proposito de vida

Propósito de vida

Quizá la pregunta no sea cuál es el propósito de la vida, sino qué estoy haciendo con la que tengo.

Hay mañanas en las que el despertador no suena: acusa. No importa que la música sea suave ni que yo mismo haya elegido una melodía agradable para empezar el día. A determinadas horas, cualquier sonido que me obligue a abandonar la cama se parece demasiado a una orden. Abro los ojos y durante unos segundos ni siquiera sé bien qué día es. Después recuerdo que es martes, o miércoles, o uno de esos días laborables que se confunden entre sí porque todos empiezan de la misma manera.

Me levanto, voy al baño, me ducho, preparo el café y miro por la ventana mientras el pueblo comienza a desperezarse. En los edificios de enfrente se encienden algunas luces. Detrás de cada una imagino a alguien haciendo exactamente lo mismo que yo: duchándose deprisa, buscando unos calcetines, preparando sus cosas para el trabajo o mirando el reloj con la sensación de que ya llega tarde.

Todavía no son las ocho y yo también corro hacia alguna parte.

A veces me pregunto cuándo decidí vivir así.

No me refiero a trabajar. Sé que el trabajo es necesario. Alguien tiene que cultivar la tierra, fabricar las cosas, atender una tienda, conducir un taxi, limpiar una calle o responder un teléfono. También sé que trabajar puede ser una fuente de orgullo. Hacer bien una tarea, sentirme útil, aprender algo, ayudar a otros o levantar un proyecto propio me proporciona una satisfacción que no quiero despreciar.

El problema aparece cuando el trabajo deja de ser una parte de mi vida y acaba convirtiéndose en mi vida entera.

Salgo de casa para ganarme el derecho a regresar a ella. Entrego mis mejores horas para poder pagar el lugar en el que apenas permanezco despierto. Trabajo para mantener un coche que me lleve al trabajo, ropa para ir al trabajo y comida que me permita seguir trabajando al día siguiente. Incluso las vacaciones, cuando llegan, se convierten en una reparación urgente: unos cuantos días libres para recuperar fuerzas antes de volver a empezar.

No sé en qué momento acepté que eso era lo normal.

Quizá la respuesta sea sencilla: necesito dinero. El alquiler no entiende de búsquedas interiores. La factura de la luz no se conmueve con mis sueños. El supermercado tampoco acepta como forma de pago una reflexión sobre el sentido de la existencia. Para vivir necesito recursos y, como le ocurre a casi todo el mundo, esos recursos llegan a través del trabajo.

Hasta ahí, lo comprendo.

Lo que me cuesta entender es por qué tantas veces confundo la necesidad con el propósito de vida.

He vivido siempre pendiente del siguiente objetivo. He pensado que después de resolver un problema llegaría la calma, que al terminar un proyecto podría respirar, que al alcanzar cierta estabilidad empezaría a disfrutar de verdad. Pero siempre aparece algo más. Otro asunto pendiente, otra responsabilidad, otra preocupación. A veces siento que corro por una escalera mecánica que desciende en sentido contrario. Corro mucho, me esfuerzo todavía más y, aun así, nunca tengo la sensación de haber llegado a ninguna parte.

Tal vez sea porque no existe ningún lugar al que llegar.

Puedo desenvolverme bien en mi trabajo y no saber qué hacer conmigo mismo al llegar a casa. Puedo sentirme necesario para una empresa y, al mismo tiempo, sentirme prescindible en mi propia vida. Puedo atender decenas de llamadas, resolver problemas, tomar decisiones difíciles y pasar el día ocupado sin encontrar un momento para preguntarme si todo aquello me hace feliz.

Aunque tal vez la felicidad tampoco sea la palabra correcta.

proposito de vida

Durante mucho tiempo he creído que debía ser feliz, como si la vida fuera un escaparate iluminado y cualquier tristeza demostrara que estaba haciendo algo mal. Pero vivir también ha significado para mí soportar pérdidas, atravesar decepciones, cuidar de quienes quiero, aceptar lo que no pudo ser y levantarme algunos días sin demasiadas ganas de vivir. Por eso sé que mi propósito de vida no tiene por qué ser alcanzar una felicidad permanente. Quizá sea algo mucho más sutil: encontrar una razón suficiente para continuar incluso cuando el camino se complica.

Durante mucho tiempo también pensé que el propósito de vida era algo grande que debía descubrir. Una especie de misión reservada para mí, una llamada interior que terminaría apareciendo si prestaba la suficiente atención. Imaginaba que algún día todo encajaría y comprendería mejor por qué estoy aquí.

Pero la verdad es que no tengo ni la más remota idea de cuál es mi propósito de vida.

Ni siquiera sé si existe uno concreto esperando a que lo encuentre. Tal vez no haya una respuesta escrita en ninguna parte. Puede que algunas personas descubran muy pronto qué desean hacer con sus días, mientras yo avanzo tanteando el camino, tomando decisiones, equivocándome y tratando de dar sentido a lo que me sucede.

A veces me inquieta no saberlo. Tengo cincuenta y tantos años y todavía no podría responder con seguridad si alguien me preguntara para qué estoy aquí. Podría hablar de mi trabajo, de las personas que he querido, de lo que escribo o de las pequeñas responsabilidades que me acompañan, pero ninguna de esas cosas parece contener por sí sola una respuesta completa.

Séneca recordaba que debemos seguir aprendiendo a vivir mientras estemos vivos. Quizá ahí se esconda una parte de la respuesta: no estoy obligado a tenerlo todo resuelto. Vivir no sería entonces cumplir una misión conocida de antemano, sino aprender sobre la marcha qué merece mi atención, qué debo soltar y qué quiero conservar. Pero es fácil decirlo…

También pienso en Epicteto y en su empeño por distinguir entre aquello que depende de mí y aquello que escapa a mi control. No sé si soy capaz de aceptar la vida con tanta serenidad como él proponía, pero empiezo a comprender que quizá mi propósito no consista en dominar el rumbo, sino en aprender a caminar por el camino que finalmente me está tocando vivir.

Tal vez el propósito de vida no tenga que descubrirlo. Tal vez deba construirlo.

O quizá sea incluso más sencillo. Puede que no necesite ni siquiera identificarlo y baste con dejar que la vida siga su curso, procurando estar presente mientras sucede. No sé si tengo que buscar constantemente una respuesta o si debería dejar de perseguirla. Tal vez el sentido no aparezca cuando me detenga a pensarlo, sino mientras vivo, trabajo, quiero, pierdo, escribo y vuelvo a empezar.

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Mi propósito podría estar simplemente en esto, en escribir algo que otro lea una noche en la que se sienta solo. En cuidar de mi madre mientras comienza a caminar más despacio. En llamar a un amigo sin necesidad de que exista un motivo. En preparar la comida para alguien. En hacer bien mi trabajo, sí, pero también en saber apagar el ordenador cuando la jornada termina. En comprender que ninguna empresa me devolverá las horas que no dediqué a las personas que amo.

Porque el amor también forma parte de todo esto, aunque no sea la única respuesta.

Amar a alguien ha llenado de sentido muchos de mis días, pero ahora sé que sería injusto poner sobre otra persona el peso completo de mi existencia. Nadie debería convertirse en la única razón por la que me levanto cada mañana. Las personas llegan, se quedan, cambian o se marchan. Algunas me acompañan durante gran parte de la vida y otras apenas durante un tramo. El amor puede mostrarme un camino, pero no debería obligarme a olvidar el mío.

También he descubierto que hay amor en cosas que no siempre llamo amor.

Lo encuentro en la paciencia con la que alguien me enseña algo. En el café que una compañera me deja sobre la mesa sin decir nada. En el mensaje breve que me pregunta si he llegado bien. En una conversación sin prisas durante un domingo por la tarde.

Quizá por eso mi propósito no sea una sola cosa.

Tal vez esté repartido en pequeños lugares y yo pierda demasiado tiempo buscándolo en una cima lejana. Quiero encontrar una respuesta definitiva cuando mi vida se parece más a una colección de respuestas provisionales. Lo que hoy me sostiene puede no ser lo mismo que me sostenga dentro de diez años. Cambio yo, cambian mis necesidades y cambia también mi manera de mirar el mundo.

No creo que el peligro esté en trabajar mucho durante una temporada. Hay momentos en los que necesito apretar los dientes, asumir responsabilidades o levantar algo desde cero. El verdadero peligro es que yo siga posponiendo la vida indefinidamente.

Cuando termine este proyecto.

Cuando pague esta deuda.

Cuando consiga solucionar aquel problema.

Cuando me jubile.

Siempre imagino un momento futuro en el que por fin tendré tiempo para mí. Pero mi vida no empieza después del trabajo ni comenzará cuando desaparezcan los problemas. Mi vida está ocurriendo mientras respondo correos, espero en un semáforo, hago la compra o caliento la cena. Está ocurriendo ahora, aunque el día no tenga nada de extraordinario.

Quizá la pregunta no sea cuál es el propósito de la vida, sino qué estoy haciendo con la que tengo.

Todavía no poseo una respuesta completa. Solo algunas intuiciones. Creo que trabajar es necesario, pero no suficiente. Que amar es importante, pero no puede salvarme de todo. Que necesito sentirme útil, aunque no hasta el punto de convertirme en una herramienta. Y que ganar dinero sirve para vivir, pero mi vida no puede consistir únicamente en seguir ganándolo.

Mañana volverá a sonar el despertador.

Me levantaré, prepararé el café y probablemente miraré de nuevo las luces de los edificios de enfrente. Después cumpliré con mis obligaciones, como hago cada día. Pero intentaré recordar algo antes de salir de casa.

No trabajo para poder seguir trabajando.

Trabajo para sostener una vida que sucede también fuera del trabajo: en las personas que quiero, en las palabras que escribo, en los lugares a los que regreso y en esos pequeños instantes en los que, sin saber muy bien por qué, siento que estar aquí todavía merece la pena.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.