Hay recuerdos que no vuelven… pero tampoco se van del todo. Debe ser la nostalgia. Esa nostalgia que aparece sin pedir permiso. La que no llega con grandes recuerdos ni escenas extraordinarias; la que se cuela en pequeños detalles, casi invisibles. Y entonces me descubro mirando hacia atrás, no para volver, sino para entender qué parte de mí sigue viviendo en ella.
Lo curioso es que este tipo de nostalgia no habla solo del pasado. Habla también del presente. Me dice algo sobre quién soy ahora y sobre qué partes de mí siguen mirando hacia atrás.
A veces creo que echo de menos lugares o personas, pero en realidad lo que echo de menos es cómo me sentía yo entonces. La versión de mí mismo que existía en ese momento: más ingenua, más intensa, quizá más libre o simplemente distinta. Por eso duele un poco. Porque no solo recuerdo lo que fue, sino lo que ya no soy ni seré exactamente.

Hay nostalgias suaves, que son más llevaderas. Recuerdos que no pesan, que simplemente acompañan. Y hay otras que tienen más filo, que me dejan con una sensación rara, como si algo importante se hubiese quedado incompleto. Esa mezcla de belleza y pérdida es lo que hace que ese tipo de nostalgia sea difícil de explicar. No es tristeza pura, pero tampoco alegría.
Séneca decía que sufrimos más en la imaginación que en la realidad. Y creo que esta nostalgia tiene algo de eso. No recuerdo las cosas tal y como fueron; las recuerdo como las siento ahora. La memoria no es un archivo exacto, es un narrador que edita, que suaviza, que ilumina ciertos detalles y deja otros en sombra. Por eso el pasado a veces parece más perfecto de lo que realmente fue.
Pero aun así, algo verdadero hay en ese impulso de mirar atrás.
Tal vez esta nostalgia sea una forma de reconocimiento. Una manera de admitir que hubo momentos que me marcaron, que no pasaron sin más. Que hubo conversaciones, miradas, rutinas pequeñas que construyeron algo dentro de mí. Cuando aparece, no solo estoy recordando; estoy reconociendo el valor de lo que fui y de lo vivido.
Hay escenas que se repiten en mi cabeza: un banco mágico en un parque ya innombrable, una cafetería donde ocurrió algo maravilloso y donde ya no volveré, un lugar en la costa gallega que tendré grabado en mi memoria para siempre… No es solo el lugar lo que importa, sino lo que ocurrió en él. Y esta nostalgia convierte espacios normales en lugares simbólicos y especiales.
Y es en esos momentos cuando me surge la pregunta: ¿por qué ahora?
Quizá porque el presente necesita entenderse a través del pasado. Epicteto decía que no nos afectan los hechos, sino la interpretación que hacemos de ellos. La nostalgia puede doler si la interpreto como algo perdido para siempre, como una puerta cerrada. Pero cambia cuando la veo como parte de mi historia, una que sigue viva en mí, aunque ya esté lejos de esos escenarios.
Porque hay una diferencia importante entre recordar y quedarse atrapado.
Recordar es mirar hacia atrás con cierta ternura. Quedarme atrapado es vivir comparando constantemente el ahora con lo que fue. Y es ahí donde siento que esa nostalgia deja de ser un puente para convertirse en una jaula.
Lo difícil es encontrar el equilibrio. Porque tampoco se trata de ignorar el pasado o de fingir que no importa. Supongo que hay recuerdos que vuelven porque necesitan ser integrados, comprendidos, aceptados desde la persona que soy hoy.
A veces la nostalgia llega cuando estoy cambiando. Cuando una etapa termina o cuando empiezo a mirar mis recuerdos con más distancia. Es como si el tiempo hiciera un pequeño balance interno y me dijera: «Mira todo lo que has sido».
Y en ese momento es cuando aparece algo parecido a la gratitud.
Porque solo echo de menos aquello que tuvo significado. Solo duele lo que fue real para mí. El riesgo está en idealizar demasiado. El pasado tiene ventaja porque ya está terminado. No tiene incertidumbre, no tiene decisiones pendientes. El presente, en cambio, está lleno de preguntas abiertas. Por eso a veces me parece menos atractivo. Pero el presente tiene algo que el pasado nunca tendrá: posibilidades.
Todavía puede sorprenderme.
Quizá la clave esté en aprender a convivir con la nostalgia como quien guarda cartas antiguas. No las elimino, porque forman parte de mi historia. Pero tampoco las leo cada día. Sé que están ahí, que existen, que me recuerdan quién fui… y sigo caminando.
Al final, la nostalgia no habla solo de lo que ya no está. Habla de mi capacidad de sentir, de amar, de reconocer belleza incluso cuando ha pasado el tiempo.
Todo esto me enseña que vivir no consiste en evitar mirar atrás, sino en aprender a hacerlo sin dejar de avanzar.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.


