A vueltas con la dichosa IA

Nunca podrás enseñarle a una IA a sentir.

Últimamente me está cansando un poco el debate acusatorio que pone en el punto de mira a los escritores que, supuestamente, usan inteligencia artificial para escribir sus textos. Mucha gente habla de la IA como si viniera a arrasar con todo, como si fuese un monstruo que se dedica a robarle el alma a los escritores. Y otros, en el extremo contrario, la ven como una especie de varita mágica que te convierte en J. L. Borges o Pizarnik con solo pulsar un botón.

Pues bien. Ninguna de las dos cosas es completamente así. O al menos esta es mi opinión. Y me voy a mojar…

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La realidad —la que siempre ha dolido admitir— es que una herramienta es solo una herramienta. Esto ha sido así toda la vida. Un martillo sirve para clavar un clavo o para destrozarte un dedo: depende de quién lo use. Con la IA pasa exactamente lo mismo. Puede ser un atajo barato para sacar textos vacíos, sin sangre ni conflicto, o puede ser una especie de compañera que te ayude a ordenar ideas, a probar tonos, a quitarte bloqueos o a descubrir caminos que no veías porque estabas demasiado obtuso, demasiado dentro de tu cabeza.

¿Hay peligro? Claro. Lo mismo que lo hubo cuando aparecieron las calculadoras, los ordenadores, los procesadores de texto, las cámaras digitales o cualquier otro invento que facilitó algo lo que antes costaba horas o días de trabajo. Hay gente que prefiere seguir usando su oficio como bandera, como si escribir solo tuviera mérito si se hace a mano y con sufrimiento. Y oye, cada cual con sus manías. Pero tampoco creo que haya que vivir con miedo a que «la máquina» nos sustituya, porque la máquina no tiene infancia, ni heridas, ni deseos, ni contradicciones. No sabe lo que es llorar por alguien, enamorarse, equivocarse, ni levantarse un buen día con la sensación de haber envejecido un par de años de golpe. No vive. Solo procesa. Solo monta frases, palabras y contextos. Nada más.

También existen aquellos que le piden a la IA un ensayo sobre la ceguera, lo copian y lo publican como propio. Pero de esos han existido siempre, que copiaban textos de otros o mezclaban churras con merinas de diversas fuentes para querer decir algo con sentido que, seguramente, luego nada tenía que ver con lo que realmente hubiesen querido transmitir. Para mí eso no es fraude, es engañarse a sí mismo.

Y ese es el punto clave: tú puedes enseñarle a una IA a imitar un estilo, puedes decirle lo que quieres escribir, pero no puedes enseñarle a sentir. Los matices, la memoria, las experiencias de la vida, eso no lo carga ella. Lo cargas tú.

Hay debates que nacen para quedarse un rato, hacer ruido y luego desvanecerse. Y luego están los otros, esos que parecen tener vena eterna, que regresan una y otra vez como si no quisieran dejar que la gente viva en paz. El de la inteligencia artificial y la escritura es uno de esos. Siempre resurge, siempre cuestiona, siempre pretende poner en duda y hacer tambalear el alma del que escribe. Substack es caldo de cultivo para ello, claro.

A veces leo argumentos con tan poco fundamento y tan exagerados que me da por reírme un poco, es como si estuviera viendo a distintos bandos jugando a ver quién suelta la frase más dramática o con más sentido. Unos proclaman que la IA va a destruir la literatura, que nos dejará sin escritores, que nos convertirá en autómatas sentimentales incapaces de crear nada auténtico. Y otros, en el extremo opuesto, la ensalzan como si fuera la solución definitiva para escribir mejor, más rápido y con menos esfuerzo, como si por fin se hubiera resuelto ese viejo misterio de sentarse frente a una página en blanco. Pues eso, de risa.

Como decía al principio, pienso en la cantidad de inventos que, a su debido tiempo, fueron vistos con recelo. Las cámaras digitales iban a matar la fotografía auténtica. Los procesadores de texto iban a vaciar de alma la literatura. Internet iba a destruir la cultura y los ordenadores personales iban a solucionarnos la vida por completo. Y aquí seguimos, con más libros, más fotos, más ideas, más voces que nunca y muchos más desorganizados que nunca, aunque tengan ordenador personal, teléfono inteligente, tableta o reloj con tropecientos sensores. El mundo no se acaba porque llegue una herramienta nueva. Como tampoco se acaban los dimes y diretes de todas esas mentes conspiranoicas que auguran futuros inciertos, pero —casualidad o no— siempre negativos y repletos de desasosiego.

Y es que, por mucho que se empeñe la tecnología, no creo que podamos enseñarle a una IA lo que se siente la primera vez que te rompen el corazón, ni lo que se siente después de perder a alguien, ni la mirada de esa persona que te cambió la vida sin querer. No puedes enseñarle el orgullo de tu madre cuando te vio crecer, la nostalgia de volver a un pueblo que ya no es el mismo, la sensación agridulce de cumplir años y entender, de golpe, que el tiempo no te espera. Esa carga emocional, ese sedimento de vida, solo lo tiene quien la ha vivido.

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Al final, creo que todo este debate está más contaminado por el ruido que por la lógica. Quizá sea miedo a perdernos, miedo a perder valor, miedo a que lo que uno ha aprendido con tanto esfuerzo deje de servir. Pero la creatividad humana no va a desaparecer porque exista una máquina que escribe. Igual que la música no desapareció cuando aparecieron los sintetizadores, ni la pintura cuando surgió la fotografía, ni la radio cuando irrumpió la televisión. Las artes, cuando son auténticas, no compiten: evolucionan.

No es menos matémático aquel que usa una calculadora. No es menos artista aquel que pinta con un programa de edición digital. No es menos fotógrafo aquel que retoca sus imágenes ayudado de programas informáticos. No es menos escritor aquel que se apoya en la IA para escribir.

Escribir es un arte, no es solo juntar palabras. Si yo le digo a la IA que escriba un ensayo completo por mí y decido publicarlo tal cual, sin tocar una coma, al único que estoy engañando es a mí mismo. Ese texto no me representará en casi nada. Será correcto, si. Será gramaticalmente perfecto, probablemente también. Pero no será lo que yo quiero contar.

Y te diré una cosa más, dicho sin rodeos y con la tranquilidad que dan un porrón de años escribiendo: la clave es que tus textos lleguen al lector. Es lo que yo llamo «tocar la patata». Es remover conciencias. Es hablar desde tus sombras y tus luces. Es asumir que te van a juzgar, que te van a entender mal, que te van a leer sin contexto. Como he dicho tantísimas veces en mis cartas, escribir es un acto de valentía total. Y ninguna máquina podrá sustituir esa valentía. Ninguna.

Por eso, todo este ruido sobre «lo auténtico» o «lo falso» me parece, en parte, una distracción absurda. Que cada uno escriba como quiera, como pueda, como le salga del corazón o de la cabeza. Con IA, sin IA, con papel, con bolígrafo, con dictados de voz, con máquina de escribir, con ordenador, con lo que sea. El valor real del texto está en lo que transmite, no en la herramienta que lo ayudó a nacer.

Al margen de lo que a mí me parezca, yo nunca voy a meterme en quién usa o quién deja de usar la IA para escribir. Eso es algo personal de cada uno, y respeto por igual a quien lo dice y lo defiende como a quien no lo hace. No estamos aquí para juzgar a los demás. Cada cual que encuentre su camino y su forma. El tiempo pondrá a cada cual en el lugar que le corresponde. Los que somos mediocres seguiremos siendo mediocres, y los que hayan sido tocados por el don de la escritura seguirán cosechando éxitos, usen la herramienta que usen.

Aquí paz y en el cielo gloria.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.