La fugacidad del Tiempo

Pequeña reflexión personal sobre el paso del tiempo.

«El tiempo es como un río, cuya rápida corriente arrastra lo que lleva consigo. Tan pronto como hay una cosa nueva es arrastrada, como a su vez lo serán todas las que vengan después.»

—Marco Aurelio, Meditaciones, Libro IV, XLIII.

A veces me asomo a observar el atardecer desde mi balcón, y cada vez que veo al sol acercarse al horizonte noto lo mismo: se va tan rápido que apenas puedo capturar el instante. Es como si el día, lleno de momentos que parecen eternos, se redujera a un simple suspiro. Esa es la naturaleza del tiempo: algo que aparenta ser interminable y, sin embargo, es tan fugaz que se desvanece en un abrir y cerrar de ojos.

Cada día comienzo con alguna promesa: hoy haré esto, lograré aquello, no dejaré que los segundos se me escapen sin sentido… Pero al llegar la noche, caigo en la cuenta de que buena parte de mis planes se quedaron atrapados entre pequeñas distracciones, compromisos y asuntos triviales que siempre parecen demandar atención inmediata. Siento que el tiempo me juega una broma cruel, que me ofrece instantes brillantes al mismo tiempo que se lleva otros sin que me dé apenas cuenta.

La fugacidad del tiempo se manifiesta con mayor claridad en mis recuerdos. Aquello que en su momento fue cotidiano, hoy se ha convertido en un tesoro difuso. Recuerdo las conversaciones con amigos de la infancia, los juegos inocentes en la plaza, y hasta el aroma del verano en mi adolescencia, cuando los días se prolongaban tanto que parecía que nunca terminarían. Pero esos días terminaron, y lo hicieron sin apenas darme cuenta. Ya no recuerdo qué fue lo último que nos dijimos, ni cómo nuestras risas y juegos se despidieron para dar paso a la vida adulta. El tiempo, siempre implacable, se lleva esos momentos vividos sin darme la oportunidad de despedirme adecuadamente. Creo, sinceramente, que deberíamos poder despedirnos de esos momentos para dar paso a otros nuevos, no sé si mejores, pero ciertamente diferentes.

He llegado a la conclusión de que no puedo capturar el tiempo. Tampoco puedo retener todos mis recuerdos. Sé que es imposible contener un atardecer en un frasco ni sostener un día en mis manos como si fuera un objeto físico. Pero lo que sí intento, es poder habitarlo, sentirlo de verdad, dejar que cada momento penetre en mí y que, aunque efímero, deje una huella significativa en mi alma. Quizá lo importante no es intentar detener el tiempo, sino vivir cada momento con conciencia, sin la prisa que suele imponer el mundo moderno.

Hoy estuve con mi madre todo el día. Ella tiene 79 años bien llevados, a pesar de los achaques propios de la edad. La llevé de paseo en coche, que le encanta. Hoy ha sido un día tremendamente reflexivo. Un día en que, mientras conducía, han volado mil pensamientos contradictorios por mi cabeza, acerca de quiénes somos y hacia dónde vamos. El paso del tiempo, en mi madre también, es implacable. Hoy habría dado todo lo que tengo por haber podido detener el tiempo. Incluso por haber podido volver hacia atrás en él, aunque solamente fueran unas horas. Ya, ya lo sé, una quimera…

Moraleja

La fugacidad del tiempo no es un enemigo a vencer, sino un recordatorio de que cada segundo es un regalo único. Si lo vivimos con intención, si le damos valor a lo que realmente importa, entonces el paso del tiempo no es una pérdida, sino una colección de momentos que nos han permitido ser. No podremos hacer que el sol se quede un poco más en el horizonte, pero sí podremos mirar el atardecer sin distracciones, con la certeza de que, aunque se desvanezca, el recuerdo de su belleza nos acompañará siempre.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💚

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum


Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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