Maia 2023

El tiempo que se queda

Amor animal. La existencia que no necesita explicación.

El 2 de julio, Maia, mi fiel compañera de vida, sufrió una especie de ictus. Fue breve, pero lo suficiente como para que el miedo se instalara en mi mente durante días. La vi perder el equilibrio, desorientarse, soltar varios maullidos desgarradores y mirar sin comprender qué ocurría para luego correr a escabullirse debajo de la cama. En ese instante, tan corto y tan eterno, comprendí lo frágil que puede llegar a ser todo.

Después de días y semanas de pruebas, análisis e informes veterinarios, la conclusión fue la que te he contado; Maia sufrió un ictus y desde entonces, algo ha cambiado. La noto más torpe, más lenta, a veces se queda quieta, como si su mente se detuviera unos segundos antes de regresar. Y aunque, en rasgos generales, sigue siendo la misma de siempre, hay algo en ella que me recuerda que nada nos pertenece, que cada mirada y gesto suyo es, por decirlo de alguna manera, una especie de «préstamo del tiempo».

Desde aquel día temo perderla. No porque no entienda la muerte —la he pensado muchas veces, incluso con cierta calma—, sino porque no quiero que sufra. Temo que deje de reconocer su espacio, que se extravíe en su propio cuerpo, que su vida se vuelva una sombra de lo que fue. Pero luego la miro dormir al sol, o acurrucarse en su rincón favorito del sofá, y algo en mí se tranquiliza. Me digo que mientras respire tranquila, mientras busque mi mano, mientras su ronroneo conserve esa vibración ancestral, todo irá bien. Quizá no viva con la misma calidad de antes, pero sigue viva, y eso, por ahora, es más que suficiente.

No sé muy bien cómo explicarlo. Hay vínculos que no se buscan, simplemente suceden. Son como esas estrellas fugaces que aparecen sin avisar en mitad de la noche, y uno solo puede quedarse atónito, mirando, y agradecido de haberlas visto. Lo que siento con Maia no tiene un nombre exacto, ni falta que le hace. Cuando me mira, siento que entiende algo que ni yo mismo alcanzo a comprender. No piensa, no juzga, no exige. Solo está. Y en ese saber estar, casi sagrado, aprendo cada día lo que significa de verdad la palabra presente.

Mientras escribo estas líneas, duerme hecha un ovillo en el sofá. Son casi las 2 de la mañana, todo está en completo silencio y oigo su respiración acompasada. Me acerco, paso la mano por su lomo y noto cómo su cuerpo reacciona, levemente, como si me dijera: «aquí estoy, no me voy todavía». Hay algo profundamente tranquilizador en ese gesto. En su ronroneo encuentro una paz que no procede del pensamiento, sino de otro lugar, más hondo, más profundo, es algo que no puedo explicar con palabras.

Los animales no tienen conciencia del futuro. No saben lo que es la muerte ni el paso del tiempo. Si el día es bueno, toda la eternidad lo es. Si hay calma, entonces no hay nada que temer ni que buscar. Qué lección tan simple y tan brutal. Nosotros vivimos con la mente proyectada hacia lo que aún no ha ocurrido: temiendo lo que podría pasar, haciendo planes, sosteniendo ilusiones. Ellos, en cambio, solo respiran. Solo viven el presente.

A veces pienso que el amor verdadero es ese que no se explica, ni se negocia, ni teme. Es el más puro, el que no necesita justificación. Quizá el amor animal sea precisamente eso: la ausencia de duda. No porque prometa eternidades, sino porque se entrega sin condiciones. Porque no pregunta si habrá un mañana, ni teme que lo haya.

Maia no sabe nada del tiempo, ni de las horas, ni de las palabras que yo le dedico. Pero cuando la veo dormir, con su blanca tripita que sube y baja, con esa confianza absoluta en que nada malo puede ocurrir mientras esté cerca, entiendo que el tiempo no es una línea, es presente. Y que ese presente no es un punto que avanza, sino un lugar donde quedarse.

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Desde hace un tiempo he empezado a notar que envejece. No mucho, pero lo suficiente como para darme cuenta. Su cuerpo ya no se mueve con la misma agilidad, y sin embargo conserva esa curiosidad inagotable, esa manera de observar el mundo con los ojos bien abiertos, como si todo —incluso lo más pequeño— mereciera la pena ser visto. A veces me preocupa, claro. Pero enseguida la veo jugar con su tapón, perseguir una mosca o esconderse detrás de la cortina jugando al escondite, y todo vuelve a su lugar. Supongo que el amor, cuando es de verdad, también consiste en aceptar su fragilidad.

No sé cuánto tiempo más compartiré con ella esas miradas matutinas que nos regalamos todos los días, o ese toque sutil en mi brazo cuando me pide su latita de comida húmeda, o la manera en que se sienta junto a mí cuando escribo, o su ronroneo mientras duerme a mi lado cuando leo en la cama… pero sí sé algo seguro: hoy está aquí. Y eso basta.

Tal vez el amor, el de los animales, el de las personas, el de la vida misma, no consista en prometer futuros, sino en sostener el presente. En decir: «esto que ocurre ahora es suficiente». He pasado demasiados años intentando entenderlo todo, proyectando lo que vendrá, haciendo preguntas sin respuestas, preparando respuestas para preguntas que nadie hace. Y, sin embargo, Maia me enseña cada día algo que suelo olvidar fácilmente: que la existencia no necesita explicación, que basta con disfrutarla.

Esta noche, mientras la veo dormir, entiendo que no hay eternidad más grande que ésta: la de seguir respirando juntos, sin miedo, aunque el tiempo avance. Porque el tiempo que se queda no se puede medir, tan solo tenemos esos gestos y esas miradas que aún respiran.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.