Hay un pensamiento que me visita algunas mañanas, determinados días, cuando todavía no sé si el día va a ser llevadero o si van a pesar los recuerdos. Es un pensamiento pequeño, casi imperceptible, que me dice: «ojalá hoy duela un poco menos».
Han pasado ya dos meses desde mi, digamos, «tormenta emocional», y no siempre pasa, pero a veces el recuerdo se me adelanta al café, a la luz de la mañana, al primer maullido de buenos días de Maia. Se asienta en mi mente, como si tuviera derecho de prioridad sobre todo lo demás. Y yo lo dejo estar, porque todavía no he aprendido a echarlo del todo.
Pero incluso en esos días noto algo nuevamente: el deseo de que esto, algún día, se afloje o deje de hacer daño. No quiero borrarlo, sino poder mirarlo sin que me revolotee en la cabeza. Que sea un deseo liviano, más bien una esperanza.

Usando la analogía de una casa, que tanto me gusta, vuelvo a mis hábitos de antaño como quien vuelve a una casa en la que ha habido una tormenta. Las cosas siguen en su sitio, pero el aire no es el mismo, algo ha cambiado. Leo, escribo, trabajo, camino. Hago todo lo que hacía antes. Y, sin embargo, lo hago con una atención distinta, como si cada hábito que he retomado tuviera que demostrarme que la vida sigue siendo habitable incluso cuando algo y alguien importantes se han ido.
Hay momentos en los que yo mismo me sorprendo pensando en cualquier tontería que me ocurre —la taza que olvidé en el microondas, una frase del libro que estoy leyendo, una escena de una película o serie que estoy viendo— y durante esos pequeños segundos no estoy en el pasado. Y cuando me doy cuenta, no sé si sentir alivio o culpa. Parte de mí quiere quedarse ahí, en esa distracción infinita. Otra parte de mí, en cambio, siente que se está escapando de algo que todavía merece ser observado.
No hablo de estar bien. Hablo de querer estarlo.
De desear que un día me levante y ese pensamiento, ese recuerdo, no sea lo primero que florezca en mi mente. De imaginar un futuro en el que sienta que puedo avanzar —aunque solo sea en mi cabeza— sin que se me encoja la respiración.

Sigo intentando volver a la normalidad, sigo volviendo a mis días. A mis rutinas y hábitos imperfectos, a mis poemas que nunca termino, a mis libros abiertos por páginas que no recuerdo haber empezado. No porque eso me cure, sino porque es algo que me sostiene. Porque hay algo tranquilizador en esas rutinas repetidas, en la normalidad que no exige nada más que el hecho de estar presente.
Suelo preguntarme si este deseo de estar mejor es ya una forma de empezar a estarlo. Aunque no sea una mejora real o una victoria, que al menos sea un movimiento hacia adelante, porque…
No he pasado página.
No he cerrado nada.
Todavía no sé cómo hacerlo.
Solo he dejado la puerta entornada, como quien aun no sabe si quiere que entre aire renovado o si le da miedo que se pierda ese olor de lo que fue.
Porque vengo de aprender que el tiempo no pregunta, solo avanza.
Que olvidar no siempre es perder, y recordar no siempre es quedarse.
Así que sigo aquí, en medio de esas dos orillas.
Con la herida que ya no sangra como antes, pero que todavía se deja sentir cuando cambia el día y los recuerdos florecen.
Haciendo mis cosas…
Cargando mis recuerdos…
Deseando, en voz baja, que el mañana no me pida tanto como el ayer.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.


