El timbre de la escuela, el que anunciaba el final de la jornada, era siempre el mismo, metálico y seco, pero para él sonaba como todo un redoble de tambor que marcaba su momento favorito del día. Entre risas, mochilas que se arrastraban y pasos que se atropellaban, él permanecía quieto junto al portón de salida, fingiendo que se abrochaba un cordón de la zapatilla, buscando algo en la mochila o sacando y guardando un bolígrafo… En realidad, lo único que hacía era esperar.
Y entonces, como siempre, aparecía.

Ella, con ese cabello ondulado y dorado, encendido por el sol de media tarde, con esos ojos azules que parecían guardar un pedazo de cielo, atravesaba la multitud con la naturalidad de quien desconoce el efecto que sus pasos producen en otro. Él la miraba sin atreverse a decir nada. Bastaba verla caminar, sonreír junto a sus amigas, para que todo lo demás se desvaneciera: el bullicio del patio, las voces de los maestros, los sonidos de la calle. Nada tenía más importancia que verla pasar junto a su lado, mientras a él, completamente escondido en su timidez, le explotaban los sentidos.
Ella hablaba en corro con las amigas, se divertía, reía y se sentaba en un pequeño muro que había junto al portón del exterior esperando a que pasaran a recogerla. Siempre llegaba el mismo coche a la misma hora y paraba frente a ella. Se subía y se marchaba.
A veces, por azar, sus miradas se cruzaban, y en ese breve instante, el tiempo se detenía. Apenas eran unos segundos. Él se quedaba inmóvil atrapado en ese momento, con el corazón acelerado, hasta que la vergüenza le obligaba a bajar la cabeza y fingir indiferencia. Mientras tanto, sentía que el latido de su corazón era tan fuerte que cualquiera podría escucharlo.
Soñaba con hablarle algún día, pero nunca lo hacía. Imaginaba conversaciones enteras con ella, caminatas compartidas, risas e historias que solo existían en su imaginación. Era torpe hasta en su propia fantasía: pensaba en lo que podría decirle y enseguida se corregía, convencido de que sonaría ridículo. Y, sin embargo, le bastaba ese minuto en que ella pasaba junto a él para sentirse dichoso. El simple hecho de verla ya hacía que todo el día hubiera valido la pena.
Así fue durante prácticamente todo el curso. El mismo ritual, la misma espera, el mismo nerviosismo. Salir de clase todos los días era una ilusión.
Hasta que una tarde, ella no apareció.
El timbre anunciando el fin de la jornada sonó como siempre, el portón se abrió como siempre, la multitud salió como siempre, el sol de la primavera bañaba la calle como siempre… pero ella no estaba. Él buscó entre sus compañeras, entre los maestros, incluso entre el caos de los pasillos a la salida de clase.
Nada.
Se fue a casa entristecido. Al día siguiente volvió al mismo sitio, con el mismo nudo en el estómago, con la misma ilusión escondida. Pero tampoco la encontró. Y tampoco al siguiente día.
Los días comenzaron a amontonarse unos sobre otros. Después vinieron las semanas, y tras ellas los meses. Cada tarde él repetía el ritual, como si con su espera pudiera invocar su regreso. Al principio se aferró a excusas: estaría enferma, de viaje, quizá había cambiado de colegio, quizá la vería algún día en el pueblo. Pero con el paso del tiempo todas esas pequeñas ilusiones fueron desapareciendo.
El mundo, sin ella, se volvió más gris. La salida del colegio ya no era una fiesta, sino un simple trámite. El bullicio de los demás niños le resultaba aburrido, los días parecían más apagados. Ya nada era igual.
Al final comprendió, sin comprender del todo, que no volvería a verla. Nunca supo qué ocurrió, ni por qué había desaparecido de su pequeño mundo con la misma naturalidad con que había entrado en él.
Y entonces entendió algo nuevo: que el amor, incluso cuando es secreto, tímido y callado, puede dejar cicatrices invisibles. No siempre regala historias para contar; a veces solo deja miradas fugaces, recuerdos insistentes y huecos que se quedan a vivir dentro de uno.
Él aprendió a convivir con ese hueco. A aceptarlo. Porque, de algún modo, esta historia también era un testimonio de haber sentido algo grande por alguien, aunque jamás hubiera pronunciado una sola palabra delante de ella.
FIN.
Gracias por sumergirte en esta historia.
A veces lo inventado revela más que lo vivido, aunque en esta ocasión esta historia fue experiencia real en mi vida. Yo fui ese chico.
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo relatos para perderme… y encontrar algo inesperado en el camino.



