Hay algo muy bonito y casi instantáneo en el momento en que uno se enamora. Es como si alguien subiera el volumen del mundo. Los colores parecen más definidos, las canciones dicen justo lo que necesitas oír y hasta el café de la mañana sabe muy distinto; no porque haya cambiado el café, sino porque has cambiado tú.
Recuerdo una época, no hace mucho, en la que yo miraba el amor desde la distancia. Escribía, soñaba, imaginaba historias que nunca terminaban de aterrizar. Me convencía de que cierto tipo de personas estaban hechas para ser contempladas desde lejos, como si pertenecieran a otro planeta emocional. Y, para ser sincero, esa idea tenía algo cómodo: uno puede idealizar lo que quiera sin arriesgarse a perder nada. De hecho, yo tenía las puertas completamente cerradas al amor y me convencía a mí mismo de que no lo necesitaba.
Pero un día apareció alguien en mi vida, prácticamente sin avisar, sin verla venir. Estaba ahí, a mi altura. Y lo más desconcertante no fue el momento en que ocurrió, o la intensidad, sino la calma. Recuerdo esa sensación de que no hacía falta impresionar, ni demostrar, ni disfrazarse de nada. Bastaba con estar. Con existir. Con ser uno mismo. Y ser bien recibido así, sin máscaras.
Aceptar eso no fue fácil. Cuando llevas tiempo —años— acostumbrado a pensar o creer que nadie se va a fijar en ti, que ocurra lo contrario se torna increíble, hasta sospechoso. Te preguntas dónde está la trampa. Si de verdad pueden quererte con tus luces y tus sombras, con tus días lúcidos y tus tardes torcidas. Quizá eso también me enseñó a que el amor espontáneo, o el que aparece sin avisar, no grita ni exige espectáculo. Simplemente lo vas sintiendo despacio, y cuando te quieres dar cuenta ya forma parte del paisaje, ya te has enamorado.
Después de mi reciente ruptura sentimental he entendido algo que antes confundía: enamorarse es un estallido; pero el acto de amar es una decisión más cotidiana. No basta con sentir mucho. Hay que elegir quedarse. Elegir escuchar. Elegir cuidar. A veces amar significa callarse el orgullo a tiempo. Otras, reírse juntos de la propia torpeza. Amar es discutir sin destruir. Es negociar sin anularse. Es crecer sin competir. Y sí, también es juego. Es complicidad. Es deseo. Es planes que salen mal y terminan siendo memorables. Es sostener la mano del otro cuando todo tiembla y celebrar como si el logro fuera propio cuando algo sale bien. Puede ser una tarde cualquiera en el sofá o el viaje más esperado del año. El amor no necesita grandes escenarios; lo que necesita es presencia (precisamente lo que yo no tuve).

Vivimos en tiempos de Tinder o aplicaciones similares. Estamos hiperconectados y, al mismo tiempo, profundamente distraídos. Miramos a pantallas en lugar de a personas reales. Elegimos desde catálogos interminables como si las personas fueran productos configurables. Queremos certezas inmediatas y descartamos con la misma rapidez con la que deslizamos un dedo. Por eso siempre me ha parecido complicado, por no decir imposible, apostar por el amor de verdad. Por el que requiere tiempo. Por el que incomoda al ego. Por el que te obliga a mirarte por dentro antes de señalar al otro.
Porque aquí está el punto clave: no se puede construir algo sano desde el vacío propio. Si no sabes quién eres, qué necesitas, qué límites te sostienen y qué heridas sigues cargando, cualquier relación se convierte en un parche. Y los parches, tarde o temprano, se despegan.
Aprender a estar bien con uno mismo no es un eslogan de taza motivacional. Es trabajo. Es silencio. Es terapia a veces. Es perdonarse errores antiguos. Es reconocer patrones que no quieres repetir. Es dejar de buscar que alguien venga a salvarte y empezar a acompañarte tú primero. Supongo que cuando logras eso —aunque sea de manera imperfecta— el amor cambia de forma. Ya no es una tabla de salvación. Es un encuentro entre dos personas completas que deciden caminar juntas. No por necesidad, sino por elección propia. Supongo también que entonces es cuando entiendes algo hermoso: el amor que recibes suele estar en sintonía con el amor que eres capaz de darte. Por coherencia emocional. Si te tratas con desprecio, aceptarás desprecio. Si te valoras de verdad, sabrás reconocer cuando alguien te mira con la misma dignidad.
Hoy creo que hablar de amor, escribir sobre él, defenderlo incluso, es necesario. No desde la ingenuidad, sino desde la conciencia. No como un cuento perfecto, sino como una construcción diaria. Amar no te convierte en mejor persona por arte de magia, pero te confronta. Te pule. Te obliga a revisar tu propio ego, tu paciencia, tu capacidad de entrega.
Y al final, cuando todo el ruido se apaga, debe quedar algo muy simple: la alegría de ser quien eres junto a alguien que celebra justamente eso.

Pero en estos meses atrás también he aprendido que el amor puede doler mucho. Que lo puedo perder de un día para otro. Que no sé si está justificado ese daño por querer que alguien te ame, o por sentirse amado. He llegado a la conclusión de que necesito quererme yo primero, antes de esperar que alguien lo haga por mí. Así que si antes ya era complicado encontrar el amor en otra persona, ahora me resulta completamente imposible.
Y es justamente por eso que nunca volveré a enamorarme.
No porque no crea en el amor.
Sino porque ahora mismo no tengo espacio para él.
He entendido que antes de compartir mi vida con alguien, necesito volver a habitar la mía con calma. Sin prisas. Sin expectativas. Sin esa urgencia de sentirme elegido.
Hoy estoy cerrado al amor. Y no lo digo con rabia, ni con resignación. Lo digo con una extraña serenidad. Como quien decide parar después de haber corrido demasiado tiempo sin saber muy bien hacia dónde.
Quizá algún día vuelva a sentirlo. O quizá no.
Pero si ocurre, no será desde la necesidad ni desde el vacío. Será desde un lugar más limpio. Más consciente. Más mío.
Porque al final, lo único que sé con certeza es esto: la historia de amor más importante de mi vida no depende de nadie más que de mí.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.


