frankenstein y el hermano que nadie recuerda

Frankenstein y el hermano que nadie recuerda

Todos recordamos a Víctor y a la criatura, pero nadie habla de Ernest Frankenstein. Una carta sobre el hermano olvidado de la novela de Mary Shelley.

«Una lluviosa noche de noviembre conseguí por fin terminar mi hombre; con una ansiedad casi cercana a la angustia, coloqué a mi alrededor la maquinaria para la vida con la que iba a poder insuflar una chispa de existencia en aquella cosa exánime que estaba tendida a mis pies. Era ya la una de la madrugada, la lluvia tintineaba con tristeza sobre los cristales de la ventana y la vela casi se había consumido cuando, al resplandor mortecino de la luz, pude ver cómo se abrían los ojos amarillentos y turbios de la criatura. Respiró pesadamente y sus miembros se agitaron en una convulsión.»

Frankenstein. Mary Shelley. 1818.

Este es el primer párrafo del capítulo del libro donde Mary Shelley narra cómo Víctor Frankenstein da vida a su criatura, como así la llama. Terminé de leer el libro hace un par de semanas y me han quedado toda una amalgama de pensamientos e incógnitas que no he logrado terminar de descifrar. No en el sentido de que me haya resultado difícil o confuso, sino en el sentido contrario. Me ha dejado cosas abiertas, preguntas que siguen dando vueltas. Eso, supongo, es marca propia de los libros que merecen la pena ser leídos.

(Si vas a leer el libro, no sigas leyendo. Esta carta contiene muchos spoilers)

frankenstein y el hermano que nadie recuerda

Lo primero que me sorprendió, antes incluso de leer la primera página, fue saber quién lo había escrito y cuándo. Mary Shelley tenía dieciséis años cuando empezó a escribirlo y dieciocho cuando el libro se publicó. Dieciocho años. Yo con dieciocho años no era capaz de sostener un argumento medianamente coherente en una conversación, y ella, hace dos siglos, escribió uno de los mitos más perdurables de la literatura occidental. Me cuesta entenderlo, y sin embargo después de investigar un poco, hay algo en la época que lo explica perfectamente, al menos en parte.

En aquellos años, comienzos del siglo diecinueve, se vivía de otra manera. No había televisión, no había teléfono, no había nada que compitiera con la conversación y con los libros. Villa Diodati era un lugar de encuentro de artistas de la época. A mediados de junio de 1816, en aquella preciosa mansión, Lord Byron, Polidori y los Shelley se reunieron allí para contar historias de terror y para leer los Fantasmagoriana. En este ambiente, Mary Shelley inventó y escribió un borrador de su historia Frankenstein o el moderno Prometeo. Y la verdad es que no se me ocurre un mejor escenario para que un texto así hubiera nacido.

Existe un paralelismo entre el monstruo de Frankenstein y la concepción que tenía Lord Byron de un ser deforme, rechazado y destructivo. No en vano, él mismo sufría de una deformidad en su pierna derecha y quizá Mary, de algún modo, quedó influenciada por ello. Pensamientos míos aparte, a donde quiero llegar es que eran exactamente eso: un grupo de personas inteligentes, aburridas por la lluvia y el mal tiempo, proponiéndose el reto de escribir historias de terror. Jugaban con las palabras porque era lo que había. Y de ese juego, casi por accidente, salió una novela que doscientos años después seguimos leyendo. Me pregunto cuántas obras maestras habrán nacido así, del aburrimiento y de la lluvia, y cuántas se habrán perdido en el camino…

Pero volvamos al libro.

Lo que más me llamó la atención, pasadas las primeras páginas, fue la precisión de las descripciones. Shelley no se conforma con contarte que algo es oscuro o aterrador: te obliga a verlo. La noche en que Víctor Frankenstein da vida a su criatura no es simplemente una noche oscura; es una noche de noviembre, húmeda, con la luz de una vela que apenas ilumina, y Víctor reuniendo sus instrumentos con una ansiedad que ella misma define como cercana a la angustia. Hay algo muy cinematográfico en esa escena, aunque el cine no existiera todavía. Uno entiende perfectamente por qué ese capítulo ha sido adaptado tantas veces al cine: y es que estaba escrito para ser visto.

Y luego está la criatura.

Hay una trampa en la que caemos casi todos antes de leer el libro: imaginamos al monstruo de las películas, al de los pernos en el cuello, al que gruñe y avanza con los brazos extendidos. Ese no es el monstruo de Shelley. El de Shelley habla. Lee a Milton, a Plutarco, a Goethe. Aprende a sentir la belleza de un amanecer y el dolor del rechazo. Y lo del rechazo no es metáfora: cada vez que la criatura se acerca a un ser humano, ese ser humano huye o la ataca. No porque haya hecho nada malo, sino porque es fea. Porque da miedo a primera vista.

Es difícil no sentir algo parecido a la compasión cuando lees esas páginas. La criatura quiere lo mismo que queremos todos: que alguien la mire sin horror, que alguien se quede. Y cuando le pide a Víctor que le cree una compañera, uno casi entiende la petición. No la justifica del todo, porque los asesinatos están ahí y pesan, pero sí la entiende. Hay una lógica en su dolor que Shelley construye con mucho cuidado, y esa lógica es la que hace que el libro sea algo más que una historia de terror. La criatura no es mala por naturaleza. Es mala por abandono. Y eso es una acusación directa a Víctor, que la creó y luego huyó de ella como si la monstruosidad fuera solo física y no también moral. Pienso en las veces que hemos apartado la mirada de algo que pedía, simplemente, que alguien se quedara.

Pero hay un personaje del que quiero hablar y del que casi nadie habla.

El silencio de Ernest Frankenstein

Ernest es el hermano pequeño de Víctor. Aparece en el libro varias veces, tiene nombre, tiene presencia, forma parte de la familia que la criatura va destruyendo poco a poco. Y sin embargo, al final de la novela, Ernest simplemente… no está. Víctor muere en el Ártico. La criatura desaparece entre la oscuridad y el hielo. Y Ernest, el único miembro de la familia Frankenstein que queda vivo, no vuelve a aparecer en la historia ni se le menciona. No hay una línea que nos diga qué fue de él. Si supo la verdad. Si la buscó. Si siguió viviendo en Ginebra o si el peso de tantas muertes lo aplastó también a él.

Volví a releer partes del final por si me hubiera saltado algo, pero no, no se sabe más de él. Hay algo en ese silencio que me parece casi más inquietante que todo lo demás. Los personajes tienen un final, aunque sea terrible: Víctor muere consumido por su obsesión, la criatura promete destruirse a sí misma. Pero Ernest simplemente se queda fuera del relato, como si la historia hubiera decidido que no merece una conclusión.

No sé si Mary Shelley lo dejó así adrede o simplemente se olvidó de él —poco probable—. Las dos opciones me parecen igualmente válidas y, de alguna manera, igualmente perturbadoras. Si fue adrede, es un gesto de crueldad muy calculado: la historia se cierra para todos menos para el que tiene que seguir viviendo con ella.

Doscientos años después, seguimos sin saber qué fue de Ernest Frankenstein. Y quizá no haga falta saberlo. Quizá Shelley, adrede o sin querer, dejó ahí el hueco que toda gran historia necesita: el sitio donde el lector se asoma y, por un momento, se reconoce.

Yo me pregunto si no seremos todos, un poco, Ernest. Los que no creamos monstruos, ni fuimos destruidos por ellos, pero tuvimos que seguir viviendo al lado de la historia. Cargando, en silencio, con lo que otros dejaron sin terminar.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Separador

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.