Antes de seguir, una advertencia necesaria: esta carta contiene bastantes spoilers de Proyecto Hail Mary, tanto del libro como de la película. Prácticamente destripo de arriba abajo toda la trama, incluido el final. Así que, si todavía no conoces la historia y tienes intención de hacerlo, quizá sea mejor que regreses a este texto después de leer el libro o de ver la película. Hay descubrimientos que merece la pena vivir sin que nadie te los cuente antes.
Dicho lo anterior, terminé de leer Proyecto Hail Mary y durante un rato simplemente me voló la cabeza; en apenas semana y media había devorado quinientas y pico páginas sin apenas darme cuenta. Nunca había experimentado algo así desde mis tiempos mozos. Al terminarlo me sentí «huérfano de libro», si es que esa expresión significa algo. Recuerdo que, al llegar al final, me quedé simplemente allí, meditabundo, dejando que la historia terminara de asentarse, porque algunas obras tienen esa extraña capacidad de no acabarse del todo cuando llegas a la última página. Permanecen un poco más dentro de nosotros, como si todavía necesitaran unos minutos para terminar de decir lo que tenían que decirnos.
Yo había llegado buscando ciencia ficción. Esperaba una nave perdida en el espacio, estrellas, cálculos imposibles, problemas científicos y un hombre intentando sobrevivir a millones de kilómetros de casa. Todo eso está, por supuesto, y Andy Weir disfruta convirtiendo la ciencia en aventura hasta conseguir que uno termine preocupado por asuntos que, en condiciones normales, jamás habría imaginado que podían interesarle. Sin embargo, cuando terminé la historia comprendí que lo que me había emocionado no tenía demasiado que ver con la física, con las estrellas o con la posibilidad de salvar el planeta. Lo que se había quedado conmigo era algo mucho más sencillo: la historia de dos seres que estaban solos.
Ryland Grace despierta en una nave sin recordar quién es ni qué hace allí. Poco a poco va recuperando nombres, conocimientos y fragmentos de memoria, hasta descubrir que se encuentra a una distancia inimaginable de la Tierra y que sobre sus hombros pesa una responsabilidad descomunal: encontrar una solución capaz de evitar la desaparición de nuestra especie. Dicho así, parece el comienzo perfecto de una historia heroica, pero una de las cosas que más me gustó del protagonista fue precisamente descubrir que no era exactamente el héroe que yo había imaginado.
Grace no había subido voluntariamente a aquella nave movido por un enorme espíritu de sacrificio. No había levantado la mano para ofrecer su vida por la humanidad. Había tenido miedo, había querido quedarse y había preferido su propia existencia a una misión de la que probablemente no regresaría. Y no pude reprochárselo, porque sospecho que yo también habría tenido miedo. Desde la tranquilidad del sofá resulta muy sencillo imaginarse valiente y pensar que uno estaría dispuesto a morir por millones de desconocidos. Otra cosa muy distinta sería encontrarse delante de esa nave, escuchar cómo se cierra la puerta y saber que todo lo conocido queda irremediablemente perdido.
Grace quería vivir, y precisamente eso lo hacía mucho más humano. Su miedo no lo empequeñecía; al contrario, hacía que todo lo que sucedería después tuviera mucho más valor, porque el coraje rara vez consiste en no sentir miedo. Quizá tenga más que ver con descubrir algo que termina importándonos más que ese miedo.

Y entonces aparece Rocky.
Me sigue resultando fascinante cómo una criatura que no se parece absolutamente en nada a nosotros puede terminar resultando tan entrañable. Rocky no tiene un rostro en el que podamos reconocer emociones, ni nuestros ojos, ni nuestras manos, ni nuestra voz, y ni siquiera respira el mismo aire. Al principio es simplemente una presencia imposible al otro lado del espacio, un extraterrestre en el sentido más literal de la palabra, pero empiezan a comunicarse y algo cambia.
Primero se entienden con dificultad, después aparecen palabras, bromas, pequeñas rutinas, preocupaciones compartidas y una confianza que va creciendo casi sin que uno se dé cuenta. Llega un momento en el que dejamos de pensar en Rocky como una criatura procedente de otro mundo. Ya no importa demasiado qué aspecto tiene ni de dónde viene. Es Rocky, y con eso es suficiente.
Me hizo sonreír muchas veces aquella relación. Grace tratando de comprenderlo, Rocky intentando hacer lo mismo con Grace, dos seres separados por años luz descubriendo poco a poco cómo hablarse, cómo ayudarse y cómo confiar el uno en el otro. Y mientras los veía pensé que quizá nosotros complicamos demasiado algunas cosas. Dos criaturas que no comparten idioma, cultura, historia, planeta ni siquiera una biología remotamente parecida consiguen entenderse, mientras nosotros, perteneciendo a la misma especie, a veces somos incapaces de comprender a la persona que tenemos sentada enfrente.
Hay cierta ironía en eso, pero también una idea que me parece hermosa: tal vez entenderse nunca haya consistido realmente en parecerse. Quizá tenga mucho más que ver con querer comprender, con escuchar, con tener paciencia y con aceptar que el otro contempla el mundo desde un lugar diferente al nuestro, sin que eso convierta necesariamente a ninguno de los dos en enemigo.
También me emocionó la manera en que esa amistad nace precisamente de la soledad. Grace está lejos de todo lo que conoce y Rocky también se encuentra separado de su mundo. Los dos cargan con una responsabilidad gigantesca y ninguno sabe realmente si logrará regresar. Se encuentran en mitad de ninguna parte, en un lugar donde probablemente ninguno de los dos habría imaginado encontrar compañía, y poco a poco aquel desconocido acaba convirtiéndose en alguien cuya ausencia sería difícil de soportar.
¡Madre mía! ¡Cuántas similitudes encuentro con momentos vividos!
Creo que la vida tiene a veces esa manera extraña de poner delante de nosotros a las personas que terminan importándonos. No siempre llegan como habíamos imaginado, ni aparecen cuando creemos estar preparados, ni encajan necesariamente en la idea que previamente habíamos construido sobre quién debería acompañarnos. Simplemente aparecen y, un día, descubrimos que alguien que hasta hace poco era un desconocido ha modificado nuestra trayectoria sin que sepamos muy bien en qué momento ocurrió.

Por eso hay una decisión de Grace que, para mí, contiene todo el corazón de Proyecto Hail Mary. Y es cuando finalmente tiene la posibilidad de regresar a la Tierra pero descubre que Rocky está condenado. Entonces decide girar la nave.

Siempre vuelvo a ese momento porque encierra una contradicción enorme. El hombre que al principio no quiso morir para salvar a miles de millones de seres humanos ahora está dispuesto a arriesgar su vida por uno solo, y además ese uno ni siquiera pertenece a nuestra especie. Sin embargo, cuanto más lo pienso, menos contradictorio me parece. Al contrario, lo veo profundamente humano.
La humanidad es una palabra enorme. Dentro de ella caben miles de millones de personas que jamás conoceremos, rostros sin nombre y vidas de las que nunca sabremos nada. Es difícil querer una abstracción —o un pensamiento abstracto— con la misma intensidad con la que queremos a alguien concreto. Rocky, en cambio, ya no era una idea. Era quien había estado allí, quien había compartido el miedo, quien había ayudado, quien había cuidado de Grace y quien había confiado en él. Era su amigo, y quizá por eso Grace gira la nave: no ha dejado de tener miedo, simplemente ha encontrado algo que importa más que ese miedo.
Para mí, que le doy muchas vueltas al coco, ese detalle me hizo pensar mucho. Porque a menudo creemos que para hacer determinadas cosas primero tenemos que vencer nuestros temores, como si el miedo tuviera que desaparecer antes de poder movernos. Tal vez no funcione así. Tal vez el miedo permanezca y lo único que cambie sea el hecho de encontrar una razón suficientemente importante para seguir caminando, a pesar de él.
Quizá el propósito de Grace nunca fue salvar la Tierra. Quizá era enseñar, ayudar o sencillamente estar donde alguien lo necesitaba. O quizá no existe ningún propósito escrito de antemano y somos nosotros quienes vamos construyéndolo con nuestras decisiones, muchas veces sin darnos cuenta. No tengo una respuesta, pero sospecho cada vez más que algunas de las cosas importantes solo se entienden después, cuando miramos hacia atrás y conseguimos conectar puntos que mientras los vivíamos parecían completamente separados.

Proyecto Hail Mary habla de estrellas, ciencia, supervivencia y del posible final de la humanidad, pero cuando terminé de leer la historia no estaba pensando en ninguna de esas cosas. Pensaba en la amistad, en la soledad, en el miedo y en esas personas que aparecen en nuestra vida cuando menos lo esperamos y que, sin levantar mucho revuelo, terminan cambiando el rumbo que habíamos imaginado.
Quizá todos viajamos un poco como Grace, intentando recordar quiénes somos mientras solucionamos problemas que nunca habíamos pedido tener y avanzamos por una vida que rara vez nos explica qué espera exactamente de nosotros. A veces lo hacemos solos, otras veces con miedo, y muchas veces creemos saber perfectamente hacia dónde vamos hasta que alguien aparece y nos obliga a mirar en otra dirección.
Y quizá, con mucha suerte, en algún momento del viaje encontremos a nuestro Rocky: alguien inesperado, alguien diferente, alguien que nos recuerde que incluso en mitad de una oscuridad inmensa puede existir compañía. Entonces puede que descubramos que no siempre merece la pena continuar por la ruta que teníamos prevista.
A veces hay personas por las que merece la pena desviarse.
Y es que lo tengo claro: a veces merece la pena girar la nave.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.


