El edificio de la vida

Cada piso, una nueva oportunidad.

Últimamente leo a personas de 20 o 30 años, incluso de 40, plantearse muchas cuestiones. Los más jóvenes se preguntan qué habrá a los 40 o 50 y los más viejos se preguntan si habrán aprovechado bien sus vidas cuando eran jóvenes. Yo mismo me lo pregunto muchas veces.

Lo que noto es que, a medida que cumplo años, parece que la sociedad ha desarrollado una especie de fobia al tiempo. Nos repiten hasta el cansancio que, a ciertas edades, ya no es posible hacer ciertas cosas o que deberíamos tenerlo todo bajo control. Pero la vida, por suerte, no es tan rígida como nos quieren hacer creer.

Yo siento que cada año es un regalo, una oportunidad de seguir construyendo mi propio «edificio de la vida». Y así lo imagino: como un edificio de siete plantas, cada una representando una década distinta. He querido pensar en siete plantas, y no en más, porque considero —a día de hoy— que la vida empieza a apagarse a partir de los 70-75 años, sin dramas. No hay, no existe, un ático lujoso donde todo termina con una gran fiesta, sino una serie de pisos en los que uno va aprendiendo a vivir, a equivocarse, a agradecer. Siempre hay algo único, valioso y lleno de significado esperando a ser descubierto.

Ya he recorrido varias plantas de este edificio, y aunque no he llegado al final, puedo asegurarte que cada una guarda su propio encanto. Hoy quiero contarte lo que he visto, lo que he aprendido y lo que me han compartido quienes ya han subido más alto que yo.

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Primera planta

En la planta baja habité como niño, y también como adolescente. Allí todo era sencillo, pero también maravilloso. Si cierro los ojos, aún puedo recordar los días en que mi mayor preocupación era portarme bien en casa para que mis padres me dejaran salir a jugar al «descampado», en Santa Eulalia del Río (Ibiza). Allí, en medio de la planicie descansaba un algarrobo, que nos daba cobijo, y en sus aledaños jugábamos al béisbol con una pelota de tenis y una tabla plana como bate. ¡Qué tiempos!

Cuando era niño no vivía con preocupaciones. Para mí, cada día era un nuevo descubrimiento, una aventura. En esta planta, el mundo era grande, lleno de cuestiones por resolver, lleno de preguntas, pero ninguna de ellas parecía demasiado difícil de responder.

En la adolescencia, en cambio, comenzaron a aparecer los primeros dilemas: las comparaciones, las dudas, los miedos, pero también los sueños más ambiciosos. Era el despertar de otra mirada, a veces más dura, pero también más audaz.

Hoy me doy cuenta de que esta planta me enseñó dos cosas esenciales: la capacidad de asombro y la capacidad de desear. A veces, mientras observo a mi sobrino o incluso cuando veo a niños jugando en la calle, me pregunto: ¿En qué momento perdí esa capacidad de maravillarme ante lo cotidiano? ¿En qué momento dejé de asombrarme por lo pequeño?

La infancia me enseñó a ver el mundo con ojos nuevos cada día, a disfrutar de lo simple, a encontrar belleza en una flor o en una nube. Y la adolescencia me recordó que soñar es tan necesario como respirar.

Marco Aurelio
«La vida de un hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella».

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Segunda planta

Llegué a la segunda planta en mis veinte, y lo primero que sentí aquí fue energía. Aquí se vivía con intensidad. Todo parecía posible y, al mismo tiempo, todo era incierto. Esta fue la década de las despreocupaciones y de las grandes preguntas: «¿Qué quiero hacer con mi vida?», «¿Quién quiero ser?», «¿Hacia dónde quiero ir?»

Fue un momento de experimentar, de tomar riesgos, y de aprender a base de tropezones. Recuerdo haber tenido la sensación de que el mundo estaba a mis pies, de que podía hacer cualquier cosa, lo que me propusiera; pero al mismo tiempo, me invadía la ansiedad por construirme un futuro.

Esta etapa estuvo llena de contradicciones. Había libertad, pero también mucha incertidumbre. Caí más de una vez, y también me levanté, aunque no siempre sabía hacia dónde debía seguir.

Si echo la vista atrás, me doy cuenta de que esos errores que cometí no fueron tan graves como los sentía en el momento de cometerlos. De hecho, fueron aprendizajes muy valiosos, pensándolos ahora, en perspectiva. A veces me asustaba tanto el fracaso que evitaba arriesgarme, pero los veinte eran el momento ideal para experimentar, equivocarse y aprender.

En esta planta, sin duda, aprendí que el camino no siempre era recto. Tuve que desviarme muchas veces, pero cada desvío traía consigo una lección importante.

Séneca
«No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas».

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Tercera planta

Subí al tercer piso y el ambiente era distinto. Los treinta fueron una década en la que ya empecé a buscar estabilidad, o al menos a pensar en ella. Si en los veinte todo era caos y energía, en esta planta sentí la necesidad imperiosa de «poner todas las cosas en su justo lugar», o al menos intentarlo.

Muchos comienzan a establecerse en sus carreras, otros forman familias, y algunos redefinen sus sueños. Aquí comenzamos a ser más conscientes de quiénes somos y qué queremos.

En mis treinta, sentí por primera vez la presión de querer «tenerlo todo atado y resuelto». Pero lo cierto es que, aunque nos digan lo contrario, nadie tiene todas las respuestas, ni siquiera en los treinta. En esta etapa es cuando empiezas a darte cuenta de que la vida no es un cronómetro que te presiona para llegar a una meta concreta. Te das cuenta de que no se trata de cumplir con un maldito horario, sino de disfrutar más del proceso, del camino.

Me lancé a emprender. Quería comerme el mundo. Pero tomé malas decisiones. En mi caso, todo salió mal. De lo más alto en lo que nunca había estado, pasé a lo más bajo a lo que un ser humano puede llegar. Fue, sin duda, la hostia más grande de mi vida. Aquí me tocó reinventarme: volver a empezar, crear un Jaime desde cero.

Aprendí que los emprendimientos hay que comenzarlos con cabeza. Pueden salir muy bien, pero también muy mal. Todo depende de las decisiones que se tomen y de cómo se tomen.

Los treinta también fueron una década de aceptación. Empecé a verme con más claridad, y con ello, a aceptar mis fortalezas y también mis limitaciones. Descubrí que la vida no era un cronómetro que me apuraba, sino un trayecto que debía aprender a recorrer.

Epicteto
«Nadie es libre si no es dueño de sí mismo».

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Cuarta planta

Al llegar al cuarto piso, las cosas empiezan a cambiar y a tornarse más serias. La sensación de prisa que me había acompañado en las plantas anteriores comenzó a desaparecer gradualmente. En mis cuarenta, encontré una tranquilidad que no había sentido antes.

Fue la década en la que me importó menos lo que los demás pensaran de mí y empecé a concentrarme en lo que realmente me hacía feliz. Dejé de preocuparme tanto por encajar y empecé a preguntarme: «¿Qué quiero para mí?»

Descubrí que las cosas más importantes de la vida no tenían que ver con el éxito externo, sino con la satisfacción interna. Los desafíos seguían apareciendo, pero ya los enfrentaba con más calma.

Las inseguridades de los veinte y de los treinta empezaron a desvanecerse, y con eso llegó una sensación de libertad. Mis relaciones se volvieron más profundas: ya no se trataba de cantidad, sino de calidad.

Marco Aurelio
«La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos».

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Quinta planta

Y aquí estoy, en la quinta planta. A mis cincuenta y tres años, he aprendido que la vida sigue siendo un misterio, pero uno que estoy mucho más dispuesto a aceptar.

Los cincuenta, al menos para mí, están siendo una década de claridad. Sé lo que quiero y lo que no. Ya no hay tanto espacio para dudas ni para complacer a los demás. Es el tiempo de vivir para mí, en el buen sentido.

Lo que más disfruto de esta planta es la capacidad de apreciar las pequeñas cosas. No es que antes no pudiera, pero ahora las siento distintas: un buen café por la mañana, una charla tranquila con personas a las que quiero, una caminata sin prisa, una visita al volcán más espectacular del mundo… cosas así adquieren un significado mucho más profundo.

Aquí ya no hay prisas. Después de haber recorrido los pisos anteriores, entendí —entiendo— que no hay necesidad de correr. Lo que venga, vendrá, y eso está bien.

Mi cuerpo empieza a mostrar señales del paso del tiempo, pero la mente y el espíritu, si los cuido, seguirán siendo jóvenes. Vivo en un equilibrio precioso entre experiencia y curiosidad.

Séneca
«La vida no es corta, sino que nosotros la hacemos corta; no carecemos de tiempo, sino que lo malgastamos».

Los cincuenta me están enseñando que la paz interior es más importante que cualquier éxito externo. Y aunque, probablemente, me quede alguna planta más que pisar, ésta la estoy disfrutando con todo mi ser.

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Sexta planta

No he llegado aún al sexto piso, pero tengo amigos y familiares que ya viven allí. Cuando los escucho hablar de su vida en los sesenta, noto algo diferente: una serenidad que admiro profundamente.

Ellos no viven con prisa, ni con miedo al futuro. Han llegado a una especie de paz que, al parecer, solo el paso de los años puede otorgar.

Lo que más me impresiona es cómo valoran el presente. Ya no hablan de «llegar» a ningún sitio, sino de permanecer. Valoran más el silencio que las conversaciones vacías, más una sobremesa lenta que un banquete ruidoso, más la compañía de pocos que la multitud de muchos.

También me impresiona cómo saben desprenderse. No se aferran a lo que no pueden retener: la juventud, el trabajo, las viejas batallas. Prefieren abrir espacio para lo que sí permanece: los afectos, los recuerdos, la paz de un momento íntimo. En ese desapego encuentro una lección que aún estoy aprendiendo: vivir es también soltar.

Los sesenta me parecen un balcón amplio: aún no es la azotea, pero ya se ve con claridad la forma del edificio. Se siente orgullo por lo construido, se aceptan las grietas y hasta se aprenden a querer.

Epicteto
«No pretendas que las cosas ocurran como tú quieres, desea más bien que se produzcan tal como se producen, y serás feliz».

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La azotea

Y pienso en la azotea. No he estado aquí todavía, pero dicen que la vista es espectacular. Desde lo alto puedes mirar hacia abajo y ver todo el edificio, cada planta recorrida, cada escalón que costó subir.

Yo no la imagino como un lugar triste, sino como una cima a la que hay que llegar alegre. Imagino que aquí uno entiende que la vida no fue un simple «pasar de años», sino una suma de instantes que, juntos, dibujaron un destino. Aquí se comprende que la grandeza no está en «haber llegado», sino en haber estado presente en cada planta, con sus luces y sus sombras.

Quizá en la azotea uno se sienta ligero, casi transparente, como si por fin pudiera soltar el peso de las expectativas, de los miedos y hasta del propio cuerpo. Imagino este lugar como un espacio de reconciliación: con lo vivido, con lo perdido, con lo que nunca llegó…

La azotea no es el fin: es la consumación. El momento en que todas las piezas del puzzle encajan, y lo que antes parecía dolor, desvío o absurdo, cobra sentido en una panorámica más amplia.

Montaigne
«No morimos por haber vivido poco tiempo, sino por haber desperdiciado mucho».

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Conclusión

La vida es como este edificio que hemos estado recorriendo. A veces puede parecer una escalera interminable, pero si nos detenemos a apreciar lo que cada planta tiene para ofrecernos, descubrimos que en cada una de ellas hay algo maravilloso.

Cumplir años no es una carga, es un privilegio.

Así que, mientras sigamos en este edificio, ¿por qué no tomarnos un momento para respirar, mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta de que, en cada planta, tenemos algo bello por descubrir?

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.