Donde florecen las pausas

Una carta escrita desde la pausa, el amor y el silencio.

He aprendido que a veces hay que ausentarse. No como quien huye de nada, sino como quien necesita callarse para volver a escuchar el latido de sus pensamientos. Y a veces me pasa: me retiro un poco, no porque no tenga qué decir, sino porque necesito un tiempo para mí. Esta vez ha sido así. He estado ausente del acto de escribir mes y medio más o menos, pero lo he sentido necesario.

Vivimos en un mundo que corre a pasos agigantados. Que pide productividad por doquier, resultados, apariciones constantes. Que mide el valor en función de lo visible. Un mundo que sufre alergia al silencio y miedo a desaparecer. Parece que siempre has de publicar, responder, subir contenido. Aunque no tengas nada interesante que decir. Aunque estés roto por dentro.

Y yo, sencillamente, no he querido seguir ese ritmo. He parado máquinas. He apagado algunas cosas. He pausado mis rutinas. Me he alejado sin ruido. He dejado que los días se deshilacharan sin necesidad de documentarlos. He dejado que el alma respirase sin exigencias. Me he permitido estar sin estar. La pausa está siendo, en cierto modo, una forma de desintoxicación: de la obligación de estar presente todas las semanas, de las prisas, y de mí mismo.

También el amor ha sido el protagonista en esta pausa. Porque ocurrió sin esperarlo. Así, sin más. Como un relámpago que no anuncia su llegada.

Y todo ha cambiado.

Porque hay un antes y un después del amor, aunque uno no quiera admitirlo de primeras. Cuando el amor llega, no solo cambia lo que sentimos, sino lo que somos. Cambian las preguntas. Cambia la forma en que miras el futuro, pero también el modo en que recuerdas el pasado. De pronto, lo que importaba deja de importar. Y lo que dolía, no deja de doler, pero duele distinto.

Nuevas ilusiones, sí. Pero también nuevos miedos. Una esperanza que no sabe aún cómo sostenerse. Una ternura que no quiere romperse. Una necesidad de estar presente, sin máscaras. Y entonces la pausa ya no es solo una necesidad propia interior: se vuelve un acto de cuidado hacia el otro. Un tiempo para ordenar lo que uno siente, para no equivocar el camino, para amar sin prisas, sin ruido, y con verdad. Con mucha verdad.

Durante esta pausa, he sentido más que en muchos meses. He conversado despacio. He llorado sin razón y con razón. He recordado cosas que creía olvidadas. He dormido mal algunas noches y otras me he despertado con una calma y una quietud que no sabía ni que existían. He mirado por la ventana como si todo fuera nuevo. Y lo era. Porque yo estaba empezando a ser otro.

He recuperado también pequeños rituales: escribir a mano, pasear sin rumbo, preparar café a deshoras. Cosas aparentemente banales, pero que me devuelven al presente. Estoy comprendiendo que vivir es también, muchas veces, disfrutar de las pausas. Pero no pausas de espera pasiva, sino de atención. De disponibilidad. Porque la pausa es también eso: el terreno donde uno se transforma sin darse cuenta. Donde el cambio no suena como una revolución, sino como un susurro que empieza a echar raíces.

Y yo no quiero seguir perdiendo más. Ni amor, ni palabras, ni días hermosos. No quiero que la vida se me escape entre tareas urgentes, entre obligaciones autoimpuestas, entre compromisos que no me representan. No quiero correr más si no sé hacia dónde. Prefiero caminar lento, cambiar pautas, pero sabiendo quién soy y qué siento. Porque solo así se puede mirar a los ojos a la persona amada. Y solamente así se puede escribir de verdad.

Escribir, para mí, no es una carrera. Es un modo de mirar a la vida. Es una forma de resistirla. Y también una forma de amar. Hay textos que no nacen hasta que uno está listo para sentirlos. Y hay silencios que no son ausencia, sino preparación. A veces, hay que dejar que las palabras maduren en la sombra antes de entregarlas a la luz.

Si algo de esto que has leído ha resonado en ti, si ha despertado una imagen o un eco, entonces esta pausa ha valido la pena. No solo para mí. También para ti. Porque quizás tú también necesitas parar. O al menos, escuchar que parar está bien. Que no es fallo, ni pérdida, ni fracaso. Es humanidad.

Porque escribir también es eso: tender un hilo entre dos silencios. Y a veces, en medio del silencio, florecen cosas que no sabíamos que aún podían nacer.

Y si florecen, entonces todo habrá merecido la espera.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Separador

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.