Ya lo he dicho en alguna carta anteriormente, me cuesta mucho definirme como escritor, a pesar de que la RAE lo define, en su primera acepción, como «persona que escribe». Cosas del impostor y su síndrome, supongo. Vaya también por delante que lo que comento en esta carta tampoco lo aplico a todos los escritores, sino más bien a aquellos que escribimos por escribir, porque nos gusta y nos va el alma en ello. No quiero referirme aquí a aquellos que hacen de la escritura su profesión, dado que no es mi caso y no puedo saber qué es lo que ellos experimentan como «bloqueo del escritor». Más bien quiero referirme a personas como yo, que gustamos de la escritura por amor a expresar nuestros pensamientos y la practicamos como modo de vida, publiquemos o no publiquemos nuestros escritos.
Hecha la aclaración anterior, voy al tema.

He escuchado mil veces hablar del bloqueo del escritor. Esa especie de fantasma que supuestamente nos deja inmóviles frente a la hoja en blanco, como si las palabras hubieran decidido huir todas ellas a un escondite secreto. Y, sin embargo, cada vez estoy más convencido de que ese fantasma no existe. O, mejor dicho, no existe tal cual lo pintan. Lo que existe es el miedo. Y ese miedo disfrazado de bloqueo lo que esconde, a mi entender, es falta de coraje.
Porque ideas tenemos todos. A borbotones. Experiencias que nos marcaron, recuerdos que todavía duelen, emociones que preferimos dejar en silencio, dudas que nos corroen en la soledad de la noche. Todo eso está ahí, latente, esperando a que nos animemos a darle forma. El problema, por tanto, no es la falta de material; el problema es que escribir de verdad implica abrir la caja de pandora, y a veces no queremos asomarnos a lo que contiene o no nos sentimos preparados para ello.
«La escritura que nace de la incomodidad suele ser la que más conecta con los demás.»
Lo he sentido más de una vez. Me siento frente a la pantalla y, de repente, aparece esa voz: «¿Seguro que quieres contar esto? ¿Y si los demás piensan mal de ti? ¿Y si no lo entienden? ¿Y si resulta demasiado íntimo y personal?». Esa voz es la auténtica causa del bloqueo. No es la sequía de ideas, es el temor a desnudarnos. A mostrar lo que escondemos o lo que pensamos incluso de nosotros mismos.
En esto tengo algo muy claro: escribir sobre uno mismo es exponerse. Es desarmarse. Es como andar por la vida sin escudo ni protección, con los sentimientos a flor de piel. Y precisamente ahí, en esa fragilidad, es donde aparece lo bueno. Lo auténtico.
Ya lo dijo el poeta Rainer Maria Rilke, a su manera: «Escribe sobre lo que ves a tu alrededor, sobre lo que vives, sobre lo que pierdes». Ese consejo sigue vigente hoy para cualquiera que intente escribir. Porque no se trata de inventar grandes ficciones ni de adornar el vacío con palabras huecas, sino de tener la valentía de mirar hacia adentro y contar lo que encontramos allí.

El cerebro es un animal extraño. Cuando no está levantando castillos de inquietud, tiene un potencial inmenso. Es ese chaval de clase que sabías que podía sacar sobresaliente, pero dedicaba todo su ingenio a escaquearse. Y, sin embargo, cuando no le quedaba otro remedio, era capaz de estudiar un mes entero seguido y de regalo otro mes más. Era capaz de excavar más hondo y encontrar algo valioso. Porque al final, si no tienes nada que decir, no es porque la tierra esté yerma: es porque no has excavado lo suficiente. Porque lo que merece la pena suele dar miedo. Y lo enterramos, precisamente, para no verlo.
Excavar es incómodo. Remueve sedimentos. Saca barro, polvo y cosas que preferirías no nombrar. Pero ahí está la sustancia, en esa mezcla turbia que obliga a mancharte. Si no te incomoda pulsar el botón de «publicar» o siquiera ponerlo en palabras, probablemente estás quedándote en la superficie. Estás escribiendo nimiedades, cosas de escaparate, fórmulas sin alma.
La única diferencia real es esta: nadie puede expresar tus lugares comunes salvo tú. Podrán narrar mejor, con más técnica, con más precisión. Podrán tener más aplausos. Pero tu barro, tu pozo, tu miedo, solo tú puedes sacarlos. Excavar es sucio, sí, pero también es liberador. Escribir, al final, no es levantar un monumento brillante, sino sacar a la luz aquello que has enterrado para sobrevivir.
El bloqueo, por tanto, no es un problema de creatividad ni de técnica. Es una cuestión de valor. Y yo lo sé porque muchas veces lo que me paraliza no es la falta de temas, sino el vértigo de enfrentarme a lo que realmente quiero decir.
Cuando escribo sobre mis miedos, sobre mis contradicciones, sobre las heridas que aún no cicatrizan, siento que me meto en un terreno resbaladizo. Pero a la vez, es ahí donde noto que las palabras me arden en el pensamiento, como si pidieran salir. Y aunque asuste, cuando me atrevo a dejarlas correr, descubro que esa escritura es más honesta, más viva, más capaz de tocar al otro.
Escribir, al menos para mí, no es una cuestión de utilidad. No lo hago porque vaya a reportarme un beneficio ni porque me prometa alguna recompensa, como dije la semana pasada. Ya estoy bastante cansado de esa mentalidad que lo mide todo en términos de rentabilidad, productividad y resultados. La escritura tiene valor por sí misma. Escribir es un acto desinteresado y necesario. Algo parecido a lo que decía Séneca cuando hablaba de la amistad verdadera: «la que no espera nada a cambio, la que se da porque sí.»
«La buena escritura suele llevar consigo un poco de incomodidad, de retorcimiento, de estremecimiento».
Por eso, cada vez estoy más convencido de que la escritura más valiosa nace de lo que evitamos. De aquello que nos avergüenza, que nos hiere, que nos incomoda. Son esos los temas que nos obligan a ser precisos, sinceros, vulnerables. Y cuando logramos poner en palabras lo que más nos cuesta, es cuando aparece ese toque único que hace que otro lector o lectora, al otro lado, se vea reflejado y piense: «Esto también me pasa a mí.»
No sé si a ti te ocurre, pero a mí me sucede que cuando escribo acerca de cosas inofensivas, el resultado también es inofensivo. Y está bien, claro. Todos necesitamos, de vez en cuando, escribir y leer cosas ligeras, sencillas, que no nos remuevan demasiado. Pero siendo honestos, no es de esas páginas de las que más orgullosos nos sintamos algún día.
Escribir desde el corazón es como poner un foco dentro de tu propia casa. Esa luz no solo ilumina lo bonito, también revela el polvo, las grietas, las telarañas. Si no nos atrevemos a alumbrar esos rincones, la escritura se queda en superficie.
Yo no sé los demás, pero en mi interior tengo un arsenal inagotable de dudas, temores, anhelos y recelos. Y aunque me gustaría que no fuera así, es la verdad. Pero es justamente ahí donde encuentro la materia prima más valiosa. Si la dejo guardada, el llamado bloqueo aparece. Si me atrevo a sacarla, descubro que había palabras de sobra, esperando en silencio.
Lo que quiero decir con todo esto es sencillo: el bloqueo no existe. Existe el miedo. Existe la cobardía. Existe la tentación de evitar lo que nos duele. Pero cuando nos decidimos a mirar de frente esas zonas oscuras y a escribir sobre ellas, la hoja en blanco se convierte en espejo. Y aunque mirarse en ese espejo dé vértigo, también es lo único que hace que la escritura cobre sentido.
A veces pienso que escribir se parece mucho a rezar, aunque yo no sea precisamente un hombre religioso. Pero tiene ese mismo recogimiento, ese mismo hablar con uno mismo, ese mismo intento de comprender lo que no se alcanza con la mente despierta. Como si, al escribir, una voz más profunda hablara en nuestro lugar.
Y lo curioso es que esa voz siempre tiene algo que decir. Solo espera que tengamos la valentía de prestarle atención para que se exprese con soltura. Porque si algo he aprendido en este tiempo, es que cuando de verdad escribo desde ahí, desde lo vulnerable, es cuando las palabras dejan de ser mías y pasan a ser de todos.
Para muestra de lo que quiero decir: el 10 de junio del año pasado escribí la que, para mí, ha sido la carta más difícil. El título ya lo dice todo: Escribiendo desde el dolor. Tardé dos meses en escribirla y casi un mes en decidirme a publicarla. Ojalá nadie tenga que pasar por lo que yo cuento ahí. Pero es la vida misma. Y la vida hay que contarla, tanto si son cosas buenas como si son cosas malas. Nunca sabrás, realmente, a quién estarás ayudando liberando esas experiencias que crees inservibles o de poco interés para otros.

Epílogo
En adelante, cuando me encuentre frente a la hoja en blanco, no me engañaré con fantasmas inventados. No hay bloqueo: hay miedo. Y quizá eso sea lo hermoso de todo esto, que escribir no consiste en vencerlo del todo, sino en tenderle la mano al miedo y caminar con él. Porque cada palabra que nace de esa vulnerabilidad es un testimonio de que seguimos vivos, de que aún nos atrevemos a mirar de frente a lo que duele. Al final, escribir es eso: sostener la fragilidad propia y dejar que otros, al leerla, descubran también la suya.
Y en esa intimidad compartida, en esa valentía imperfecta, es donde yo creo que se encuentra la verdadera razón de la escritura.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.



