La semana pasada pasé por un episodio de relativa urgencia cuando, recién estrenada la mañana, comencé a sentir temblores en las manos y taquicardias más o menos intensas. La cosa empeoró hasta el punto de sentir flojera en las piernas y pensar que podría desmayarme en cualquier momento. La hipocondría no está entre mis manías, precisamente; no soy la típica persona que se asusta por todo y que va al médico a la primera de cambio. Pero cuando siento que algo no está del todo bien, soy de los primeros en sentarme en la silla de urgencias.
Pero nada. Falsa alarma.
Al final no fue más que un susto, una bajada de tensión que no fue a más y que debió ser causa de un estrés puntual. Nada preocupante. Eso sí, ello me dio pie a querer dilucidar de dónde podría venir tal estrés. Yo soy una persona demasiado tranquila, demasiado reflexiva y que no suele alterarse lo más mínimo por nada.
También pensé en la edad, por supuesto. Ya me han dicho varias personas —incluido el médico— que pasados los cincuenta años muchos somos candidatos a empezar a tomar pastillas para regular la tensión, cosa que me niego en rotundo, pero no, no va a ser mi caso de momento. Y menos mal.
El caso es que terminé en la tesitura de preguntarme si la vida que estoy llevando es realmente buena o no tanto; y por ende, acabé preguntándome qué sería para mí llevar una buena vida o, simplemente, qué es una buena vida.

Si ahora mismo me preguntaran qué es, para mí, una buena vida, probablemente empezaría titubeando. La pregunta, así en bruto, tiene algo de trampa. La mayoría tenemos una imagen más o menos cinematográfica en la cabeza de lo que nos gustaría que fuera: una mesa larga bajo un cielo de verano, acompañado de gente querida riéndose y pasándolo en grande, un trabajo que nos haga sentir útiles, un cuerpo que responda, un hogar calentito, buena comida, noches de sueño profundo. Suena bonito, claro. Suena incluso perfecto. Una postal que se vendería de lujo.
Pero si te paras un momento a pensar, estarás de acuerdo conmigo en que ninguna de esas cosas define por sí misma una buena vida. Porque yo mismo he estado en temporadas donde tenía todo eso y, aun así, no estaba nada bien. Algo dentro de mí estaba torcido, como un mueble mal montado. Y también he tenido otros momentos en mi vida en los que faltaba casi todo: estaba solo, sin planes, sin grandes éxitos que contar… y, sin embargo, me sentía feliz, alegre y vivo.
Si tengo que definir en una palabra aquello que ha implicado vivir los días más felices de mi vida, sería algo sencillo y, al mismo tiempo también, difícil de sostener en el tiempo: CONEXIÓN.
Sí. Conexión. Esa palabra a veces un tanto manoseada, pero que describe perfectamente lo que ocurre en esos días especiales en los que uno está alineado. Cuando no tienes que esforzarte para sentirte presente, cuando estás realmente en ti mismo, en tu respiración, en tu propio «ser». Esos días en los que puedes estar solo en casa, con la música sonando suave, y te pones a bailar como si fueras invencible. Porque lo eres. Porque así lo sientes.
Y es que los mejores días no exigen demasiado. No piden un escenario perfecto. No requieren que todo esté en orden. Simplemente fluyen. Y cuando fluyen, uno lo sabe y lo siente, porque es cuando se siente conectado con la vida, con lo que te rodea.

Pero claro, la otra cara también existe. Y no es bonita. La desconexión llega rápido, y muchas veces no avisa. Basta con que empieces a pensar demasiado. Con que te dejes atrapar por lo que otros esperan de ti. Con cargarte a la espalda responsabilidades que ni siquiera son tuyas. Entonces sí: la vida pesa. Se vuelve un saco de piedras. Te arrastra. Aparece el miedo, aparece la preocupación, aparece esa vocecita interna que nunca se calla y que, para colmo, siempre parece llevar razón en aquello que más duele.
Cuando te desconectas, dejas de sentir el cuerpo y todo se te va a la cabeza. Todo se vuelve cálculo, estrategia, esfuerzo, exigencia. Activas el «modo defensa». Te alejas de lo que eres y de lo que quieres.
La mente te vende la idea de que la felicidad está al otro lado de un puente que todavía no has cruzado. Pero ese puente no existe. Nunca existió y nunca existirá. La vida siempre pasa aquí y ahora. Donde estás. Con lo que tienes. La trampa está en que creer que una buena vida se construye añadiendo. Más actividades. Más proyectos. Más hábitos. Más objetivos. Más libros. Más cursos. Más todo.
FALSO.
En mi opinión, la buena vida llega cuando empiezas a quitar. Cuando quitas capas. Cuando dejas ir. Cuando desmontas la coraza que te has creado. Cuando sueltas la necesidad de parecer algo que no eres y que te hace daño. Cuando aprendes a soltar.
Esa conexión de la que hablo no se encuentra: se aprende.

A mis 53 años, la vida me ha enseñado algo importante: llevar una buena vida no es llevar una vida perfecta. No es una vida sin problemas, sin tristezas, sin pérdidas. Eso sería como un anuncio de perfume, no tendría nada que ver con nosotros. Para mí lo que hace buena una vida es poder sentirla. Sentirla de verdad.
La alegría, la risa, la fiesta, sí.
Pero también el silencio, la espera, el desorden, las preocupaciones, el duelo.
Una vida buena no es una vida sin grietas. Es una vida donde las grietas no asustan ni comprometen, porque sabemos que podemos sostenerlas. Porque cuando estamos conectados, incluso lo difícil se vuelve menos difícil. Lo que duele encuentra un lugar. No se esconde. No se rechaza. No nos enfada. Más bien lo integramos.
Al final —y esto lo digo desde lo que he vivido— no va de conseguir cosas, ni de aparentar nada, ni de cumplir expectativas. Simplemente va de ser, de estar. De bajar del ruido mental al mismísimo corazón. De dejar de pelear con la vida y aprender a bailar con ella.
Porque la buena vida es profundamente sencilla… pero no fácil. Requiere valentía para ser uno mismo, sin excusas. Pero cuando la encuentras, sabes que no necesitas nada más, porque se siente plena, entera y suficiente.
Así es como una buena vida pasa cuando estamos 100% conectados con ella: VIVIÉNDOLA.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.



