sobre la gente que no cambia de opinion

Sobre las personas que no cambian de opinión

Cambiar de opinión parece sencillo desde fuera. Por dentro es un acto de derrumbe. Y quizás por eso tanta gente no lo hace.

Hay días en que me siento un poco ingenuo, un poco extraño. Humillado, incluso, cuando descubro que he estado asumiendo algo que nunca fue cierto. Yo había dado por hecho, sin cuestionarlo demasiado, que las personas cambian de opinión cuando se les presentan razones suficientes. Que la verdad tiene peso propio. Que si alguien ve algo demostrado, algo medido, algo verificado por miles de personas durante siglos, al menos titubea. Al menos abre una pequeña grieta por donde entra la duda.

Pero no. No siempre. Y eso me desespera de una manera que me cuesta explicar sin llegar a sonar arrogante.

sobre la gente que no cambia de opinion

Por qué no cambiamos de opinión

Hace poco vi un debate sobre el terraplanismo. No lo busqué, apareció sin más mientras buscaba algo interesante que ver. Comencé a verlo y me quedé fascinado y perplejo a partes iguales mientras alguien explicaba con absoluta convicción que la Tierra es plana, argumentando que las fotos del espacio están manipuladas, que los científicos mienten, que hay una conspiración global sostenida por millones de personas que nunca se han puesto de acuerdo en nada, pero que en esto, curiosamente, sí. Y frente a ellos un científico, alguien con datos, con física, con geometría, con paciencia en explicar las cosas y rebatirlas, pero que daba la sensación de estar hablándole a una pared.

Lo que me dejó desesperanzado no fue la creencia en sí. Lo absurdo tiene cierta gracia, a veces. Lo que me dejó desesperanzado fue darme cuenta de que no hay argumento posible. De que el debate, en realidad, nunca había sido un debate.

Y me pregunté por qué. No desde el juicio fácil, sino desde la simple curiosidad. ¿Por qué alguien construye una creencia tan impermeable que ninguna evidencia puede entrar? ¿Qué hay detrás de esa muralla?

Supongo que una parte de la respuesta tendrá que ver con el miedo. Cambiar de opinión parece sencillo desde fuera, pero por dentro es otra cosa. Cuando una creencia lleva años instalada en ti, cuando ha organizado tu manera de ver el mundo, cuando has discutido por ella, cuando has encontrado comunidad a su alrededor, abandonarla no es un acto intelectual. Es un acto de derrumbe. Significa admitir que estabas equivocado. Que perdiste tiempo. Que las personas que te advirtieron tenían razón. Y eso duele de una manera muy concreta y muy personal. El vértigo que produce cambiar de opinión es real. Quizá por eso mucha gente no lo hace. No porque no pueda, sino porque el coste emocional de hacerlo es demasiado alto.

La conspiración nace de una herida

Pero intuyo que hay otra capa, más profunda y más difícil de desestimar. La desconfianza. No todos llegamos al escepticismo desde el mismo sitio. Hay personas para quienes el mundo, las instituciones, la ciencia, sus familias, los gobiernos, han fallado de maneras muy concretas. Que han visto cómo se mentía, cómo se ocultaba, cómo los poderosos protegían sus intereses a costa de los demás. Y esa experiencia deja una marca.

Si el mundo te ha engañado antes, no es del todo irracional desconfiar de lo que el mundo te dice ahora. La pregunta, entonces, no es: «¿cómo puede creer eso?», sino «¿qué le pasó para llegar a esa creencia?».

La conspiración, en ese sentido, no nace de la estupidez. Nace de una herida. De alguien que decidió, en algún momento, que ya no se fiaba. Y que a partir de ahí construyó una lógica alternativa dentro de su cabeza, una donde las piezas encajan de otra manera y donde al menos tiene la sensación de entender lo que ocurre.

No digo que eso justifique creer que la Tierra es plana. Digo que lo explica. Y que explicarlo me obliga a mirarles de otra manera, no con impaciencia, sino con algo más parecido a la tristeza.

Porque la tristeza es lo que queda cuando el juicio se cansa.

Cómo me aplico lo mismo a mí

Y entonces, inevitablemente, me volví hacia mí mismo. Y me pregunté algo que me incomoda en cierta manera: ¿en qué soy yo distinto?

No en el terraplanismo, claro. Yo tengo claro que vivo en un planeta esférico. Pero hay cosas en las que yo tampoco entro a debatir. Convicciones que doy por ciertas sin haber pasado por el proceso de verificarlas del todo. Verdades que asumo que son ciertas porque las aprendí de alguien en quien confiaba, o porque encajan con quien creo que soy, o simplemente porque llevan tanto tiempo dentro de mí que ya no recuerdo dónde las aprendí. ¿Cuántas de mis certezas sobrevivirían a un escrutinio honesto? ¿Cuántas veces he escuchado un argumento contrario y, en lugar de considerarlo, he buscado la manera de rebatirlo? ¿Cuántas veces lo he hecho yo?

Por todo ello, la razón, descubro, no es tan soberana como me gustaría. No en ellos. Tampoco en mí. Creemos que pensamos y a veces solo estamos justificando lo que ya creíamos. Los psicólogos tienen un nombre para eso: sesgo de confirmación. Funciona así: cuando buscamos información, tendemos a quedarnos con la que nos da la razón y a pasar de largo por la que nos la quita. Leemos el artículo que confirma lo que pensamos y criticamos todo aquello que lo contradice. Recordamos los argumentos que ganamos y olvidamos los que perdimos. No es mentirse a uno mismo exactamente, es algo más sutil y más difícil de detectar: es que la mente, sin que nos demos cuenta, ya ha decidido antes de escuchar.

Saberlo no me protege de ello. Igual que conocer el nombre de una enfermedad no la cura.

Quizás la desesperanza que sentí viendo ese debate no era solo hacia ellos. Era también hacia mí. Hacia lo frágil que es la razón como herramienta compartida. Hacia lo mucho que nos cuesta, a todos, admitir que podríamos estar equivocados. Hacia la distancia enorme que existe a veces entre dos personas que creen estar hablando del mismo mundo y en realidad habitan mundos completamente distintos.

No sé cómo se cruza esa distancia. No sé si se puede.

Pero me parece importante no mirar hacia otro lado. Seguir preguntándose. Seguir sintiéndose un poco ingenuo, de vez en cuando. Porque la alternativa, creo, es peor: dejar de hacerse preguntas y empezar a tener solo respuestas. Ya que eso, a su manera, me da a mí que también es un dogma.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.