Hay días en que bajo al supermercado a primera hora, justo en el momento en que abre sus puertas. No porque tenga una necesidad urgente ni porque tema que se vayan a acabar los yogures, sino porque me gusta encontrarlo todavía medio dormido. Las luces encendidas, los pasillos limpios, las cajas sin colas de gente esperando y ese silencio que dura poco, justo antes de que el bullicio del día termine por inundarlo todo.
A esa hora siempre estamos más o menos los mismos.
No nos conocemos. No sabemos nuestros nombres, ni dónde vivimos, ni qué hemos dejado atrás antes de salir de casa. Pero nos reconocemos.
Está el hombre alto que entra con el periódico bajo su axila. Camina deprisa, como si hubiera calculado cuánto tiempo puede permitirse estar allí. Casi siempre compra una barra de pan y dos o tres piezas de fruta. Nunca lleva carrito. Solo una cesta pequeña que sostiene con la mano derecha, siempre de la misma manera.
También suelo ver a una mujer mayor que se demora frente a los productos de limpieza. Lee las etiquetas con atención, compara precios, vuelve a dejar una botella en su sitio y coge otra. A veces la veo hablar con alguna empleada. Tiene un modo tranquilo de preguntar, sin prisa, como si tuviera toda la mañana por delante y ningún motivo para agobiarse.
Hay otro hombre que suele aparecer unos minutos después. Compra poco, pero tarda mucho. Se para frente a cada estantería y mira las etiquetas de los productos con una concentración curiosa. Podría jurar que algunos días no necesita nada. Que ha bajado simplemente porque esa es su costumbre, porque el supermercado forma parte de su paseo y porque hay rutinas que sostienen más de lo que parece.
Yo también tengo las mías.
Cojo el carro, entro y sigo casi siempre el mismo recorrido. Pan, lácteos, carne o pescado —según toque—, limpieza y alguna cosa que no estaba en la lista. A veces pienso que quienes vamos a primera hora buscamos exactamente eso: no tener que pensar demasiado. Queremos los estantes llenos, los pasillos despejados y la sensación de que el mundo todavía no ha empezado a atropellarnos.
Quizá también queremos evitar las colas. Sí, eso también.
O quizá, sin saberlo, queremos encontrarnos.
Nos cruzamos en los pasillos y apartamos el carro con amabilidad. Nos cedemos el paso. Alguna vez hacemos un comentario breve sobre el precio de algo o sobre si quedan mandarinas buenas. Conversaciones pequeñas, de apenas unos segundos, que se olvidan antes de llegar a la caja.
—Hoy han vuelto a subir el café.
—Sí, como todo.
Y seguimos adelante.

Pero hace unos días apareció alguien nuevo.
Era una mujer de mediana edad. Podría tener más o menos mi edad, aunque calcular la edad de los demás es un oficio peligroso y poco agradecido, sobre todo cuando uno empieza a necesitar cierta generosidad con la suya.
No recordaba haberla visto antes. Aunque, al mismo tiempo, me resultaba familiar.
Tenía algo en la expresión, en la forma de caminar o en la manera de mirar los productos que me hizo pensar que quizá ya nos habíamos cruzado en algún sitio. En otro supermercado, en una calle, en una cafetería o en una de esas vidas anteriores que uno no ha vivido pero que, por alguna razón, cree recordar que sí.
Me transmitió ternura.
No sabría explicar por qué. Hay personas que no necesitan hablar para despertar algo amable en nosotros. Quizá fue su manera de empujar el carro, con una calma distraída, o el cuidado con el que iba colocando la compra. Tal vez fue solo una impresión mía. Una de esas pequeñas historias que la cabeza inventa cuando la mañana todavía está empezando.
Durante unos segundos pensé en saludarla.
Un simple «buenos días».
Nada extraordinario. Nada que tuviera que provocar la intervención inmediata del personal de seguridad.
Pero enseguida apareció la otra voz.
¿Qué pensaría de mí?
¿Qué hace este hombre saludándome junto a los cereales?
¿Nos conocemos?
¿Me estará confundiendo con alguien?
Y entonces tuve que decírmelo claramente:
«Contrólate, Jaime».
Seguí caminando con una dignidad razonable, fingiendo un repentino interés por la composición nutricional de unas galletas que no pensaba comprar. Ella pasó a mi lado sin mirarme y continuó hacia la sección de lácteos.
Aquello duró apenas unos segundos.
Sin embargo, durante el resto de la compra me descubrí buscando su carro al doblar cada pasillo. No porque esperara nada, ni porque hubiera empezado una historia. Simplemente porque una presencia nueva había alterado el pequeño orden de aquel mundo.
Eso me hizo pensar en todas las personas anónimas que forman parte de nuestra vida sin llegar a entrar realmente en ella.
El camarero que prepara el café antes de que lo pidamos. La mujer que pasea al perro siempre a la misma hora. El conductor que coincide con nosotros cada mañana en el mismo cruce. La cajera que reconoce nuestra bolsa reutilizable y ya sabe que no necesitamos otra.
Personas que están ahí.
No son amigos ni familiares. No conocemos sus preocupaciones, sus enfermedades, sus alegrías ni sus pérdidas. Ignoramos si viven solos, si esperan una llamada o si han pasado la noche sin dormir. Aun así, terminan ocupando un pequeño lugar en nuestra memoria.
Nos acostumbramos a ellos como nos acostumbramos a una fachada, a un banco o a un árbol de la calle. Con la diferencia de que ellos también nos observan, aunque quizá no seamos conscientes.
Si uno de ellos falta, yo lo noto.
No inmediatamente, pero sí al pasar por el lugar donde suelo verlo. El hombre del periódico no está. La mujer de los productos de limpieza tampoco. Entonces aparece una pequeña pregunta, casi absurda:
¿Le habrá pasado algo?
No sé nada de ellos, pero su ausencia modifica el paisaje.
Puede que el hombre del periódico también note cuando yo no bajo.
Puede que la mujer mayor reconozca mi carro o mi forma de recorrer los pasillos.
Tal vez, para ellos, yo también sea ese señor mayor que aparece temprano, compra casi siempre las mismas cosas y se detiene demasiado tiempo frente a los chocolates antes de decidir que no necesita ninguno.
O quizá sea el hombre que un día se quedó mirando unas galletas durante demasiado tiempo porque no se atrevió a decirle buenos días a una desconocida.
Somos anónimos unos para otros, pero no del todo invisibles.

Al llegar a la caja, coincidí con el hombre alto. Llevaba su periódico, su pan y sus dos piezas de fruta. Delante de nosotros, una mujer buscaba unas monedas en el bolso. Tardó bastante. Él no mostró impaciencia. Esperó en silencio y, cuando la mujer se disculpó, le dijo:
—No se preocupe. No tengo ninguna prisa.
Lo dijo sin darle importancia. Después pagó y se marchó.
Quizá sí tenía prisa. Quizá siempre la tiene. Pero aquella mañana había decidido regalarle a una desconocida unos segundos de calma.
Nunca sabré su nombre.
Probablemente él tampoco sabrá el mío.
Tampoco sé el de la mujer que apareció aquella mañana y que quizá no vuelva a ver. Tal vez regrese mañana. Tal vez también tenga un horario fijo y termine formando parte de ese pequeño reparto de personajes que nos encontramos al comenzar el día.
A lo mejor un día me atrevo a saludarla.
O a lo mejor vuelvo a interesarme profundamente por los ingredientes de las galletas.
Mañana volveremos a cruzarnos entre las estanterías y apenas nos miraremos. Seguiremos siendo desconocidos. Personas anónimas que coinciden durante unos minutos antes de regresar a sus vidas.
Pero tal vez la vida esté hecha también de eso.
De presencias pequeñas.
De personas que no conocemos y que, sin embargo, ayudan a que el mundo nos resulte más familiar.
Y de algún que otro «contrólate, Jaime» que nos recuerda que todavía seguimos vivos.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.


