Escribir sin recompensa

La paradoja inevitable.

Muchas veces pienso que la escritura no debe esperar recompensa. Esa frase me la repito una y otra vez, como si necesitara tatuármela en la memoria. Sé que escribir debería ser suficiente por sí mismo, es un acto completo, personal, autosuficiente, que no requiere de halagos. Pero, siendo sincero, también he de reconocer que no siempre lo creo del todo.

Me siento a escribir y pienso que con eso ya basta, que el sentido está en el simple hecho de volcar lo que llevo dentro. Y, sin embargo, hay momentos en los que, por ejemplo, cuando escribo una reflexión, deseo que alguien al otro lado me diga: «Te entiendo, a mí me pasa igual». Esa confirmación generalmente se siente como un regalo, como si lo que se ha escrito hubiera encontrado su verdadera razón de ser.

El reconocimiento es dulce, no lo voy a negar. Cuando alguien me dice que un texto mío le ha tocado, siento que la escritura se convierte en un puente, y no en un monólogo. Pero también sé que ese reconocimiento es peligroso, ya que puede convertirse en adicción. La trampa está ahí: en dejar que lo externo determine el valor de lo interno. No me gustaría convertir la escritura en una especie de «sala de espera», donde todo depende de si llegan los aplausos, los comentarios o los «me gusta». Creo firmemente que eso es una forma de vaciar la escritura, de convertirla en un objeto.

Me identifico con las palabras de Séneca, cuando decía: «Quien se complace en sí mismo no necesita testigos.» Ya me gustaría a mí llegar a esa autosuficiencia, escribir como si nunca nadie más fuera a leerme. Que mi único testigo fuera el silencio. De hecho eso pensaba en los inicios, cuando me repetía a mí mismo: «qué más da lo que escriba, si total no me va a leer nadie».

Y lo cierto es que cuando me siento a escribir, cuando la página en blanco me espera, descubro que lo esencial ocurre ahí, en completa soledad. La escritura, en su estado más puro, es un diálogo conmigo mismo. Ese instante tiene mucho de sagrado: me pongo una música especial dependiendo del estado de ánimo, siento mis dedos golpeando las teclas, noto la respiración acompasada escudriñando mi mente en busca de cauces para mis palabras, para expresar lo que necesito. Ahí no hay público, no hay escenario. Solo la honestidad de mirar hacia dentro y de dejarlo salir. Con eso ya basta.

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Y, sin embargo, no puedo engañarme. Soy humano. Necesito al otro. Cuando alguien me dice que se ha reconocido en un texto mío, siento que la escritura cierra un círculo. Es como si esa semilla que lancé al aire hubiera encontrado tierra fértil. Y aquí es cuando viene la paradoja inevitable: el acto de escribir debería ser suficiente por sí solo, pero alcanza su plenitud cuando toca a otro. El reconocimiento no debería ser el motor, pero cuando llega, se siente como una confirmación de que la palabra, de que aquello que quiero expresar, no se ha perdido en el vacío.

La enseñanza aquí es clara: no debo escribir para la recompensa, sino a pesar de ella. Tengo que escribir como si nadie fuera a leerlo, confiando en que lo esencial ya está cumplido con el acto mismo de escribir. Si luego alguien llega y se reconoce en mis palabras, será un regalo. Porque escribir con cálculo, o con expectativa, sería como amar a alguien esperando siempre una respuesta: es la forma más rápida de arruinarlo.

He aprendido a pensar que, quizá, el mejor lector de lo que escribo sea el silencio. El silencio que queda cuando termino de escribir, el silencio que se instala después de leerme a mí mismo. Ese silencio es ya compañía, aunque parezca vacío. Y, cuando ese silencio se rompe, cuando alguien me escribe y me comenta que lo que he escrito le ha servido para algo, entonces, querido lector, querida lectora, en ese momento siento una emoción profunda, aunque trato de no convertirla en deuda ni en necesidad.

Escribir para el silencio sigue siendo la forma más honesta de hacerlo.

Es como respirar: no lo hago para que me vean, sino porque lo necesito para vivir. Quizá esa sea la diferencia entre quien escribe por vanidad y quien escribe por necesidad. El primero busca aplausos; el segundo busca aire, significado.

A veces pienso que la escritura no es tanto una elección o un destino. Yo escribo porque no sé no hacerlo. Porque si dejo de escribir, algo en mí se marchita.

Marco Aurelio decía: «La recompensa de una buena acción es haberla hecho.» Eso mismo siento con la escritura: la recompensa de escribir es haber escrito. Y en esa simpleza creo que está todo.

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Epílogo

Al final, me quedo con la idea de que escribir es sembrar en un campo invisible. No sé si lo que siembro germinará, no sé si «tocará» a alguien. Pero el acto de sembrar ya me transforma. Es cierto que a veces alguien pasa por este campo, recoge una flor, y me lo hace saber. Y entonces sonrío. Pero ya no espero esa visita. No la busco. Porque he entendido que la escritura no debe esperar recompensa.

Escribir es la recompensa.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.