la densidad de los dias

La densidad de los días

Hace nada era Navidad. Ahora es Semana Santa. Y en algún lugar entre medias, sin darte apenas cuenta, el año decidió acelerar.

Hace nada estábamos brindando por el año nuevo, con esa sensación extraña de página en blanco, de calendario recién estrenado, y de promesas que todavía no han tenido tiempo de incumplirse. Y ahora, casi sin darnos cuenta, estamos en Semana Santa. Como si alguien hubiera pasado varias páginas de un libro de golpe mientras mirábamos hacia otro lado.

Mi comienzo de año no fue nada bueno, más bien desastroso, pero me han pasado estos tres meses V O L A N D O. El tiempo no corre. El tiempo vuela. Y lo peor —o lo más inquietante— es que ni me he enterado.

Hace apenas tres meses guardábamos las luces de Navidad, doblábamos con cuidado las servilletas especiales, desmontábamos el árbol o el pesebre —o ambas cosas— como quien desmonta una ilusión. Recuerdo esa sensación tan concreta de cierre: «bueno, ya queda esperar a la primavera». Y aquí está. Casi ha llegado sin avisar. Como siempre hace el tiempo.

la densidad de los dias

A veces pienso que enero es una especie de mentira piadosa. Nos hace creer que todo empieza despacio, «la cuesta de enero» la llamamos; que el año se abre con calma. Pero en cuanto pestañeas, febrero ya ha pasado, marzo se te escurre entre reuniones, rutinas y pequeños incendios cotidianos… y de repente estás comprando torrijas, ese dulce de Semana Santa que huele a infancia y a aceite caliente. Sin saber muy bien cómo has llegado hasta aquí. Sin haber firmado ningún contrato con la velocidad, pero completamente a merced de ella.

Cada vez me impresiona más esta velocidad del calendario. No es angustia, o no exactamente: es algo parecido al vértigo que sientes cuando te asomas a un espejo y no reconoces del todo la cara que te devuelve la mirada.

Cuando éramos pequeños, el tiempo era inmenso. Un trimestre escolar era casi una vida entera. Las vacaciones de verano eran eternas, con esa cualidad densa y dorada que solo tiene el tiempo cuando no sabes todavía que se acaba. Ahora, en cambio, dos meses caben en un suspiro. Y eso te obliga a hacerte preguntas incómodas: ¿en qué he invertido estas semanas? ¿He vivido o simplemente he cumplido?

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No quiero caer en el tópico de «hay que aprovechar cada segundo», porque supongo que nadie puede vivir con esa presión constante. Pero sí creo que hay algo que deberíamos vigilar: la inercia. Esa forma de pasar por los días sin disfrutarlos del todo. De estar en los sitios pero no del todo presentes. De responder, gestionar, resolver, y al final del día preguntarte qué ha quedado de verdad en todo lo que has hecho.

Me doy cuenta de que el tiempo no se acelera; somos nosotros los que nos llenamos de capas. Responsabilidades, pensamientos, preocupaciones, planes. Y mientras estamos ocupados gestionando la vida, la vida se consume. No con malicia. Simplemente avanza, como el agua, que no espera a que estés listo para seguir su curso.

Quizá por eso escribo. Porque escribir es una forma de frenar. De clavar una estaca en el suelo del presente y decir: «esto está pasando ahora». Cuando pongo en palabras lo que siento, el tiempo deja de ser una corriente desbocada y se convierte en un instante que puedo observar. Que puedo, de algún modo, tocar y disfrutar. En escribir esta carta, por ejemplo, he invertido cinco días y un total de ocho horas repartidas entre esos días.

No es casualidad que los momentos que mejor recuerdo sean también los que de alguna forma quedaron escritos: la memoria es frágil. Las palabras, algo menos.

Navidad parecía ayer. Semana Santa termina hoy. Y dentro de nada —ya mismo— empezaremos a hablar del verano. Y cuando llegue el próximo diciembre, volveremos a decir eso de «qué rápido ha pasado el año». Lo diremos con media sonrisa, como si fuera una frase hecha. Pero en el fondo sabremos que no es una frase: es un aviso.

No estamos perdiendo el tiempo. Estamos siendo tiempo.

Y eso, si te paras a pensarlo, cambia mucho las cosas.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.