. Pero también hay locuras que nos salvan.
Decir «para siempre» no es una promesa de eternidad. Es salir a jugar sabiendo que puedes perder. Es reconocer que lo que tienes enfrente merece la pena, el riesgo. Y aunque duela cuando se desvanece, lo importante es haberlo dicho. Porque si no lo decimos, si no nos atrevemos a creer en algo que trascienda el tiempo, acabamos por vivir a medias, siempre con el freno puesto, siempre con miedo a rompernos.
Yo sigo diciendo «para siempre» de vez en cuando. Se lo digo a las personas, a los lugares, incluso a los momentos. Lo digo cuando miro el mar al atardecer, cuando abrazo a alguien y no quiero soltarlo, cuando una canción me recuerda que aún tengo fe en el amor. Porque a veces el «para siempre» no busca durar: solo quiere significar.
Y sí, a veces duele. Duele cuando el tiempo demuestra que nada era tan firme como creíamos. Pero incluso entonces, me niego a arrepentirme. Prefiero un «para siempre» que se marchita que un «nunca» que no se atreve a florecer. Prefiero vivir con el corazón abierto, aunque eso implique que me lo atraviesen.
Con los años, he comprendido que lo que llamamos «para siempre» no es una medida de tiempo, sino una especie de energía. Es la forma que tiene el alma de significar aquello que sentimos y que importa.
Así que no dejes de decirlo. No por ingenuidad, sino por coraje. Por la necesidad de afirmar que hay momentos que merecen ser eternos, aunque el reloj se empeñe en lo contrario. Decirlo es una forma de honrar la vida, de ponerle poesía al instante, de mirar al futuro con la inocencia de quien aun cree. Y si luego no se cumple, que no se cumpla. Que venga la realidad y haga su trabajo. Pero que nos encuentre con la voz despierta, con el alma dispuesta y con la osadía de haber creído en ello.
Porque, al final, la única forma de vivir de verdad es atreviéndose a decir «para siempre», aunque sepamos que nada lo es.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.



