No sé si uno vuelve alguna vez realmente a los lugares en los que fue feliz. Creo que lo que hacemos, en realidad, es regresar al eco de algo que ya no está, o que alguna vez fue, pero que ya no existe. Muchas veces necesitamos reencontrarnos con lo que alguna vez fuimos, con lo que sentimos, con olores que nos activen de algún modo la memoria. Supongo que a eso es a lo que también llaman nostalgia.
Hace unos meses volví a Los Cristianos, un pueblecito al sur de Tenerife. Lo hice acompañado de mi madre, que tiene ya ochenta años y que también vivió allí una etapa importante de su vida. Ese fue mi hogar desde los quince años hasta bien entrados los treinta. Fue mi centro, mi vida entera. Y volvimos como quien vuelve a un lugar que ha quedado detenido en el corazón y en la memoria.
Muy a nuestro pesar, lo que allí encontramos nada tenía ya que ver con lo que guardábamos en nuestros recuerdos…

Y es que han pasado más de veinte años. Dos décadas. Es mucho tiempo. Lo justo para que donde antes había solares con polvo y viento, ahora haya edificios impersonales; para que las fachadas de siempre se maquillen con colores estridentes; para que los bares donde te llamaban por tu nombre desaparezcan, y en su lugar proliferen terrazas con camareros uniformados que ni siquiera hablan tu idioma y que atienden a turistas que parece no saber dónde están.
Me imagino que en estas cosas, los cambios se digieren mejor desde dentro. Llegan a trozos, en pequeñas dosis. He hablado con amigos de esto y muchos coinciden en que, viviendo allí, uno lo va aceptando sin darse cuenta, porque el proceso es lento. Pero cuando vuelves después de tanto tiempo, el golpe es devastador. No hay anestesia. El pueblo te mira desde la distancia, como si no te conociera.
Recorrimos las calles que antes pisábamos a diario. Donde tomábamos el cortado, el pepito de pollo o de ternera, donde nos saludábamos con familiaridad. La cafetería de toda la vida, aquella en la que siempre había ruido de platos, voces conocidas, olor a café recién molido… es ahora un local sin alma, que recalienta comida congelada y donde nadie se mira a los ojos. La carnicería y la panadería de siempre… ya no existen.
Llegamos a la avenida de Suecia. Recuerdo el videoclub, los bares, el peluquero que cortaba el pelo a medio pueblo, la perfumería, el supermercado pequeño en el que siempre encontrabas todo lo que te faltaba. Hoy todo eso es una hilera desangelada de tiendas con nombres en inglés y rótulos que no significan nada para mí. Esa avenida que era el corazón del pueblo ahora late para otros. Para nadie que yo conozca.
Bajamos hacia la playa, cerca del puerto. Aquel lugar donde pasaba las tardes de verano, donde uno «quedaba sin quedar» porque todos sabíamos que acabaríamos allí. Donde la vida se hacía grande y ligera a la vez. Donde el océano desplegaba su majestuosidad. En esa playa los días se iban en tonterías hermosas. Pero no reconocí nada. Donde antes había tranquilidad, silencio y se oía el batir de las olas, ahora hay ruido, bullicio. Donde antes había olor a mar, a pescado, a salitre, ahora hay olor a fritanga rápida y a perfume industrial de tienda de playa.
Pronto me invadió un sentimiento de tristeza, como una especie de desarraigo. Noté como si me hubiesen robado la adolescencia, como si hubieran arrancado una parte de mi historia y la hubiesen sustituido por una maqueta barata de cartón y neón. Todo estaba ahí, todo parecía mío, de mis recuerdos, pero nada lo era ya. Todo lo que había sido íntimo, familiar, cercano, se ha esfumado; se ha convertido en escenario para turistas de paso, que fotografían sin saber lo que pisan, sin saber lo que una vez fue o significó ese lugar para otros.
El tipo de turismo que estamos creando —o ya hemos creado— está destruyendo lugares de ensueño y recuerdos pasados de forma, a veces, desgarradora.

A veces uno tiene la ilusión de que los lugares que dejamos atrás siguen esperándonos. Que permanecerán intactos, aguardando nuestro regreso, como una habitación cerrada con llave durante años. Pero no. Los lugares también viven, cambian, crecen o se deforman. También tienen su destino. Y el destino de Los Cristianos, por lo visto, fue convertirse en un decorado para otros.
Mi madre caminaba a mi lado. Ella también lo notaba. Lo veía en su mirada, en ese silencio largo que solo se sostiene cuando las palabras no alcanzan. Caminábamos sin saber hacia dónde. Supongo que buscábamos algo que nos dijera: «Sí, aquí estuviste. Aquí viviste. Esto también fue tuyo.» Pero el pueblo parecía haber olvidado nuestra presencia; era como si nunca hubiéramos existido.
En seguida me di cuenta de que, aunque los lugares cambien, hay pequeñas grietas de memoria que resisten. Y eso, aunque sea poco, a veces es suficiente. Me paré. Cerré los ojos. No solo para recordar, sino para escuchar. Y fue entonces cuando entendí algo que me estaba costando aceptar: no solamente es el lugar lo que añoro. Es también el tiempo. Ese tiempo que ya no puedo recuperar.

La juventud es una patria de la que nos exilian sin previo aviso. Un día, simplemente, ya no somos los mismos. Los sitios en los que fuimos felices no solo se pierden porque cambien las fachadas o abran nuevas tiendas de souvenirs. Se pierden porque nosotros también hemos cambiado.
Y sin embargo, duele. Claro que duele. Duele aceptar que una parte de la vida se ha ido para siempre. Que no podemos volver a entrar por la puerta de la cafetería de siempre ni escuchar las conversaciones de antaño. Algo que confirmara que no todo se ha desvanecido. Que no hemos soñado la vida…
…algo imposible de conseguir.
De vuelta en el coche, miré por la ventanilla y pensé que ese pueblo que ahora me resulta ajeno sigue siendo, pese a todo, el lugar donde aprendí a querer, a equivocarme, a irme y también a volver. Aunque ya no me reconozca en sus calles, sé que una parte de mí sigue allí, respirando en algún recuerdo de adolescencia y juventud temprana.
Y eso, aunque sea pequeño, aunque sea frágil, aunque a veces casi no lo note, sigue siendo mío.
Y no me lo podrá quitar nadie.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.



