Hace unas cuantas noches me acomodé en el sofá con la intención de escuchar un poco de música. Había terminado mis cosas, tenía por delante un rato de tranquilidad y me apetecía recuperar algunas canciones de U2 que llevaba tiempo sin escuchar. Elegí una, dejé el teléfono a mi lado y cerré los ojos.
A los pocos minutos volví a cogerlo para buscar la letra de una canción.
Sin apenas darme cuenta, mi atención se desvió hacia una noticia, que me llevó a otra publicación y después a otra página. Terminé cambiando de medio, buscando algo en Google y perdiéndome por completo entre enlaces que ni siquiera recuerdo. Cuando quise darme cuenta, había pasado casi media hora. La música seguía sonando, pero no supe identificar qué canciones había escuchado durante aquel rato.
Sentí esa sensación un poco absurda de haber perdido el tiempo sin haber hecho absolutamente nada. O, mejor dicho, habiendo navegado por varias páginas y visto un montón de cosas que no me habían aportado nada.
Supongo que eso es lo más inquietante de nuestra manera de consumir cultura hoy en día: tenemos prácticamente todo a nuestro alcance, pero cada vez nos cuesta más quedarnos con algo.
Y ojo a lo que acabo de decir: consumir cultura. No deja de llamarme la atención que utilicemos el verbo consumir para referirnos a algo que, en principio, debería enriquecernos. A mí esa palabra me recuerda demasiado a otra bastante menos agradable: adicción. No porque disfrutar de una canción o leer un artículo sea una conducta adictiva, naturalmente, sino porque cada vez me resulta más familiar esa necesidad de pasar a lo siguiente, incluso cuando no tengo ningún motivo para hacerlo.
Ahora que lo pienso, tampoco sé en qué momento empezamos a llamar contenido a prácticamente cualquier cosa. Una canción, una fotografía, un poema, un pódcast, un vídeo de YouTube, una película o una reflexión escrita a medianoche. Todo cabe dentro de esa palabra tan cómoda y tan poco emocionante. Como si las cosas hubieran dejado de existir por lo que significan y hubieran pasado a valer únicamente por el tiempo que consiguen mantenernos mirando una pantalla.
Y lo curioso es que no siempre fue así. O, al menos, yo no recuerdo haber vivido siempre con esa necesidad de pasar de una cosa a otra.
Hay canciones que llevo escuchando más de cuarenta años y que todavía consiguen devolverme a una época concreta de mi vida. Basta que suenen los primeros acordes para recordar lugares, personas y momentos que creía olvidados. Lo mismo me ocurre con algunas películas o con determinados libros. No necesito volver a verlos ni releerlos para saber lo que significaron para mí.
En cambio, me pregunto cuántas de las cosas que he visto en los últimos meses o incluso años sería capaz de recordar ahora mismo por lo que significaron. Seguramente muy pocas. Quizá las podría contar con los dedos de una mano. Y no porque todas carecieran de interés, sino porque apenas les concedí tiempo para dejar en mí alguna huella.
Y será por eso que me resulta tan fácil reconocer la cultura de otras décadas y tan difícil distinguir la de los últimos años. Cuando veo una fotografía de los ochenta o los noventa, encuentro una identidad que me resulta inconfundible. La ropa, los peinados, los muebles, la música… Hasta el mal gusto tenía personalidad propia. Y algunas fotografías mías de aquellos años son una prueba bastante contundente que, por el bien de mi reputación, prefiero mantener a buen recaudo.
No sé si las cosas han perdido parte de esa personalidad o si simplemente hemos dejado de prestarles suficiente atención. Puede que ambas cosas tengan algo de verdad. También puede que me esté haciendo mayor y haya llegado a esa edad en la que uno empieza a mirar el presente con cierta desconfianza. Tampoco sería el primero.
Pero hay algo que sí me parece diferente: antes teníamos que buscar muchas de las cosas que queríamos disfrutar. Ahora son ellas las que nos buscan a nosotros. Y no siempre vienen solas. Llegan acompañadas de recomendaciones, notificaciones y propuestas para seguir consumiendo, como si detenernos fuera una pequeña desgracia que hubiera que evitar a toda costa.
Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de crear. Cualquiera puede escribir, fotografiar, componer música, grabar una película o publicar sus ideas sin pedir permiso a nadie. Eso me parece extraordinario. Durante buena parte de la historia, la posibilidad de expresarse públicamente estuvo reservada a unos pocos. Hoy tenemos herramientas que nuestros abuelos difícilmente habrían podido imaginar.
Y, sin embargo, esa abundancia esconde una contradicción: cuanto más fácil resulta publicar algo, más difícil parece conseguir que alguien se detenga a contemplarlo.
Las plataformas necesitan novedades constantes. Los algoritmos premian la frecuencia, la reacción inmediata y la capacidad de mantenernos pendientes de la siguiente publicación. No importa demasiado que algo nos conmueva, nos enseñe o nos haga pensar. Lo importante es que permanezcamos allí, mirando, consumiendo, deslizando el dedo una vez más.
Y quienes crean contenido terminan atrapados en esa misma dinámica. Hay que publicar con regularidad, mantener la presencia, alimentar las estadísticas y procurar que el algoritmo no se olvide de nosotros. Porque, si dejamos de aparecer, parece que dejamos de existir.
Resulta paradójico: tenemos más libertad que nunca para expresarnos, pero corremos el riesgo de acabar expresando únicamente aquello que sabemos que será bien recibido.
No creo que el problema sea la tecnología. Sería absurdo renegar de unas herramientas que también me permiten escribir estas líneas y compartirlas con personas a las que probablemente nunca conoceré. Tampoco creo que antes se hiciera todo mejor. Siempre hubo obras mediocres, modas pasajeras y artistas extraordinarios condenados al olvido.
Lo que me preocupa es otra cosa: la velocidad.
Terminamos un libro y buscamos inmediatamente el siguiente. Escuchamos una canción que nos emociona y, antes de que termine de desvanecerse su última nota, ya está sonando otra. Vemos una película y apenas aparecen los créditos cuando ya estamos pensando en la siguiente que queremos ver.
No dejamos espacio para que las cosas permanezcan dentro de nosotros.
Recuerdo películas que me hicieron permanecer sentado frente a la pantalla después de que aparecieran los créditos, sin ganas de encender la luz ni de hacer otra cosa. Libros que terminé hace muchos años y que todavía me acompañan. Canciones que me devuelven a lugares concretos y a personas que formaron parte de mi vida.
No recuerdo cuántas personas recomendaron aquellas obras, cuántas reproducciones tuvieron o si fueron tendencia durante una semana. Recuerdo lo que me hicieron sentir.
Quizá ahí esté la diferencia entre consumir algo y permitir que forme parte de nuestra vida.
Y todo esto se complica todavía más con la inteligencia artificial. Cada vez será más sencillo generar textos, imágenes, canciones e historias en cantidades difíciles de imaginar. No creo que eso signifique necesariamente el final del arte. Una herramienta no determina por sí sola el valor de lo que hacemos con ella. Pero sí puede contribuir a llenar todavía más un mundo que ya parece desbordado.
Tal vez el verdadero lujo del futuro no sea tener acceso a millones de obras, sino disponer del tiempo y la tranquilidad necesarios para disfrutar de unas pocas.
Lo más curioso de todo esto es que yo también participo en esa maquinaria. Tengo un blog, escribo, publico y, aunque me gustaría decir que las estadísticas me traen completamente sin cuidado, mentiría. Me gusta saber si alguien lee lo que escribo. Me hace ilusión descubrir que una carta ha llegado a personas que no conozco.
Supongo que a cualquiera que crea algo le gusta sentirse escuchado.
El problema aparece cuando esa satisfacción empieza a confundirse con el motivo por el que hacemos las cosas. Cuando dejamos de preguntarnos qué queremos contar y empezamos a preguntarnos qué puede interesar a los demás. Cuando una publicación que apenas recibe visitas nos parece menos valiosa que otra que consigue mucha atención.
Y entonces me acuerdo de por qué empecé a compartir estas cartas.
No fue para conseguir seguidores ni para alimentar un algoritmo. De ser así las estaría compartiendo en redes sociales. Fue porque había cosas que necesitaba poner en palabras. Porque escribir me ayudaba a entender lo que sentía, a ordenar pensamientos que de otra manera se quedaban dando vueltas en mi cabeza. Y porque, en la mayoría de los casos, compartirlos con alguien me hacía sentir que aquellas palabras habían encontrado su lugar.
Quizá por eso sigo disfrutando de este proceso lento de escribir, borrar, corregir y volver a empezar. De dejar un texto reposando hasta el día siguiente y descubrir que todavía le falta algo. De dedicar media hora a una frase que probablemente nadie leerá dos veces.
No parece una actividad demasiado compatible con la urgencia de nuestros tiempos.
Pero tampoco tengo intención de convertirla en otra cosa.
Cuando termino de escribir, cierro el ordenador y dejo el texto donde está. No lo publico inmediatamente. Prefiero volver al día siguiente, leerlo con otros ojos y descubrir si aquello que me parecía tan importante unas horas antes sigue teniendo algún sentido.
En ocasiones cambio unas cuantas palabras. Otras veces elimino párrafos enteros. Y alguna vez descubro que lo mejor que puedo hacer con lo que he escrito es dejarlo descansar un poco más.
No sé si esta manera de escribir tiene demasiado futuro en un mundo que parece exigirnos novedades a todas horas. Seguramente no sea la más eficaz para conseguir visitas, seguidores o cualquiera de esas cifras con las que ahora medimos casi todo.
Pero tampoco recuerdo haber empezado a publicar en este blog para eso.
Me gusta pensar que, en algún lugar, alguien puede encontrarse con uno de mis textos una tarde cualquiera. Que quizá lo lea mientras toma un café, que alguna frase le recuerde algo de su propia vida o que simplemente le haga compañía durante unos minutos.
No necesito saber cuántas veces ha compartido la carta, si es que lo ha hecho, ni si ha pulsado sobre el corazoncito del «me gusta» que tengo visible al final de cada texto.
Me basta con imaginar que, durante ese rato, ha dejado de mirar todo lo demás.
Quizá no podamos hacer gran cosa para detener esta maquinaria que convierte cualquier expresión humana en algo que debe consumirse antes de que llegue lo siguiente. Pero todavía podemos elegir qué hacemos con nuestro tiempo y con aquello que creamos.
Podemos escuchar una canción hasta el final. Terminar un libro y pasar unos días sin empezar otro. Quedarnos sentados cuando aparecen los créditos de una película. Escribir algo sin preguntarnos antes si tendrá éxito.
Y permitirnos el pequeño lujo de no hacer absolutamente nada.
Porque empiezo a sospechar que el problema no es que tengamos demasiadas cosas a nuestro alcance. Es que cada vez les concedemos menos tiempo para quedarse con nosotros.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💚
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum



