Esta noche no consigo dormirme. No es que tenga una preocupación concreta ni que haya ocurrido nada especialmente grave. Simplemente estoy ahí, con los ojos abiertos, mirando la oscuridad del dormitorio como quien espera que aparezca algo escrito en el techo. Cambio de postura, me tapo, me destapo y vuelvo a mirar la hora.
Las dos y diecisiete.
Una hora incómoda, demasiado tarde para ponerse a hacer cosas y demasiado pronto para rendirse del todo.
Cierro los ojos y trato de no pensar, que es una de esas tareas imposibles que solo se me ocurren a mí de madrugada. Cuando intentas no pensar, empiezas a pensar en todo: en conversaciones antiguas, en palabras que quizá no debiste decir, en gente que ya no está y en cosas que mañana te parecerán pequeñas, pero que a estas horas —y con estos calores— adquieren una importancia inusual.
Y entonces pienso en diciembre.
No en la Navidad, ni en el fin de año, ni en las luces de adorno en las calles. Pienso en aquella pérdida, en el momento en que comprendí que una historia que yo todavía quería seguir viviendo se había terminado para siempre.
Vuelvo a mirar el reloj. Son las dos y veintiséis y, finalmente, me doy por vencido.
Me levanto con cuidado, aunque no hay nadie a quien despertar. No enciendo la luz principal porque nunca me han gustado las luces intensas de madrugada. Enciendo solo la pequeña barra de luz que tengo sobre la pantalla y espero unos segundos a que arranque el ordenador.
Mientras lo hace, me quedo mirando mi reflejo en la pantalla negra. Hay algo extraño en verse a uno mismo a esas horas. No parece exactamente uno, sino una versión más cansada, más sincera y quizá también un poco más vieja.
Abro un documento en blanco y pienso que no tengo nada que contar.
Esa frase me dura poco.
Empiezo a escribir sobre la noche en que supe que había perdido un amor. No escribo su nombre. Tampoco necesito reconstruir la conversación palabra por palabra. Hay conversaciones que el cuerpo recuerda mejor que la memoria. Uno puede olvidar una frase concreta, pero no la sensación que dejó al escucharla.
Recuerdo el viaje de retorno en coche, la llegada al aeropuerto y ese silencio extraño que queda después de ser consciente de lo que había perdido, algo que, de alguna manera, ya temía. Recuerdo, sobre todo, la incredulidad.
Durante unos minutos pensé que tenía que existir alguna forma de arreglarlo. Una conversación más pausada, una explicación que no se hubiera dado, algún gesto capaz de devolver las cosas al lugar en el que estaban. Como si el amor fuera un objeto que se hubiera caído al suelo y bastara con agacharse a recogerlo.
Pero no había nada que recoger.
Escribo sobre la despedida que no fue y me quedo mirando esas palabras. Han pasado meses, pero todavía cuesta aceptarlas.
Aquella noche de diciembre no lloré de inmediato. Primero sentí rabia, una rabia torpe e incómoda, dirigida contra la vida, contra las circunstancias y, por momentos, contra mí mismo. Después llegaron esos pensamientos crueles que uno confunde con verdades cuando está herido: «Nadie va a quererte nunca. No eres capaz de mantener una relación durante apenas unos pocos meses…».
Más tarde apareció el dolor físico, difícil de describir: lágrimas interminables, un cansancio extraño y la sensación de que dentro de mí seguía existiendo mucho amor, pero ya no había un lugar donde entregarlo.
Fue una noche larga. Y las sucesivas noches también. Quizá todas las pérdidas importantes empiezan así, con alguien mirando la oscuridad e intentando comprender cómo puede desaparecer de su futuro una persona maravillosa que todavía ocupa todo su presente.
Sigo escribiendo y recuerdo que durante aquellos días pensé muchas veces que no iba a poder con aquello. No es que creyera que fuese a morirme, pero no sabía qué hacer con las horas. El día tenía demasiados huecos. Había mensajes que ya no llegaban, conversaciones que habían desaparecido y pequeños hábitos que, de repente, no servían para nada.
La ausencia no se instaló de golpe. Fue ocupando la casa poco a poco. Se sentó en el sofá, se tumbó en el otro lado de la cama y apareció en algunas canciones, en ciertas fechas y en el impulso absurdo de mirar el teléfono aun sabiendo que no iba a encontrar nada nuevo.
Me levanto de la silla para beber agua. Todo está completamente en silencio. Escucho coches que pasan a lo lejos, pero desde aquí parecen venir de otro mundo. Abro un poco la ventana y entra el aire fresco de la madrugada.
Durante unos instantes no escribo. Me quedo apoyado en el marco, recordando otras noches: las noches de juventud en las que no quería volver a casa, aquellas en las que el teléfono podía cambiarlo todo, las noches de espera, las de miedo y aquellas en las que alguien dormía a mi lado y yo pensaba que la soledad era una cosa que les ocurría a otros.
También recuerdo aquella noche de diciembre, la noche en que entendí que se puede perder a alguien mientras todavía se le ama.
Después vinieron noches distintas. Noches de rabia y de preguntas, noches en las que imaginaba conversaciones que nunca iban a producirse y noches en las que escribir era la única forma que encontraba de sacar un poco de dolor fuera del cuerpo.
Y luego llegaron estas: las noches en las que el recuerdo vuelve, pero ya no entra como un elefante en una cacharrería. Ahora llega despacio, sin ruido y sin sobresaltos.

Regreso al ordenador. En la pantalla hay apenas unos párrafos. Los leo despacio y me doy cuenta de algo que no habría podido escribir en enero: todavía recuerdo y todavía duele a veces, pero ya no duele igual.
Durante aquellos primeros días creía que superar la pérdida significaría dejar de amar, borrar lo vivido o convertirme en alguien a quien ya no le importa nada. Ahora sé que no funciona así. Hay historias que no desaparecen; simplemente dejan de ocupar todas las habitaciones.
El recuerdo sigue aquí, pero ya no manda.
Me acompañan todos esos hombres que fui: el muchacho que quería alargar la noche, el hombre que amó creyendo que aquello sería para siempre, el que tuvo miedo, el que perdió y el que escribió desde la rabia porque en esos momentos no sabía escribir desde otro lugar.
También está este hombre, el que ha seguido viviendo.
Todos están aquí y no necesitan conversar entre ellos. Durante mucho tiempo pensé que cambiar consistía en dejar atrás a las personas que uno había sido. Ahora creo que no. Creo que seguimos llevándolas dentro, aunque ya no hablen demasiado. Aparecen de vez en cuando en una canción, en una fotografía o en una madrugada como esta.
Miro la hora. Son las seis menos diez.

Fuera, la oscuridad ya no parece tan compacta. Hay una claridad leve detrás de los edificios. Todavía no ha amanecido, pero la noche empieza a retirarse sin apenas hacerse notar.
Guardo el documento. No he resuelto nada. Sigo sin saber por qué no podía dormir ni por qué esta noche regresé precisamente a diciembre. Quizá hay recuerdos que esperan a que todo esté en silencio para sentarse a nuestro lado.
Pero esta vez no han venido para arrastrarme hacia atrás. Solo han venido a recordarme que estuve allí, que amé, que perdí y que seguí adelante, aunque durante mucho tiempo no supiera hacia dónde. A veces todavía tampoco lo sé…
Apago la barra de luz y, antes de volver al dormitorio, miro una vez más por la ventana.
Durante mi vida he vivido muchas noches. Algunas fueron felices, otras terribles y muchas tan corrientes que ya las he olvidado. Sin embargo, todas dejaron algo.
No soy el mismo hombre que regresaba tarde a casa, ni el que creyó que un amor podía detener el tiempo. Tampoco soy ya el hombre que una noche de diciembre se quedó mirando una pantalla sin comprender cómo iba a continuar su vida.
Soy todos ellos.
Todas las noches que he sido.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.


