dos minutos 2

Dos minutos (II)

Segunda y última parte de «Dos minutos», un relato sobre un padre que sigue aprendiendo y unos hijos que empiezan a comprender qué significa ayudar.

Segunda y última parte del relato «Dos minutos». Si aún no has leído la primera parte, te recomiendo empezar por ella.

Durante los meses siguientes empezaron a aparecer pequeñas notas por toda la casa. Al principio no les prestamos demasiada atención. Había una en la mesita donde tiene el teléfono móvil que explicaba qué botón servía para cambiar el audio de salida, otra en la nevera para recordar cuándo debía tomar una pastilla y alguna cerca de la librería con indicaciones que a nosotros nos parecían innecesarias, pero que a mi padre le permitían desenvolverse sin tener que llamarnos cada vez que algo no salía como esperaba.

Mi hermana fue la primera en preocuparse. Una tarde, mientras estábamos en el salón, encontró un papel junto al mando de la televisión y me lo enseñó.

«Netflix: botón rojo.»

—Deberíamos estar atentos —me dijo.

—¿Atentos a qué?

—A estas cosas. Cada vez apunta más.

Miré el papel y luego a mi padre, que estaba en la cocina preparando café.

—Tiene setenta y nueve años.

—Precisamente.

Aquella palabra me hizo sonreír porque me recordó la mañana en que estrenó la cafetera. Mi padre la había utilizado tantas veces que, sin darnos cuenta, ya empezábamos a hablar como él. Sin embargo, cuanto más me fijaba en aquellas notas, menos motivos encontraba para preocuparme. No parecía que estuviera olvidando cosas que antes sabía hacer; la mayoría de los papeles le servían para recordar algo que acababa de aprender.

Un martes me llamó porque quería enviar una fotografía por correo electrónico. Traté de explicárselo por teléfono: tenía que abrir un mensaje nuevo, pulsar en el icono del clip y buscar la imagen.

—Más despacio —me interrumpió.

Volví a empezar. Después de varios minutos, y viendo que no conseguía encontrar la carpeta adecuada, le propuse pasar por su casa al día siguiente y hacerlo yo con él.

—No.

—Papá, son dos minutos.

Hubo un silencio al otro lado.

—Ya estamos otra vez.

Aquella respuesta me devolvió inmediatamente a la cocina y a la cafetera. Estaba haciendo lo mismo que aquella mañana, aunque esta vez al menos conseguí darme cuenta antes de insistir.

—Vale —dije—. Abre otra vez el correo.

Tardamos doce minutos. Primero adjuntó una fotografía equivocada; después cerró el mensaje sin querer y tuvimos que comenzar de nuevo. Cuando por fin consiguió abrirlo otra vez, ya no encontraba la carpeta donde había guardado la imagen. En algún momento sentí la tentación de decirle que dejara aquello hasta el día siguiente, pero me callé y seguimos intentándolo.

Finalmente llegó el mensaje. La fotografía era espantosa: una maceta de geranios del balcón, ligeramente desenfocada, con medio dedo colándose por una esquina de la imagen. Debajo había escrito una única palabra: «Prueba».

Todavía conservo aquel correo.

Con el tiempo aquello se convirtió casi en un juego entre nosotros. Mi padre preguntaba cómo funcionaban las cosas y procurábamos explicárselas sin hacerlas por él. Aprendió a pedir algunas citas médicas por teléfono, a consultar facturas de luz y teléfono en su móvil y a utilizar una aplicación para saber cuánto tardaría en llegar el bus. También aprendió a hacer videollamadas, aunque la primera vez llamó a mi hermana con la cámara apuntando directamente al techo.

—Papá, no te veo.

—Pues yo a ti sí.

—Tienes que girar el teléfono un poco hacia ti para que yo pueda verte.

—Eso ya es una necesidad tuya.

Mi hermana me llamó después para contarme la conversación y estuvimos riéndonos un buen rato.

También empezó a leer más. Siempre había sido lector, aunque después de la muerte de mi madre parecía sentir cierta urgencia por llenar las tardes. En el salón comenzaron a acumularse novelas, libros de historia y algunos volúmenes de astronomía que luego utilizaba para explicarnos durante las comidas que mirar el cielo era, en realidad, mirar hacia atrás en el tiempo.

Un día encontré un pequeño diccionario de italiano sobre la mesa.

—¿Ahora italiano?

—Siempre quise aprender.

—¿Y para qué?

Se encogió de hombros, como si la pregunta le pareciera extraña.

—No todo tiene que servir para algo.

Aquella respuesta me hizo pensar, quizá porque yo había pasado buena parte de mi vida pensando justamente lo contrario. Todo debía tener una finalidad: estudiar servía para trabajar mejor, hacer ejercicio para mantenerse sano y ahorrar para estar preparado cuando llegaran tiempos peores. Incluso leer parecía necesitar a veces alguna justificación.

Mi padre, en cambio, estaba aprendiendo italiano simplemente porque le gustaba cómo sonaba. Alguna vez había querido ir a Florencia con mi madre y nunca llegaron a hacerlo. Ahora se entretenía descubriendo que «ricordo» significaba recuerdo o que «tempo» también quería decir tiempo, y de vez en cuando nos decía alguna frase que nosotros no entendíamos y que él traducía con bastante satisfacción. Le gustaba y todavía podía aprenderlo. No necesitaba mucho más.

Los años fueron pasando de aquella manera, sin grandes acontecimientos que pudieran utilizarse para señalar un antes y un después. Mi padre envejecía poco a poco, como envejece casi todo el mundo: un día dejó de conducir por la noche, más adelante dejó el coche definitivamente, las escaleras empezaron a cansarlo más y llegó un momento en que agradecía que alguno de nosotros lo acompañara si tenía que cargar con la compra.

Aun así, continuó saliendo a buscar el pan, preparando su café cada mañana, leyendo y dejando pequeñas notas alrededor de la casa. Seguía queriendo resolver sus cosas, aunque también empezó a permitirnos hacer algunas por él.

Y poco a poco las cosas fueron cambiando. Un día me pidió que lo acompañara al médico, otra tarde aceptó que mi hermana hiciera la compra y en cierta ocasión me llamó para que cambiara una bombilla porque ya no se fiaba de subirse a una silla. Lo dijo con la misma naturalidad con la que antes me había dicho que tenía piernas para ir al supermercado.

Simplemente comenzó a distinguir entre las cosas que todavía merecía la pena intentar y aquellas para las que había llegado el momento de aceptar una mano.

Mi padre murió un martes de noviembre. Tenía ochenta y cuatro años y todo ocurrió bastante rápido. Dentro de lo difícil que resulta hablar de una muerte como algo bueno o malo, al menos fue una muerte tranquila.

Las semanas siguientes fueron extrañas. Mi hermana y yo tuvimos que entrar en aquella casa y enfrentarnos a una tarea para la que nadie está preparado: decidir qué hacer con los objetos que quedan después de una vida. Había cosas fáciles de tirar y otras completamente inútiles que resultaban imposibles de meter en una bolsa de basura. Su cartera, unas gafas viejas, una chaqueta que llevaba años sin usar… Nos bastaba coger algo para recordar una conversación o quedarnos un rato hablando de él, y así era bastante difícil terminar de recoger nada.

La cafetera seguía en la cocina. Era la misma que habíamos pensado devolver tantos años atrás, y al verla recordé aquella primera mañana: el manual extendido junto al azucarero, mi impaciencia y la mano de mi padre deteniéndome antes de que pudiera tocar ningún botón.

Abrí uno de los cajones buscando unas llaves y encontré un cuaderno pequeño de tapas negras. En la primera página había escrito «Cosas que tengo que aprender». Me senté en una de las sillas de la cocina y empecé a hojearlo.

Las primeras hojas estaban llenas de anotaciones aparentemente insignificantes: cómo cambiar la contraseña del correo, dónde guardar una fotografía, cómo hacer una videollamada o consultar un recibo. Algunas estaban tachadas y otras tenían pequeñas explicaciones al margen, acompañadas de fechas, flechas y todo tipo de recordatorios. Reconocí varias de las cosas que nos había preguntado por teléfono y me entretuve leyendo cómo las había apuntado para poder repetirlas él solo.

Más adelante comenzaron a aparecer palabras en italiano: «buongiorno», «grazie», «tempo», «ricordo». Junto a algunas había escrito la traducción. Continué pasando páginas y encontré títulos de libros, películas pendientes, direcciones y recetas. Había también preguntas que se le habían ocurrido y que debía de haber anotado para buscarlas más tarde: «¿Por qué vemos siempre la misma cara de la Luna?», «Buscar cómo funciona la inteligencia artificial», «Leer algo sobre los pulpos».

En otra página había escrito «Aprender a hacer el arroz de Elena». Elena era mi madre. Me quedé mirando aquella frase un buen rato antes de seguir leyendo.

Cerca del final encontré una lista titulada «Cosas que tengo que practicar más». La primera decía «Hacer una videollamada sin llamar antes a nadie» y estaba tachada. También había tachado «Mandar una fotografía por correo electrónico» y «Aprender cien palabras en italiano». «Hacer el arroz de Elena» seguía pendiente.

La última era «Usar bien la cafetera». Al lado había escrito con letra algo más pequeña: «Esta ya la tengo controlada».

Me reí allí mismo, solo, sentado en aquella cocina silenciosa, y después hice algo que llevaba semanas evitando: lloré. Lloré mucho. No solamente porque mi padre hubiera muerto, sino porque de pronto comprendí algo que había tenido delante durante años sin ser capaz de verlo.

Retrocedí algunas páginas y encontré otra frase. No estaba subrayada y tampoco tenía fecha, así que nunca supe si era suya o la había copiado de algún libro: «Mientras pueda aprender algo, significa que sigo vivo».

Entonces recordé cómo me había levantado de la mesa aquella primera mañana, dispuesto a quitarle de encima una dificultad que a mí me parecía absurda.

—Papá, si son dos minutos.

—Precisamente.

Durante años había pensado que rechazaba nuestra ayuda por orgullo, porque no quería aceptar que estaba haciéndose mayor o porque necesitaba demostrarnos que todavía podía valerse por sí mismo. Ahora creo que lo entendía mucho mejor que nosotros. Sabía que estaba envejeciendo; lo que no quería era que lo ayudáramos a envejecer antes de tiempo.

Aquellos minutos delante de la cafetera, los doce intentando adjuntar una fotografía, una tarde aprendiendo palabras en italiano o el paseo hasta el supermercado formaban parte de las cosas que todavía podía hacer por sí mismo. Incluían errores, frustraciones y una cantidad absurda de tiempo invertido en resolver problemas que nosotros podríamos haber solucionado en segundos. Pero eran suyos. Nosotros queríamos ahorrarle tiempo y él todavía quería gastarlo.

Cerré el cuaderno y decidí preparar un café. La máquina se encendió y, como si hubiese esperado todos aquellos años para gastarme una última broma, apareció el aviso de descalcificación.

Estuve a punto de buscar el manual, pero entonces recordé que mi padre solía pegar una nota dentro de uno de los armarios de la cocina. Abrí la puerta y allí seguía: «Descalcificar: mantener pulsados los dos botones durante cinco segundos». Debajo había dibujado una flecha.

Seguí sus instrucciones y la cafetera empezó a emitir aquel ruido absurdo que tanto le había molestado la primera vez. Podría haber aprovechado para mirar el teléfono o empezar a recoger alguna de las cosas que todavía quedaban por guardar, pero me quedé allí, apoyado en la encimera, escuchando la cafetera.

Durante dos minutos.

Gracias por sumergirte en esta historia.
A veces lo inventado revela más que lo vivido. 💚

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum