Maia 2023

Lo que nadie te cuenta de vivir con un gato

Una carta con humor sobre la experiencia de vivir con un gato que nadie suele explicarte cuando piensas adoptar uno.

Desde el año 1997 convivo con felinos. Ya conté aquí los inicios que me hicieron decidir que quería compartir mi vida con uno. Ya son treinta años conviviendo con felinos, han pasado por mi vida cinco gatos y dos gatas, así que algo de experiencia sí que tengo. En mi caso, el año 2018 marca un antes y un después. Desde entonces vivo solo de nuevo, y ahora me acompaña Maia, que si me sigues habitualmente ya conocerás. Ella es la dueña de la casa. Por tanto, yo hablaré mucho de «gata», aunque todo es aplicable también al género masculino.

Hay decisiones en la vida que uno toma con la solemnidad de quien firma una hipoteca, y otras que toma porque un viernes por la tarde alguien te pone delante una bola de pelo de quinientos gramos y ya no hay vuelta atrás. La mía fue de las segundas. Y como nadie me explicó nada antes, he pensado que lo justo es que yo te lo cuente a ti, por si algún día te ves en la misma encrucijada y necesitas saber dónde te estás metiendo.

Empecemos por lo evidente: tener una gata en casa es algo maravilloso. Eso lo saben quienes ya disfrutan de dicho escenario. Lo que no te cuentan es que también es vivir, durante un montón de años, con una compañera de piso que jamás paga el alquiler, que no entiende el concepto de «puerta cerrada» y que ha decidido, sin consultarte, que ella es la propietaria y tú el inquilino. Tú firmaste algo. Ella, no. Y sin embargo, ella manda.

Una gata como compañera

Empieza uno con cosas pequeñas. Friegas el suelo, por ejemplo. Te pones, con tu cubo y tu fregona, dispuesto a dejar la cocina reluciente. Y en el momento exacto en que terminas de pasar la fregona por el último rincón, justo cuando el suelo brilla con esa humedad efímera que dura tres minutos, aparece ella. No corriendo. No con prisa. Aparece despacio, como una emperatriz que entra en su salón del trono. Y camina. Camina por encima del suelo recién fregado dejando un rastro de pequeñas huellas húmedas, sin mirarte, sin disculparse, sin la menor conciencia de estar deshaciendo veinte minutos de trabajo. Tú la observas en silencio, fregona en mano, y piensas: «Es solo el suelo. Lo vuelvo a fregar.»

Pobre iluso. Esto es solo el principio.

El arenero merece capítulo aparte. Le limpias el arenero con una dedicación que rozaría lo ceremonial. Sacas la arena sucia, pones arena nueva, lo nivelas con el cuidado de un jardinero zen rastrillando piedras. Y entonces, no han pasado ni diez minutos —a veces ni cinco, a veces ni tres—, cuando ella se acerca con paso decidido. Lo huele. Te mira. Y procede a estrenarlo con la misma urgencia con la que uno estrenaría un coche nuevo. Como si la arena recién puesta fuese a caducar pronto. Como si fuera un deber sagrado bautizar cada limpieza. Te quedas ahí, a dos metros, contemplando la escena con una mezcla de ternura y derrota. Y lo peor no es eso. Lo peor es que, cuando termina, te mira otra vez. Y en esa mirada hay algo que dice claramente: «Ya puedes volver a limpiarlo.»

Hay un fenómeno que tampoco te explica nadie y que yo llamo «la ley del sitio ocupado». Consiste en lo siguiente: una gata jamás, nunca, bajo ninguna circunstancia, se sentará en un sitio vacío si hay un sitio ocupado disponible. Si tienes el sofá entero para ella —tres metros de cojines, mantas, almohadones—, ella se subirá exactamente encima del libro que estás leyendo. Si has extendido la ropa limpia para doblarla, ahí estará, en el centro mismo de la pila, mirándote como diciendo: «Has preparado esto para mí, ¿verdad?». Si tienes la mesa despejada, se tumbará sobre los papeles que estás revisando. Y lo más asombroso es que tú, en lugar de echarla, te quedas inmóvil. Aguantas las posturas imposible. Esperas. Porque mover a una gata que se ha acomodado cerca o encima de ti es un sacrilegio que no estás dispuesto a cometer. Has perdido. Lo sabes. Lo aceptas.

Y hablando de sitios, conviene que sepas que tu casa, tal como tú la conoces, va a dejar de existir. Es decir: las paredes seguirán ahí, los muebles también, pero su función va a cambiar radicalmente. Las cortinas, por ejemplo, ya no son cortinas. Son un rocódromo. Un día estás tranquilamente en el salón y oyes un rumor de tela tensa, miras hacia arriba, y ves a tu gata a tres metros de altura, agarrada con las uñas a la cortina, escalando con una determinación digna de un alpinista en el Everest. No hay forma de bajarla. Tienes que esperar a que ella decida que ya ha hecho cumbre, baje, y se vaya tan tranquila a otra cosa, dejándote a ti la cortina llena de hilos sueltos como recuerdo de la expedición.

El ordenador portátil tampoco es un ordenador. Es una cama caliente. Da igual que tengas seis camas blanditas repartidas por la casa, da igual que el sofá esté libre y al sol; el sitio elegido será siempre prácticamente encima del teclado, exactamente cuando estás escribiendo algo importante. Se tumba encima con un suspiro de alivio, como diciendo «por fin, qué cansada estaba», y a partir de ahí cualquier intento de seguir trabajando implica escribir alrededor de ella, con los brazos en una postura que no te recomendaría ningún fisioterapeuta. Y el iPad —el iPad es un manjar. Concretamente las esquinas. No sé qué tienen las esquinas del iPad, qué textura, qué sabor secreto, pero hay días en que la encuentro mordisqueándolas con la concentración de un crítico gastronómico catando trufa. Le digo que no, ella me mira, sigue mordiendo. Le quito el iPad, se va. Vuelvo a dejar el iPad, vuelve. Es un baile.

Y luego está lo del televisor, que merece mención aparte porque ya entra en lo arquitectónico. Yo tengo el televisor con una planta a cada lado, dejando un hueco estrecho por la parte de atrás, entre el mueble y la pared. Pues bien, ese hueco, para ella, no es un hueco. Es un pasillo. Un pasillo secreto que comunica este lado del salón con «el otro lado». A veces la veo entrar por la izquierda, desaparecer detrás del televisor, y salir por la derecha con cara de haber estado en otra dimensión. Otras veces se queda ahí en medio, oculta entre las hojas de las plantas, observándome durante minutos enteros. No sé qué piensa. No sé qué hace. Pero ese pasillo es suyo, lo ha incorporado a su mapa mental de la casa, y yo tengo prohibido moverlo. Las plantas se quedan donde están. Para siempre.

Y aquí debo hacer una pequeña aclaración importante: las plantas son de plástico. Lo confieso sin pudor. Porque las plantas de verdad, en una casa con gata, no son plantas: son una fiesta, un bosque, un parque temático. Son, sobre todo, comida. Son juguete, son trampolín, son objeto de estudio antropológico. Una maceta con tierra es, para una gata, una invitación formal a cavar; una hoja larga y tierna es un aperitivo; una rama colgante es un columpio. Aprendes pronto que tener plantas naturales y tener gata son dos hobbies incompatibles, salvo que estés dispuesto a vivir rodeado de tallos roídos, tierra esparcida por el suelo y macetas misteriosamente caídas a las tres de la mañana. Así que un día vas a un chino, compras dos plantas de plástico que parecen decorosas desde lejos, las colocas a los lados del televisor, y respiras tranquilo. Ella las inspecciona el primer día, las olisquea, comprende que son un fraude, y las acepta como parte del decorado. A veces incluso roza una hoja con el lomo, casi con condescendencia, como diciendo: «te perdono la trampa, pero que sepas que lo sé.»

Luego está el tema del horario. Los gatos, te dirán, son animales independientes. Mentira. Los gatos son animales con una agenda muy precisa que tú vas a cumplir, te guste o no. Mi gata sabe a qué hora debo levantarme, incluso los sábados. Lo sabe mejor que yo. Y si por casualidad un domingo decido dormir un poco más, ella se encarga de recordarme cuál es mi obligación con métodos diversos: maullidos de creciente intensidad, paseos sobre mi pecho, exploraciones de mi cara con la patita, y, en casos extremos, el clásico «tirar algo de la mesilla y mirarte mientras lo hace». Una vez aprendido el sistema, uno deja de poner el despertador. Para qué. Tienes uno orgánico, peludo y completamente inflexible.

Las visitas también traen su propia liturgia. Tú avisas a quien venga a casa: «tengo una gata muy cariñosa, ya verás qué pronto se hace amiga tuya». Llega la visita. La gata desaparece. Literalmente, se evapora. Pasan dos horas y no la has visto. Justo cuando la visita se está levantando para irse, convencida de que te has inventado a la gata, ella aparece. Camina hasta el centro del salón, se sienta, observa con desdén olímpico, y vuelve a desaparecer. Misión cumplida. Ha demostrado que existe, que pasaba por allí, y que no le interesas lo más mínimo. Tú te encoges de hombros y dices: «es que es muy suya». Y la visita sonríe con esa cara que pone la gente que está pensando «este tío vive con un fantasma».

Y luego, claro, están las conversaciones. Porque uno acaba hablando con la gata. Al principio, frases cortas: «hola, guapa, ¿qué haces ahí?». Pero con el tiempo, el repertorio se amplía. Le explicas tus planes del día. Le comentas el tiempo. Le preguntas si ha dormido bien. Y lo más inquietante es que ella te contesta. No con palabras, claro, pero con maullidos perfectamente calibrados y distintos según lo que quiera expresar, con miradas que tienen contenido, con suspiros. Una conversación real, hilvanada, con sus pausas y sus matices. El día que te das cuenta de que llevas diez minutos discutiendo con tu gata sobre si es muy pronto o no para cenar, comprendes que ya no hay marcha atrás. Te ha colonizado. Has cruzado una frontera invisible.

Así que ya sabes. Si alguna vez te ofrecen una bola de pelo de quinientos gramos un viernes por la tarde, piénsalo bien. O mejor: no lo pienses. Acéptala. Porque sí, vas a fregar el suelo dos veces, vas a limpiarle el arenero cuando te lo diga, vas a perder tu sitio en el sofá para siempre, vas a tener la cortina hecha jirones, el iPad mordisqueado, el portátil tibio de gata y plantas de plástico en lugar de plantas de verdad. Pero también vas a tener mucha compañía, sentirás que tienes algo importante que cuidar y querer, y cada noche, un pequeño cuerpo cálido haciendo ronroneos a tu lado y un despertador peludo con una inteligencia fuera de serie. Y eso, créeme, compensa todas las huellas húmedas del mundo.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Separador

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.