«Querido Jaime:
Te escribo desde un domingo distinto. No de madrugada, como aquel en el que te sentaste a vaciarte por dentro, sino de media mañana, con la luz entrando por la ventana y un café caliente al lado del teclado. Han pasado dos años desde que abriste el portátil en la oscuridad, con una rabia inusitada, y decidiste escribir en lugar de callar. Quería darte las gracias por eso. Si no hubieras escrito aquella carta, hoy no estarías escribiendo ésta.
Recuerdo bien lo que tenías encima. Habían vuelto a aparecer, otra vez, esas malas noticias que arrastrabas desde hacía un montón de años. Decisiones tomadas en 2006 y 2007 por un chaval que pretendía vivir una vida que no era la suya. Lo más cansado no era el contenido de las noticias, sino su insistencia: aparecían cuando creías que ya estaba todo dormido, y te obligaban a sentarte de nuevo frente a un fantasma que ya no se parecía en nada a ti. Recuerdo la sensación exacta. Como si alguien volviera a ponerte sobre la mesa una factura que tú ya habías pagado con creces, solo para verte la cara.
Quiero que sepas algo, y necesito que me creas: todos aquellos problemas se resolvieron. No te puedo explicar el «cómo» porque a ti todavía no te toca saberlo, pero llegó el día en que aquello dejó de tener voz. No fue de golpe. Fue tomando decisiones pequeñas, una detrás de otra, con paciencia de hormiga. Buscaste ayuda cuando hizo falta, escuchaste a quien sabía más que tú, y aprendiste algo que ahora me parece esencial: que perseguirte a ti mismo por aquel chaval de 2006 era, en el fondo, la última forma que tenías de no soltarlo. El día que dejaste de juzgarlo, el ruido se apagó. Aquel chico hizo lo que pudo con lo que tenía. Y tú, dieciocho años después, ya no le debías nada.
Sé que la carta que escribiste aquel domingo iba mucho más atrás. Iba a una tarde de 2008, a un sendero junto al mar, a una roca que alguien dejó puesta como mirador. Hoy quiero hablar de aquello con menos importancia, si me lo permites. Porque uno de los regalos que da el tiempo es la posibilidad de releer los momentos más oscuros de tu vida sin que vuelvan a temblar los cimientos. Tú, en 2024, todavía escribías aquella tarde con los ojos vidriosos. Yo, a la altura en la que estamos de 2026, puedo contártela como quien repasa una fotografía antigua: con respeto, con cariño hacia aquel chico derrotado, pero sin volver a meterme dentro.
Y hay algo que en 2024 escribías con lágrimas y que ahora veo distinto. Tú decías que Nuba te salvó la vida. Y es verdad. Pero también lo es lo contrario: que tú te dejaste salvar. Que cuando ella ladró dos veces con su palo a los pies, hubo una parte de ti que eligió escuchar. Otra persona, en tu lugar, no habría girado la cabeza. Tú la giraste. Y eso también cuenta. No le quito a Nuba ningún mérito, no me atrevería, pero quiero devolverte a ti una pequeña parte que llevabas demasiado tiempo regalando.
Nuba se fue en 2022, dos años antes de que tú te sentaras a escribir aquella carta. Tú ya lo sabías cuando escribías, claro, pero la nombraste en presente, como si todavía estuviera subiendo a la cama cuando tú llorabas. Y hacías bien. Hay seres que no se mueren del todo nunca, porque siguen funcionando dentro de uno como una brújula. Nuba sigue siendo, dos años después de tu carta y cuatro después de su marcha, mi forma de saber hacia dónde mirar cuando me pierdo. La echo de menos cada día, pero ya no con la herida abierta de los primeros meses, sino con esa gratitud de quien ha tenido la suerte enorme de cruzarse en la vida con alguien así. Cuando ahora pienso en ella, no la veo en el sendero del 2008. La veo dormida al sol, mayor ya, respirando despacio. Y esa es la imagen que me quedo. Esa, y la del palo a sus pies.
También quiero corregirte una frase. Tú cerrabas tu carta diciendo que el dolor es y será siempre necesario. Lo escribiste con honestidad y entiendo perfectamente desde dónde lo decías: habías sufrido tanto dolor y tan continuadamente que no concebías la vida sin él. Pero hoy yo lo diría de distinta forma. El dolor no es necesario, Jaime. El dolor es inevitable. Aparece, y aparecerá, vengas de donde vengas y hagas lo que hagas. La diferencia, la única diferencia real, está en lo que uno hace con él cuando llega. Tú, aquella madrugada, hiciste lo único sensato que te pasó por la mente: escribirlo. Sacarlo de las entrañas, ponerlo en una pantalla, y dejar que dejara de marcarte por dentro para empezar a habitar un texto. Eso no es necesitar el dolor. Eso es saber qué hacer con él.
Y mira, ya que estamos, te quiero dar las gracias. Gracias por no haberte callado aquella madrugada. Gracias por haber publicado aquella carta a pesar del pudor, a pesar de la duda de si se entendería, a pesar del miedo a quedarte demasiado desnudo. Hay gente que la leyó y te escribió. Tú no lo sabes todavía, pero lo van a hacer. Algunos te contarán cosas suyas que llevaban años guardándose. Otros te dirán solo «gracias», sin más, y eso te bastará para entender que escribirlo no fue un acto de exhibición sino de compañía.
Ahora te dejo. Es domingo, como ya te dije al inicio, y quiero salir un rato a caminar. No por un sendero junto al mar, sino por aquí cerca, sin destino, como te gustaba a ti hacer con Nuba. Llevo en el bolsillo un palo invisible, imaginario. Y pensaré en lanzarlo hacia adelante cada cierto tiempo, como un gesto tonto, pero que servirá para acordarme de ella, y para saber que siempre habrá alguien, dentro o fuera de mis pensamientos, esperando a que gire la cabeza.
Cuídate, Jaime. Y sigue escribiendo.
Con cariño,
Tu yo de 2026.»
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.



