Hoy quiero confesarte una emoción que me ha sorprendido como pocas últimamente: la de volver a escribir cartas a mano y enviarlas por correo ordinario, como en aquellos tiempos en que las palabras viajaban dentro de sobres sellados y no en la velocidad de un clic.
Cuando me dispuse a escribir la primera de ellas hacía mucho que no me sentaba frente a una hoja en blanco —de las de verdad— con un bolígrafo entre los dedos, buscando el ritmo de la tinta sobre el papel. Al principio, la mano me temblaba, era como si hubiese olvidado el trazo de las letras. Pronto recordé que la escritura manuscrita no se limita a transmitir palabras: también guarda la respiración, la presión del pulso, los silencios entre frase y frase. Es prácticamente un espejo de quien escribe.
Aun así, he de serte sincero. Paré y me puse a escribir la carta en el ordenador. Luego la escribí en papel para asegurarme de no estar tachando y rectificando a cada momento. Ya, ya sé que eso le resta magia al momento, pero es que odio los tachones, ¡qué le voy a hacer! Además, es también una forma de conservar una copia de las cartas que envío, que no me viene mal para el recuerdo tampoco.
Y qué extraño ritual, a la vez tan sencillo y tan profundo: abrir el cuaderno, alisar la primera página con la palma de la mano, sostener el bolígrafo y sentir su peso exacto en la mano. Después, dejar que la tinta comience a deslizarse con lentitud, dibujando los trazos iniciales como quien camina firme sobre una superficie delicada. Cada palabra la escribía despacio, tomando aire antes de dejarla caer en silencio sobre el papel. Había pausas largas, silencios llenos de sentido. Y en esa cadencia lenta descubrí una intensidad que las teclas nunca me han devuelto: la sensación de que el tiempo se escribía también en cada línea.

En cada carta escrita, al doblar las hojas y meterlas en el sobre, he sentido que estaba custodiando un secreto. Puede parecer una tontería, pero lo cerraba con el convencimiento de que ese gesto tan sencillo contenía algo que las pantallas no pueden —y nunca podrán— replicar: la emoción, la espera, el viaje, la huella de lo perdurable. Quizá sea eso lo que más me conmovió, saber que al otro lado alguien recibiría no solamente unas frases, sino un fragmento tangible de mi pensamiento y de mi tiempo, de mi voz escrita a mano.
Entonces recordé lo que significaba, en los viejos tiempos, esperar una carta. No era simplemente recibir noticias, era sentir que alguien había pausado su vida unos minutos para volcarse en esas líneas. Y ahora, después de tanto tiempo, he tenido la fortuna de revivir esa experiencia.
No diré cuál fue el destino de las cartas, aunque alguien podrá imaginarlo. Lo relevante no es tanto el destino de las misivas, sino el propio acto de escribirlas y enviarlas. Ha sido, más bien, un regalo al pasado y al presente, a la nostalgia de lo que fuimos y a la esperanza de lo que, supongo, aún podemos seguir siendo.
Sé que vivimos en la inmediatez, que los mensajes llegan en segundos y que las conversaciones se pierden en torrentes de notificaciones. Pero también sé que la lentitud tiene su belleza. Que el sobre guardado en un buzón todavía puede hacernos sentir parte de algo ilusionante y más grande: un puente entre tiempos de escritura y de lectura.
No es mi intención animarte a renunciar a lo digital —sería absurdo—, pero sí a rescatar, aunque sea alguna vez, ese gesto antiguo de escribir una carta a mano y enviársela a alguien que quieres, alguien importante para ti. No por sentimentalismo o sensiblería, sino porque en cada palabra manuscrita dejamos impresa una parte de nosotros que ningún teclado ni dispositivo electrónico podrá nunca imitar.
La emoción que me ha acompañado toda esta semana desde que el domingo pasado cerré la última carta —para felicitar un cumpleaños— y la envié, hasta imaginarlo en las manos de quien la abrirá, es difícil de describir. Tal vez sea, simplemente, un recordatorio de que todavía podemos disfrutar de la escritura con todo nuestro ser y de la forma más auténtica.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.



