No tengo respuestas para todo. Cuanto más tiempo pasa, menos necesidad siento de tenerlas. Durante los últimos años he leído mucha filosofía buscando comprender mejor la vida y, probablemente, comprenderme también un poco mejor a mí mismo. He encontrado mucho en el estoicismo, especialmente en Séneca, Marco Aurelio y Epicteto. También me han acompañado algunas ideas del existencialismo y de otros pensadores que han intentado responder a esas preguntas que los seres humanos llevamos haciéndonos desde siempre.
Pero mientras aprendía leyendo —y pasaban los años— también he entendido que ninguna filosofía concreta puede vivir por mí.
Puedo aprender de quienes estuvieron antes, adoptar algunas de sus ideas e incluso utilizarlas como refugio personal cuando las cosas se complican, pero al final siento que tengo que construir mi propia manera de estar en el mundo. Una forma de vivir que encaje con lo que he aprendido, con lo que he perdido, con mis errores, mis contradicciones y mis experiencias.
Esto es lo que intento recordar aquí.
Ser quien soy
Durante demasiado tiempo he vivido pendiente de lo que los demás esperaban de mí. La familia, el trabajo, la sociedad e incluso las personas que quiero han construido expectativas a mi alrededor. Algunas han sido razonables; otras las he terminado aceptando sin preguntarme siquiera si tenían realmente algo que ver conmigo.
Cada vez concedo más valor a la autenticidad.
Eso no significa hacer siempre lo que me apetece ni considerar que mis deseos están por encima de los demás. Significa intentar vivir sin representar constantemente un personaje, aceptar mis emociones y tomar mis decisiones procurando que exista cierta coherencia entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago.
No siempre lo consigo.
Pero intento no traicionarme para resultar más cómodo a los demás.
Ocuparme de lo que depende de mí
Probablemente esta sea la enseñanza estoica que más profundamente he incorporado a mi vida.
Hay cosas que dependen de mí y cosas que no.
Puedo decidir cómo actúo, qué palabras utilizo, cuánto esfuerzo pongo en algo, cómo trato a otra persona o qué hago después de equivocarme. No puedo controlar lo que otros piensen de mí, conseguir que alguien permanezca cuando quiere marcharse, evitar que cambien las circunstancias ni impedir que sucedan determinadas cosas.
La diferencia parece sencilla cuando se escribe.
Vivirla es bastante más difícil.
He descubierto que buena parte de mi sufrimiento nace precisamente de intentar controlar aquello que nunca estuvo en mis manos. Por eso intento preguntarme, especialmente cuando algo me preocupa: ¿puedo hacer algo respecto a esto?
Si puedo, intento hacerlo.
Si no puedo, tengo que aprender a soltarlo.
Procurar no hacer daño
Procuro tratar a los demás con respeto y compasión, pero he aprendido también que la compasión no consiste en entenderlo todo ni en justificarlo todo.
Cada persona libra batallas que desconozco. Todos tenemos nuestra historia, nuestros miedos y nuestras heridas. Recordarlo me ayuda a juzgar menos deprisa.
Pero comprender a los demás tampoco significa olvidarme de mí.
Intento no hacer daño deliberadamente, actuar con justicia y reparar aquello que pueda haber roto. Al mismo tiempo, también intento aprender a alejarme de quienes me hacen daño sin necesidad de convertirlos en enemigos.
No siempre hace falta odiar para marcharse.
A veces basta con comprender que determinados lugares ya no son buenos para mí.
Defender mi libertad
La libertad que más valoro no consiste simplemente en poder elegir. Consiste en asumir que mis elecciones me pertenecen.
Quiero tomar mis propias decisiones y aceptar después sus consecuencias.
Eso significa equivocarme sin buscar continuamente culpables, cambiar de opinión cuando descubro que estaba equivocado y aceptar que otras personas tienen exactamente el mismo derecho a decidir sobre sus vidas.
La independencia también exige responsabilidad.
Ser libre significa poder elegir mi camino, pero también cargar con mi mochila.
Seguir aprendiendo
Nunca quiero llegar al punto de pensar que ya sé suficiente.
La lectura ha sido una de las grandes constantes en mi vida. Leo porque disfruto haciéndolo, pero también porque cada libro abre una pequeña fisura en mi manera de mirar el mundo.
Algunas lecturas confirman lo que pienso.
Aunque las mejores suelen hacer lo contrario.
También escribo por esa razón. Escribir me obliga a detenerme, ordenar ideas y poner palabras a cosas que muchas veces solo existen como una sensación confusa dentro de mí.
Leo para descubrir otras miradas. Otras formas de pensar.
Escribo para intentar comprender las mías.
Aceptar que perder también forma parte de vivir
Durante mucho tiempo pensé que vivir consistía principalmente en acumular: personas, experiencias, recuerdos, proyectos, seguridades.
Los últimos años me han enseñado otra cosa: también he tenido que aprender a perder.
He perdido personas, relaciones, lugares, oportunidades, versiones antiguas de mí mismo y futuros que alguna vez imaginé.
Aceptar una pérdida no significa considerar que aquello no importaba. Precisamente duele porque importó.
Intento aprender a dejar marchar sin borrar. A agradecer lo vivido sin exigir que dure para siempre. Y, sobre todo, a no convertir aquello que termina en la prueba de que fue un error haberlo vivido.
Hay cosas que merecieron la pena aunque no hayan permanecido.
No aplazar continuamente la vida
El tiempo se ha convertido para mí en algo cada vez más valioso.
Cuando era más joven vivía con la sensación de disponer de una reserva de tiempo prácticamente infinita. Con los años he descubierto que no funciona así.
La vida está ocurriendo ahora.
No cuando resuelva todos mis problemas, cuando tenga más tiempo, cuando llegue determinada persona, cuando consiga cierta tranquilidad o cuando las circunstancias sean perfectas.
Intento no vivir permanentemente esperando una versión futura de mi vida.
Porque existe una posibilidad bastante incómoda: que aquella vida que estoy esperando sea precisamente esta.
Dar valor a lo pequeño
No creo que una buena vida tenga que ser necesariamente extraordinaria.
Cada vez encuentro más valor en las cosas aparentemente pequeñas: una conversación, un libro, caminar sin prisa, escribir unas páginas, contemplar el mar, escuchar música, sentarme tranquilamente a tomar un café o disfrutar de la compañía de alguien.
Mi vida está hecha, sobre todo, de días normales.
Si necesito acontecimientos extraordinarios para sentir que estoy viviendo, probablemente pasaré demasiado tiempo esperando.
Quiero aprender a reconocer la vida mientras sucede.
Tener coraje sin necesidad de parecer fuerte
Para mí, el valor no consiste en no sentir miedo.
Muchas veces consiste en avanzar mientras lo siento.
He tenido miedo, he dudado, he tomado decisiones equivocadas y probablemente volveré a hacerlo. No necesito convertirme en alguien invulnerable para considerar que estoy viviendo con dignidad.
Prefiero aprender a aceptar mi fragilidad.
He descubierto que existe una forma de coraje mucho más silenciosa: continuar, pedir ayuda cuando hace falta, reconocer que algo me duele o aceptar que no sé qué hacer.
No necesito ganar todas las batallas.
Algunas veces basta con no abandonarme en mitad de ellas.
Recordar que voy a morir
No me gusta pensar en la muerte desde el miedo, sino desde la conciencia del tiempo.
Una de las cosas más profundas que me ha enseñado la filosofía es ser consciente de que morir forma parte del mismo acuerdo que me permitió vivir.
Por tanto, recordarlo no debería entristecerme constantemente. Al contrario: debería ayudarme a distinguir lo importante de lo accesorio, relativizar muchas preocupaciones y recordar que no dispongo de un número infinito de días.
Y es que lo cierto es que no sé cuánto tiempo me queda.
Precisamente por eso importa cómo lo utilizo.
Cuando llegue el final, no me gustaría descubrir que pasé demasiados años intentando satisfacer expectativas ajenas, preocupado por cosas insignificantes o aplazando aquello que verdaderamente me importaba.
Intentar dejar algo bueno detrás
No sé si la vida necesita tener un gran propósito.
Cada vez desconfío más de esa obligación contemporánea de encontrar una misión extraordinaria que justifique nuestra existencia.
Mi aspiración es bastante más sencilla.
Quiero haber vivido de una manera razonablemente coherente con lo que creo. Haber querido bien. Haber ayudado cuando pude. Haber provocado el menor daño posible. Haber aprendido algunas cosas. Haber escrito otras.
Y quizá dejar alguna palabra que acompañe a alguien cuando yo ya no esté.
Eso ya me parece suficiente.
Permitirme cambiar
Esta filosofía personal tampoco es definitiva. Irá cambiando conmigo, a medida que siga aprendiendo.
No quiero convertir las ideas que hoy me ayudan en una prisión para el hombre que seré mañana.
Seguiré leyendo, escribiendo, equivocándome, aprendiendo y cambiando de opinión. Algunas certezas desaparecerán y quizá aparezcan otras.
Espero que así sea.
Porque mi filosofía de vida no debería ser una piedra grabada a fuego para siempre, más bien la veo como una brújula.
La brújula señala una dirección.
Pero quien tiene que caminar sigo siendo yo.