El niño que quería destacar

Aprender a soltar la carga de los sueños imposibles.

De pequeño, en la escuela, solían decirme que escribía muy bien. No era una frase cualquiera: había algo en esa afirmación que me gustaba. Me lo repetían profesores, algún familiar e incluso algún compañero que se sorprendía de que yo pudiera llenar pequeñas páginas de un cuaderno con cuentos inventados. Yo era ese niño que disfrutaba en clase cuando nos mandaban una redacción, que se refugiaba en los libros de Julio Verne, R. L. Stevenson, H.G. Wells y similares como si fueran escondites secretos, y que buscaba en sus obras una forma de entender el mundo.

La primera vez que me dijeron que era «especial» lo recibí como un halago inmenso. Tenía la sensación de que se abría un destino brillante frente a mí, como si el simple hecho de escribir con cierta facilidad fuese una llave para entrar en un lugar privilegiado. Y claro, siendo niño, uno no tiene todavía la distancia crítica para sospechar que aquella etiqueta escondía una trampa. La inocencia se aferra a las promesas como si fueran verdades.

Lo curioso es que esas palabras de ánimo, dichas con cariño y buena intención, pueden convertirse en un peso que uno arrastra durante años. Porque cuando a un niño le repiten que es especial, lo cree de verdad. Y entonces se siente obligado a demostrarlo, a estar siempre a la altura, a no defraudar esa expectativa que no pidió pero que ya lo acompaña.

De ahí nació una presión algo incómoda. De repente no se trataba solo de escribir, de leer, de disfrutar; se trataba de ser alguien distinto, de hacer algo grande, de sobresalir. Y sin darme cuenta, comencé a confundir la alegría de escribir con la exigencia de demostrar que yo era «ese» al que todos habían señalado.

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Durante la adolescencia aún vivía con la ilusión de que, si seguía leyendo y escribiendo, un día llegaría ese reconocimiento que parecía reservado para unos pocos. En mi cabeza, la vida era como los libros que devoraba: el héroe siempre alcanzaba la victoria, y yo no veía por qué no habría de ser igual en mi caso.

Pero la vida, con su paciente ironía y sarcasmo, se encargó de mostrarme otra cara. Salí del colegio, me adentré en la edad adulta, y lo que encontré no fue un escenario preparado para mí, sino un océano inmenso en el que nadaban millones de peces, la mayoría más grandes, más rápidos y algún que otro tiburón. Y entendí que no había héroes, que no existía ningún guión secreto escrito para mí, y que mi supuesto «talento especial» no me garantizaba nada.

Fue un golpe, claro. La caída de esa ilusión dejó un vacío difícil de llenar. Pero, con el tiempo, entendí que no necesitaba ser especial para vivir con plenitud. Que no me hacía falta escribir el libro que cambiaría la literatura, ni figurar en una enciclopedia, ni alcanzar Saturno. Que está bien pertenecer a la mayoría, que no es un fracaso ser parte de lo común. Que la vida real, la que de verdad merece la pena, no se juega en los escenarios grandilocuentes, sino en lo que ocurre a ras de suelo.

No tenemos que ser los primeros en nada. Ni los mejores. Ni los que dejan huella en la historia. La estadística es contundente: de ocho mil millones de personas, solo una al año recibe un Nobel, y solo unos cuantos elegidos, en toda la historia, han pisado o pisarán la luna. Y nosotros, lo más probable, es que nunca estemos ahí.

Pero eso no importa.

Importa, en cambio, no perder de vista lo bueno que ya tenemos. Porque buscando lo extraordinario, podemos extraviar lo bueno. Persiguiendo esa cosa difusa que llamamos éxito, podemos dejar atrás lo importante: la compañía de quien nos quiere, las cosas que hacen que nuestra vida tenga sentido y sentirnos realizados en aquello que nos gusta.

Ese niño de antaño al que le decían que escribía bien soñaba con ser distinto, con llegar lejos, con destacar. El adulto que soy hoy agradece no haberlo sido. Porque el alivio de no ser especial es enorme: uno se libera de expectativas imposibles, deja de cargar con un peso inútil y empieza a caminar más ligero. Y, paradójicamente, al soltar ese saco de piedras, avanzas mejor, más rápido y con más calma.

La escritura, entonces, dejó de ser obligación y volvió a ser refugio. La vida, entonces, dejó de ser examen y volvió a ser camino. Aprendí que lo cotidiano, eso que antes me parecía vulgar, encierra más belleza que cualquier otro logro espectacular.

Hoy sigo escribiendo. Sigo escondiéndome, a ratos, tras los libros. Y aún disfruto como aquel niño cuando encadeno unas frases que me parecen verdaderas. Pero ya no escribo para demostrar nada, ni para aspirar a ser especial. Escribo porque me sostiene, porque me acompaña, porque me ayuda a estar despierto en una vida que, a menudo, nos invita a dormir.

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He llegado a la conclusión de que los sueños, tan bellos en apariencia, son a menudo una trampa. Los sueños nos exigen demasiado y nos castigan con frustración cuando no los cumplimos. En cambio, las metas sencillas —leer cada día unas páginas, terminar un relato, escribir reflexiones, compartir un pensamiento con alguien que lo reciba con gusto— son mucho más sinceras y alcanzables. Y en ellas siento mucha felicidad.

El niño que fui me empujaba hacia lo bonito de lo extraordinario. El adulto que soy elige quedarse en la profundidad de lo ordinario. Y lo ordinario, lo cotidiano, lo imperfecto… resulta ser, al final, lo más esclarecedor.

Quizá no sea especial. Quizá nunca lo fui. Pero sigo escribiendo. Y eso, créeme, me llena tanto que es más que suficiente.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.