feliz dia de la madre mama

Feliz día de la madre, mamá

Primer domingo de mayo. Sobre las madres que construyeron todo sin que nadie les regalara nada, y sobre las cosas importantes que no hay que dejar sin decir.

Hoy es el primer domingo de mayo. Aquí en España, donde vivo, se celebra el día de la madre. Fuera hace ese sol todavía indeciso que tiene a veces la primavera, que no termina de creérselo. Amanece el día algo nublado, aunque no parece que vaya a hacer demasiado frío. Además, aparte de lo anterior, hoy es un día más especial para mí también: mi madre está en casa.

Lleva aquí unos días después de estar cinco meses sin vernos en persona, y de repente la tengo cerca, haciéndose el desayuno, o en el salón sentada en el sofá, o disfrutando de los pequeños viajes que damos en coche, cosa que, por cierto, le encanta. Cinco meses puede parecer poco tiempo, pero a ciertas edades parece que han pasado años. El reencuentro no tuvo gran ceremonia. Un abrazo, besos, algunas palabras y el alivio de comprobar que todo sigue en su sitio. Que ella sigue en su sitio. Que yo también. Que todo está bien.

Y es que hay una edad en la que empiezas a mirar a tu madre de otra manera. Un día la estás mirando hablar por teléfono, o pelar una naranja, o buscar las gafas que tiene puestas, y de repente te das cuenta de que la estás viendo. No solo mirando. Viendo de verdad, con esa atención que antes no tenías porque dabas por hecho que siempre estaría ahí, igual que el sofá, igual que la luz de la cocina, o incluso igual que los bonitos paseos en coche.

Y entonces entiendes que lo que has estado haciendo toda tu vida es vivir dentro de su amor sin saberlo. Como quien vive en una casa sin preguntarse nunca quién la construyó o quién pintó las paredes. Porque el amor de una madre no anuncia. Te llega sobre todo en las pequeñas cosas, en los detalles que solo ella nota: que tienes frío aunque digas que no, que algo no va bien aunque estés sonriendo, que necesitas que te pregunten aunque seas incapaz de pedirlo… Hay una inteligencia en ese amor que no se puede explicar de ninguna manera que yo conozca. Una forma de saber sin datos, de cuidar sin manual.

Tienen que pasar años para entender lo que cuesta mantener ese amor en pie. No el amor en sí, que en una madre es como una ley física, algo que no necesita esfuerzo para existir. Lo que cuesta es sostenerlo sin que se note el peso. Estar ahí sin convertirlo en deuda. Dar sin llevar la cuenta. Eso no es instinto. Eso es una decisión que se toma cada día, muchas veces sin que nadie se dé cuenta de ello.

Me pregunto a veces cómo habrá sido para ella. No la madre que yo conozco, sino la mujer que había antes, la que tuvo que aprender a serlo sin que nadie le explicara cómo. Porque nadie explica cómo se hace. Te dan el hijo en brazos y a partir de ahí improvisas, con miedo y con amor a partes iguales, intentando no romper ni dañar nada importante.

En mi caso, la pregunta tiene una respuesta que conozco bien pero que sigo sin poder imaginar del todo. Mi madre me tuvo sola. Se separó de mi padre biológico estando embarazada, y cuando yo nací decidió coger lo poco que tenía y viajar a Ibiza, lejos de Madrid, lejos de todo. Buscando distancia. Supongo que aire. Supongo que la posibilidad de empezar una vida junto a mí, recién nacido, sin que nadie le recordara lo que había dejado atrás. Nadie le regaló nada. Lo que construyó, lo construyó ella solita, con sus manos y con el tiempo, a base de tesón y de no rendirse cuando habría sido tan fácil hacerlo.

Y sin embargo lo hizo. Lo ha hecho. Tiró hace adelante sin instrucciones, sin red, a veces sin nadie que le preguntara cómo estaba.

Eso es lo que nosotros, como hijos, no vemos desde fuera. El esfuerzo que hubo antes de que llegáramos a recordar. La historia que ocurrió antes de tener uso de razón y de que pudiéramos ser testigos de ella.

Hoy, que hay un día señalado en el calendario para recordarlo, pienso que los días señalados son una trampa un poco triste. Porque reducen a una fecha lo que debería ser cotidiano. Un domingo de mayo con flores y una llamada no alcanza para lo que es una madre. Pero tampoco hay que despreciarlo, porque necesitamos ese recordatorio. A veces la rutina nos vuelve ciegos y necesitamos que el calendario nos dé un codazo.

Este año el codazo me lo da ella en persona. Está aquí, a unos metros, y eso cambia algo. No sé exactamente qué. Quizás la urgencia de decir las cosas. Quizás la conciencia de que el tiempo pasa también para ella, que los cinco meses de distancia no son neutrales, que cada reencuentro es un regalo que no hay que meter en un cajón.

Mamá, llevas aquí unos días y no te he dicho nada de esto. Lo he pensado, lo he escrito, pero no te lo he dicho. Así que aquí va: eres la persona más valiente que conozco. No por las cosas grandes, aunque también por esas, sino por todas las veces que seguiste adelante sin importarte lo que decían o hacían los demás. Feliz día. Aunque un día se me quede bastante corto para todo lo que eres y significas para mí.

Gracias infinitas por todo lo que haces y has hecho por mí. Te quiero con locura.

Y a ti, lector, lectora, a quien lea esta carta: si tu madre vive, llámala hoy. Si puedes verla, ve a verla. Si tienes algo pendiente de decirle, díselo cuanto antes. No porque sea el primer domingo de mayo, sino porque mañana ese impulso se enfría, la semana empieza, y las cosas importantes vuelven a quedarse sin decir.

Cuando se trata del amor de una madre, no dejes que nada importante se quede sin decir.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.