A dark room with a door slightly ajar, revealing a glowing light through the opening.

Lo que dejó el invierno

Una carta a mí mismo desde el otro lado del invierno. Sobre lo que termina, lo que se aprende cuando uno para a escribir, y una puerta que mira hacia adentro.

Me escribo esto desde la quietud. Desde ese lugar extraño donde el dolor ya no duele tanto como pesa, y el peso, poco a poco, empieza a parecerse a algo que puedo cargar. Y no es resignación, más bien se trata de otra cosa. Es algo más parecido a la aceptación tranquila de quien ha entendido que no todo tiene que resolverse, que no todo necesita una explicación que lo justifique ni un culpable que lo ordene. Porque yo tengo ese problema, que cuando no encuentro explicación a un problema, éste se me enquista y me hace mucho daño.

Terminó un amor. Terminó en la última noche del año, como si algo en el universo tuviera sentido del orden. Y yo, que no creo mucho en las señales, me permito esta vez leerlo como una señal de que lo nuevo empieza donde termina lo viejo y de que, a veces, los finales son el único idioma que entienden los comienzos.

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Estos meses de invierno han sido difíciles y raros. No han sido terribles, ni vacíos, pero sí raros en el sentido de que me han devuelto una versión de mí que tenía un poco olvidada: la que observa, la que anota, la que necesita entender las cosas por escrito para creerlas del todo. He llenado páginas con todo lo que me iba pasando por la cabeza. Pensamientos a medias, preguntas sin respuesta, imágenes sueltas que aparecían sin más. Como siempre, no escribía para nadie. Escribía para no perder el hilo de mí mismo. Algunos textos los he publicado, otros me los guardo para mí.

Y en todo ese proceso ha pasado algo que no imaginaba: he aprendido a relativizar mejor. He aprendido que lo que hoy parece enorme, visto desde un poco más lejos, ocupa un espacio distinto. Que el dolor tiene tamaño, pero ese tamaño cambia según desde dónde lo mires. Que hay cosas que merecen toda tu energía y cosas que, si las sueltas, simplemente se van. Y que saber distinguir entre unas y otras es quizás uno de los aprendizajes más útiles que existen.

He escrito también sobre el amor. Sobre por qué no quiero volver a buscarlo, al menos no de esa manera en que uno sale al mundo con los brazos abiertos esperando que algo llegue a llenarte. Lo que escribí hace dos semanas lo sostengo: estoy cerrado al amor. Hubo calor real, momentos verdaderos, una versión de mí que también merecía existir. Pero las versiones evolucionan. O descansan. Y esta, la que emerge del invierno con las manos un poco frías pero la cabeza más despejada, tiene ganas de otra cosa.

Tiene ganas de mí.

De tiempo sin rendir cuentas. De mañanas sin negociar. De volver a esas cosas pequeñas que fui dejando atrás porque el espacio que ocupaba el amor no siempre dejaba hueco para todo. Tengo ganas de escucharme más, de seguir escribiendo sin que eso sea una señal de que algo va mal, sino todo lo contrario: de que algo va bien, de que estoy aquí, de que presto atención a mi vida.

A dark room with a door slightly ajar, revealing a glowing light through the opening.

Hay una puerta delante de mí. No es la puerta que a veces nos imaginamos cuando terminan las historias de amor, esa que esperamos que se abra para que entre alguien nuevo. Esta es diferente. Esta puerta da hacia adentro.

No sé exactamente qué habrá al otro lado. Quizás encuentre cosas que me sorprendan. Quizás descubra huecos que pensaba llenos, o fortalezas que no sabía que tenía, o simplemente un silencio en el que por fin pueda estar sin que me falte nada.

Pero voy a abrirla.

Despacio, sin prisa, sin expectativas que pesen demasiado. Con la misma calma con la que he dejado el invierno, que sin darme cuenta, ha ido dejando paso a todo esto que estoy escribiendo.

¡Bendita escritura!

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.