dos minutos

Dos minutos (I)

Relato corto #011 - Una cafetera nueva, un padre que insiste en aprender y un hijo con demasiada prisa por ayudar.

Aquella mañana mi padre llevaba casi veinte minutos delante de la cafetera y yo lo observaba desde la mesa de la cocina mientras fingía que prestaba atención a unos mensajes del móvil.

Habíamos comprado la máquina dos días antes, después de que su vieja cafetera italiana terminara perdiendo agua por todas partes. Era una de aquellas cafeteras de aluminio que parecían indestructibles, abollada por algún golpe antiguo y oscurecida por haber pasado, vete tú a saber, años y años sobre el fuego. Mi hermana y yo aprovechamos la ocasión para regalarle una automática, de cápsulas. Pensamos que sería más cómoda para él: poner la taza, pulsar un botón, esperar y listo.

A nosotros nos pareció una idea estupenda.

A mi padre, bastante menos.

—Esto tiene demasiados botones para hacer un café —dijo cuando la sacamos de la caja.

—Tiene tres.

—Pues sobran dos.

Mi padre tenía setenta y ocho años y mantenía una relación complicada con cualquier objeto que le obligara a actualizarse. Durante mucho tiempo dijimos que odiaba la tecnología, aunque con los años comprendí que aquello no era exactamente cierto. Lo que le molestaba realmente era que las cosas que llevaba toda la vida haciendo sin pensar comenzaran de pronto a necesitar instrucciones.

El café era una de ellas.

Para él era todo un ritual. Cada mañana se levantaba alrededor de las siete, abría la ventana de la cocina aunque fuera invierno y preparaba café mientras tostaba una rebanada de pan. Llenaba la parte inferior de la cafetera con agua, colocaba el filtro, echaba dos cucharadas de café y la dejaba sobre el fuego. Todo sucedía de memoria, con esa naturalidad que adquieren las pequeñas cosas después de repetirlas durante media vida. No había botones que pulsar, menús que configurar ni luces que interpretar.

Hasta aquella mañana.

El pequeño manual de instrucciones estaba abierto junto al azucarero. Mi padre se puso las gafas, acercaba el papel, lo alejaba un poco y volvía a leer la misma página con una concentración que empezaba a resultar desproporcionada para la tarea de preparar un café.

—Tienes que mantener pulsado ese botón —le dije desde la mesa.

—Ya lo sé.

—Pues no lo estás manteniendo.

—Porque estoy leyendo.

Esperé un poco más, pero al final dejé el teléfono sobre la mesa y me levanté para ayudarle.

—Anda, déjame.

Mi padre extendió la mano antes de que yo pudiera tocar la cafetera.

—No.

—Papá, si son dos minutos.

Entonces levantó la mirada del manual y me observó fijamente por encima de sus gafas.

—Precisamente.

No entendí lo que quería decir y tampoco le di demasiada importancia. Durante mucho tiempo hubo muchas cosas que mi padre decía y que yo no comprendía. Algunas parecían simples cabezonerías, otras eran esa clase de palabras o de frases que repiten los padres cuando se hacen mayores y uno empieza a escucharlas con paciencia antes que con verdadero interés.

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Después de que muriera mi madre, mi hermana y yo comenzamos a preocuparnos mucho más por él. Supongo que era inevitable. Durante cuarenta y nueve años habíamos pensado en nuestros padres como una unidad indivisible. Nunca decíamos «papá» o «mamá» cuando hablábamos de ellos, sino «papá y mamá», como si fueran una sola cosa formada por dos personas.

Mi madre sabía cuándo había que pedir cita con el médico, dónde estaban las facturas, cuándo vencía el seguro de la casa y en qué cajón se guardaban las pilas nuevas. Mi padre sabía arreglar un grifo, cambiar una cerradura, encontrar el camino más corto para llegar a cualquier sitio o preparar unos calamares que nadie en la familia consiguió reproducir jamás.

Se habían repartido la vida sin necesidad de escribir ningún tipo de condiciones.

Cuando mi madre faltó, descubrimos que mi padre no sabía hacer muchas de esas cosas que ella había hecho siempre. Y probablemente ahí cometimos el primer error: «confundimos no saber hacer algo con no ser capaz de aprenderlo».

Mi hermana empezó a hacerle la compra por Internet. Yo me ocupé de pedirle las citas médicas y mi sobrino le instaló una aplicación para controlar algunas facturas. Entre todos fuimos construyendo a su alrededor una vida cómoda, ordenada y aparentemente más sencilla.

Nos llevó tiempo darnos cuenta de que también era una vida en la que cada vez tenía menos cosas que resolver por sí mismo.

Una tarde le llamé para preguntarle si necesitaba algo del supermercado.

—No, ya he ido.

—¿Has ido caminando?

—Que yo sepa, el supermercado sigue estando en el mismo sitio.

—Ya, papá, pero podías habérmelo dicho. Iba a pasar cerca y te habría llevado en coche.

—Tengo piernas.

—Ya lo sé.

—Entonces estamos de acuerdo.

A veces conseguía sacarme de quicio. Había algo en su manera de rechazar nuestra ayuda que yo interpretaba como orgullo, como si aceptar que le lleváramos al supermercado o le resolviéramos un trámite significara admitir que estaba envejeciendo.

Ahora sé que estábamos entendiendo mal muchas cosas.

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Aquella mañana, sin embargo, mi única preocupación seguía siendo la cafetera.

Después de varios intentos, la máquina empezó a emitir un ruido extraño. Mi padre retrocedió medio paso y la miró con desconfianza.

—Esto no suena bien.

—Es normal. Está calentando el agua.

—La otra también calentaba el agua y tenía la educación de hacerlo en silencio.

No pude evitar reírme. Él continuó mirando la máquina con la misma expresión seria hasta que un pequeño hilo de café empezó a caer dentro de la taza.

—¿Ves? Ya está.

Mi padre la cogió, probó el café y torció ligeramente la boca con gesto de desaprobación.

—Está malo.

—Será el café.

—Es la máquina.

—Las máquinas no cambian el sabor.

Me miró por encima de las gafas con esa expresión suya que mezclaba paciencia y condescendencia.

—Tú siempre has tenido mucha fe en las máquinas.

Cuando me marché aquella tarde pensé que probablemente deberíamos cambiarla por otra más sencilla. Pero no llegamos a hacerlo. Tres días después mi padre ya sabía utilizarla sin mirar las instrucciones; una semana más tarde había aprendido a cambiar la intensidad del café y, al cabo de un mes, descubrió una función que yo ni siquiera sabía que existía.

Un domingo, mientras buscaba una taza en uno de los armarios, vi una nota pegada en la puerta.

«Descalcificar cada tres meses.»

Debajo había escrito una fecha.

No le di ninguna importancia. Mi padre siempre había sido un hombre práctico y aquello parecía simplemente otra de sus maneras de organizarse.

Por entonces todavía no sabía que empezaría a encontrar pequeñas notas como aquella en otros rincones de la casa. Tampoco podía imaginar que, años después, algunas de ellas terminarían explicándome algo que él había intentado decirme desde aquella primera mañana y que yo había tardado demasiado tiempo en comprender.


Gracias por sumergirte en esta historia.
A veces lo inventado revela más que lo vivido.

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo relatos para perderme… y encontrar algo inesperado en el camino.

Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.