Hay un segundo, cada domingo, en que pienso que hoy no.
Bajo al garaje, me siento, meto la llave —una llave de verdad, de las que se giran; no un botón, ni una tarjeta, ni nada que haya que cargar por la noche— y, durante una milésima de segundo, el coche y yo nos quedamos quietos, a la espera, como dos viejos conocidos que no las tienen todas consigo.
Es un Smart Fortwo Brabus Xclusive de 2009. Diecisiete años. A esa edad, un coche ya se ha ganado el derecho a no arrancar un domingo cualquiera sin que nadie se lo reproche.
Pero arranca.
Siempre arranca.
Un chasquido breve, el ralentí que sube y baja un momento, como si se desperezara, y luego ese ronroneo bajo y un poco básico de motor pequeño que conozco mejor que mi propia voz a las nueve de la mañana.
Conviene aclarar una cosa, porque tiene su gracia. Mi coche, que mide lo que mide —dos personas y una bolsa de la compra; ese es el aforo realista—, lleva escrito Brabus en la parte de atrás.
Brabus, para quien no sepa de coches, es algo así como ponerle a un chihuahua un collar de mastín. Es la versión «deportiva». En realidad, Brabus es un preparador alemán que «vitamina» motores de vehículos fabricados por Mercedes. En su día le metieron unos caballos de más, unas llantas más anchas y un sonido que pretendía rugir.
Hoy lo que tengo es un cochecito de ciudad, viejo y diminuto, que presume por escrito de una fiereza que ya no es tanta, si es que alguna vez lo fue.
Cada vez que lo veo aparcado y leo esa palabra en sus puertas, me cae mejor. Hay algo entrañable en quien sigue presumiendo de lo que presumía de joven sin engañar a nadie.






Los primeros metros son una conversación privada.
Quien no conozca este coche lo odiaría en treinta segundos. El cambio es automático, sí, pero de los antiguos: de los que entre marcha y marcha hacen una pausita y dan un tironcito. Apenas perceptible, pero está ahí, como diciendo: «Aguanta, que estoy en ello».
Es el defecto célebre de este modelo. Lo primero que aparece en cualquier foro. Lo que hace que la gente escriba reseñas furiosas en internet sin tener en cuenta que fue una maravilla tecnológica allá por 1998, cuando se ideó este cambio de marchas y prácticamente todos los coches eran manuales.
Yo ya ni me entero del tironcito. Mi cuerpo se prepara solo antes de que llegue, como quien sabe dónde está el escalón que cojea de su propia casa y lo salta sin mirar. Acelero un poco menos justo a tiempo, suelto, y el cambio y yo pasamos de marcha sin brusquedad, en un acuerdo que hemos firmado a base de años.
Le escucho cosas que no le dice a nadie más.
Un zumbido nuevo que aparece con el frío y se va con el sol. El clic del intermitente, que suena más fuerte de lo que debería, como si tuviera prisa. La calefacción, que tarda en arrancar lo mismo que tardo yo y que, cuando por fin echa aire, huele un poco a todos los inviernos que llevamos juntos.
Nada de eso significa una avería.
Significa que está aquí, que sigue, que es él.
Y entonces salgo a la carretera que me sé de memoria.
No hace falta que diga adónde voy, porque la mitad de las veces da igual. El trayecto es siempre más o menos el mismo: las mismas curvas, el mismo punto donde el mar aparece de golpe a la derecha y todavía, después de tantos años, me obliga a mirarlo un segundo de reojo.
El cuerpo conduce solo. Las manos saben.
Mientras tanto, la cabeza se va por su cuenta, que es para lo que sirve de verdad este coche: no para llegar a ningún sitio, sino para ese rato en que nadie me habla y yo no tengo que contestar.
Es ahí donde se cuela el tiempo.
Pienso, por ejemplo, en quién era yo cuando este coche era nuevo. En 2009 tenía otra vida montada alrededor, otras preocupaciones, gente que ya no está y gente que entonces ni conocía. El móvil de aquel año hoy daría risa. La casa era otra. Yo era otro, supongo, aunque desde dentro de uno mismo el cambio nunca parece notarse. Es como mirarse en el espejo cada mañana y no ver envejecer a nadie.
Lo único que ha seguido exactamente igual, dando los mismos tirones en las mismas marchas y oliendo al mismo invierno, es esto: mi cochecito.
Es el ente material más fiel que he tenido nunca. No me ha dejado, no ha cambiado de opinión, no se ha mudado, no ha dejado de «llamarme». Y sigue arrancando todas las mañanas.
Hay quien diría —me lo han dicho— que ya toca cambiarlo. Que diecisiete años son muchos. Que cualquier día me deja tirado. Que, por lo que me gasto en mantenerlo a flote, podría tener algo más nuevo, más seguro, más razonable.
Y, en parte, tienen razón.
Pero la razón nunca ha entendido bien de estas cosas.
Uno no se queda con lo viejo porque sea lo más inteligente. Se queda porque lo conoce, porque sabe leer sus ruidos, porque existe una lealtad rara y un poco tonta hacia aquello que ha estado ahí sin fallar cuando casi nada más aguantaba.
Cambiarlo sería lo sensato.
Y quizá por eso me cuesta tanto.
Vuelvo a casa cuando ya se me ha pasado lo que fuera que tenía que pasárseme. Meto el coche en su sitio de siempre, mido la maniobra al centímetro, como llevo midiéndola media vida, y apago el motor.
Entonces hago el gesto del principio, pero al revés: giro la llave, la saco y el coche se queda de golpe en silencio.
Se queda ahí, pequeño y quieto, presumiendo en silencio de un Brabus que ya no es, esperando sin prisa al próximo día en que yo baje, me siente y piense, por un segundo, que hoy no.
Pero arrancará.
Los dos sabemos que arrancará.
Total, tampoco tiene adónde irse.
Y yo, si he de ser sincero, tampoco tengo demasiada prisa por irme a ningún otro sitio.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.



