Hace aproximadamente un año escribí unas reflexiones sobre la autoestima. Hablaba entonces, apoyándome en Epicteto, Marco Aurelio y Séneca, de esa autoestima serena, introspectiva e independiente de la mirada ajena. Defendía —y sigo defendiendo— que el valor personal no se mide por aplausos, ni por likes, ni por la aprobación de quienes nos rodean, sino por una relación honesta y tolerante con uno mismo. Sigo creyendo en aquellas palabras. No he cambiado de opinión. Pero hoy, al releerlas, las leo de diferente manera: es como quien escucha un consejo bueno y sensato que le cuesta aplicarse a sí mismo.
Porque escribo ahora desde un lugar distinto. Estoy en un bache. Un bache emocional, de esos que no traen tragedias ni cuestiones demasiado graves, pero que pesan un poco. Me levanto, hago lo que tengo que hacer, cumplo, respondo, sonrío cuando toca, y sin embargo siento que algo dentro de mí funciona como si fuera un autómata. Como si me hubieran puesto en modo piloto automático y a ratos se me olvidara que soy yo quien va dentro. Las rutinas, que antes sostenían el día, ahora pesan más de lo normal. Lo que antes era ritmo se ha vuelto inercia. Lo que era una tarea llevadera y disfrutable, se ha vuelto una carga.
La autoestima, en estos días, quiere decirme que no está. No es un desplome en toda regla, pero sí se siente como un lento desgaste. No es odiarme, pero tampoco es encontrarme con suficiente fuerza como para quererme bien. Y resulta llamativo, porque sé —porque lo escribí, porque lo pienso, porque lo he hablado con otros— que la autoestima no debería depender del estado de ánimo ni de las circunstancias externas. Pero saberlo no basta. Una cosa es la teoría, escrita con calma y citas de los estoicos, y otra muy distinta es la práctica un martes cualquiera, cuando el cansancio empaña hasta las ideas más claras.
Lo que no supe ver hace un año
En aquella carta de hace un año decía que la verdadera autoestima nace de la introspección serena. Hoy descubro algo que entonces no supe ver: que la introspección, cuando uno está pasando por un momento bajo, no siempre es serena. A veces es áspera, repetitiva, circular. Uno mira hacia dentro y no encuentra una fuente clara que mane, como prometía Marco Aurelio, sino una pequeña sequía. Y entonces aparece la tentación —tan humana, tan comprensible— de salir corriendo hacia fuera: buscar la validación, distraerse, llenar el vacío con ruido, con pantallas, con compañías que no terminan de acompañar. Justo lo contrario de lo que defendía.
No me reprocho esa tentación. Sé que el ser humano es complejo. Creo que parte de querernos bien consiste, precisamente, en no añadir culpa al cansancio. El error sería pensar que estar en un bache es un fracaso de la autoestima. No lo es. Estar en un bache es estar vivo. Es ser una persona, no un autómata. Los estoicos lo sabían: no proponían una vida sin tormentas, sino una manera de habitarlas sin perder el norte. Y el norte, ahora mismo, no es brillar; es seguir caminando en la niebla, aunque sea despacio.
Me cuesta pensar en positivo, sí. No porque crea que todo va mal, sino porque la energía para construir pensamientos amables se ha vuelto más cara. Cada idea optimista exige un pequeño esfuerzo que antes era gratis. Y entonces me sorprendo siendo más severo conmigo mismo de lo que sería con cualquier otra persona en mi misma situación. A un amigo le diría: «tranquilo, descansa, no tienes que rendir a tope todos los días, esto pasa». A mí mismo, en cambio, me exijo como si la tristeza fuera una tarea pendiente que hay que despachar cuanto antes.
Y es ahí donde vuelvo a mi texto de hace un año, y donde, paradójicamente, lo encuentro útil. No como un manual que me corrige, sino más bien como una voz amiga —la mía de entonces— que me recuerda algunas cosas. Me recuerda que no soy el ruido que me rodea. Que el valor de lo que soy no se está jugando en cada jornada gris. Que aceptarme incluye también aceptar al que hoy está cansado y algo triste, al que hoy no encuentra entusiasmo, al que hoy se siente un poco autómata. Que la autoestima no es estar siempre arriba, también es no abandonarse cuando se está abajo.
Quizá esto sea lo que ahora añadiría a aquel texto: que la autoestima también es resistencia. No solo la fortaleza del que se conoce y se acepta en días buenos, sino la fidelidad del que sigue tratándose con respeto en días regulares. La autoestima de los días flojos no es brillante, no se parece a una cita de Séneca enmarcada en la pared. Se parece más a cosas cotidianas, a acostarse temprano, a beber más agua, a comer con más conciencia, a salir a andar diez minutos, a escribir esto… Cosas mínimas que dicen, sin levantar mucho la voz: «sigo aquí, sigo cuidándome, sigo eligiéndome aunque no me apetezca demasiado».
No sé cuánto durará este bache. Sospecho que como todos: lo justo para que cuando se vaya, me deje algún aprendizaje. Mientras tanto, intento no engañarme. No fingir que estoy mejor de lo que estoy, pero tampoco instalarme en el malestar como si fuera una identidad. Las rutinas pesan, sí; pero también sostienen. El piloto automático cansa; pero también me conduce, sobre todo en los días que no tengo fuerzas para conducir yo.
Si el texto del año pasado hablaba de la autoestima como un lugar al que llegar, este de hoy habla de ella como un camino que se anda incluso cuando duelen los pies. Sigo creyendo en aquello. Solo que ahora lo creo de otra manera: con menos certeza y más ternura. Y quizá esa ternura —hacia uno mismo, hacia el que no siempre puede— sea, al final, la forma más honesta de autoestima que conozco.
Seguimos aprendiendo…
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.



