Hoy no vengo a descubrirte nada nuevo, me temo. Si habitas por estos lares, leyendo el título de esta carta ya estarás imaginándote al protagonista de la misma.
Cada vez que me siento a escribir, que me siento inspirado y creo que puede salir algo bonito y entretenido de mi mente, noto una presencia que pulula a mi alrededor y que me acompaña en cada palabra que tecleo. Nunca la invité, nunca le abrí la puerta de mi mente, pero de algún modo se ha instalado de manera permanente, como un huésped indeseado que ocupa un rincón concreto y que, antes de darme cuenta, se convierte en parte del paisaje de mi conciencia. Al principio, pensé que era una sombra más, una de esas dudas inevitables que emergen cuando uno se adentra en territorios desconocidos, cuando me atrevo a soñar en grande o incluso en lo pequeño. Pero, con el tiempo, esa sombra fue cobrando forma y sustancia, hasta convertirse en una figura omnipresente que me observa desde los rincones más oscuros de mi universo interior.
No me gusta llamarlo síndrome, prefiero referirme a él como una sombra. También sé que no soy el único que convive con él, por desgracia; muchos lo llevan a cuestas, aunque no se atrevan a articular su existencia con claridad. Nombrarlo parece dotarlo de una consistencia casi tangible; es como un espectro que se nutre de mis pensamientos. Así es como lo siento. Está conmigo cuando escribo, a mi alrededor, inclinándose para leer cada palabra que esbozo. Aunque nunca pronuncia palabra, puedo percibir su juicio constante, un escrutinio mudo que me lleva a cuestionar el valor de lo que hago, que me hace pensar que lo que escribo no es suficiente, que no tiene la calidad a la que yo aspiro, o peor aún, que carece de cualquier novedad significativa respecto a lo que otros publican.
El impostor camina conmigo, se sienta a mi lado durante los momentos de pensar y permanece conmigo cuando intento concentrarme en mi trabajo. No puedo evitar pensar en cómo sería la vida sin su compañía. Imagino un día cualquiera, una jornada en la que cada idea pudiera fluir sin la presión inmediata de ser sometida a un juicio implacable, sin la constante sensación de que en cualquier momento alguien podría descubrirme y demostrar mi incapacidad. Me gusta imaginar esa posibilidad de una mente libre, ligera, que no lleve la pesada carga de esa presencia o sombra constante que, aunque intangible, resulta a veces abrumadora.
Mi impostor no se manifiesta de forma violenta. No me grita ni me acusa abiertamente. Cuando imagino su voz, la imagino serena pero contundente, revestida de una certeza casi incuestionable. Me susurra que lo que hago no está del todo mal, pero que podría ser mucho mejor, que siempre habrá alguien más preparado, más ingenioso, más competente. Me recuerda que, en un entorno lleno de individuos extraordinarios, yo no soy más que una figura menor, un granito de arena en un vasto desierto, sin nada especial que aportar a los demás.

Lo paradójico de esta historia es que, a pesar de su constante vigilancia, yo sigo adelante. Sigo escribiendo, aunque a veces dude de cada frase, aunque a menudo me falte la confianza. Curiosamente, al mismo tiempo que socava mi confianza, también me impulsa, como si cada uno de mis esfuerzos fuera una tentativa para demostrarle que está equivocado, muy equivocado.
Hay días en los que experimento pequeñas victorias. Días en los que consigo escribir algo que me llena de satisfacción, días en los que supero una tarea que parecía imposible a pesar de su presencia. En esos momentos, parece encogerse, retirarse hacia un rincón más diminuto, como si comprendiera que, al menos hoy, he decidido no escucharlo. Esos triunfos efímeros son lo que me permiten seguir caminando, escribiendo, y lo que me da la esperanza de que algún día esa figura oscura pueda abandonar mi mente por completo.

¿Cómo me enfrento a esta sombra incómoda? He intentado múltiples enfoques: ignorarla, razonar con ella, incluso desafiarla directamente. Pero siempre encuentra el camino de vuelta. A veces se disfraza de prudencia, otras veces de una crítica supuestamente constructiva, y otras simplemente aparece como una duda insidiosa que me paraliza. Estoy empezando a aprender que esta sombra del impostor, aunque molesta, es también parte de mí, es una voz interna que me empuja a aspirar a algo más, que no me deja conformarme con lo fácil, que me reta a seguir evolucionando.
Vivir con ella no es sencillo. Hay momentos en los que la carga parece insoportable; cuando su voz se torna tan convincente que llego a creer que tiene razón. En esos instantes me convence de que todos mis logros no son más que producto de la suerte, momentos fortuitos en los que, por azar, el mundo aún no ha descubierto mi falta de habilidad. En esos momentos, la sombra del impostor crece y me envuelve, convenciéndome de que sería mejor detenerme, dedicarme a otra cosa, que el fracaso es inevitable.
Pero siempre hay algo más poderoso que el impostor, algo que se mantiene, aunque a veces parece esconderse. Y eso es la pasión. La pasión por lo que hago. Porque aunque a veces sienta que no soy suficiente, aunque sienta que no estoy a la altura de las expectativas, hay algo en el mero hecho de crear, de pensar, de escribir, que me impulsa a seguir hacia adelante. Esa chispa, aunque pequeña, nunca se extingue, y me recuerda que el mero acto de intentarlo es ya, en sí mismo, una victoria.
Quiero pensar en el impostor como en un viejo conocido. No es un amigo, pero tampoco un enemigo irreconciliable. Es alguien que me desafía, que me impulsa a ser mejor, aunque sus métodos sean, en ocasiones, cuestionables. Tal vez, al final, la clave no radique en eliminarlo, sino en aprender a coexistir con él, en saber escuchar su voz sin permitir que me controle. Comprender que sus palabras no constituyen la verdad absoluta, sino que son una parte de mí que puedo escuchar, pero no obedecer ciegamente.
Hoy, mientras escribo estas líneas, siento su presencia aquí mismo, justo a mi lado. Me observa con su habitual escepticismo, pero también con una curiosidad silenciosa. Hoy no me dice nada. Quizá al articular su existencia, estoy despojándolo de parte de su poder, probablemente el hecho de estar escribiendo sobre él en parte hace que se debilite en mi conciencia. Tal vez el mayor temor del impostor sea precisamente el hecho de ser reconocido, de ser descubierto, de perder su sombra y de convertirse en algo definido, en algo que, aunque no desaparezca, pierda parte de su misterio y de su capacidad para infundirme miedos y dudas.
Y así continúo, querido lector, querida lectora, día tras día, acompañado por este impostor silencioso que no me da tregua. No sé si algún día podré afirmar que me he liberado completamente de él, pero sí sé que, mientras tanto, seguiré escribiendo, seguiré intentando, seguiré avanzando. Porque, al final, lo importante no es cuántas veces el impostor me haga dudar, sino cuántas veces decida yo seguir adelante a pesar de él; o cuántas veces logre crear, pensar, escribir, incluso con su presencia constante.
La pasión, mi pasión por la escritura. Esa es la clave. Ese es mi pequeño triunfo. Mientras esa chispa de pasión siga viva, mientras ese deseo de intentarlo una vez más se mantenga, podré continuar dando rienda suelta a mi imaginación, contarte más historias y escribir más poemas.
Gracias por leerme.
Gracias por estar. ❤️

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.



