maia en su cama

A las nueve: el ritual de cepillar a Maia

Cada mañana y cada noche, a las nueve, cepillo a Maia. Un gesto pequeño que me devuelve a los gatos que tuve y que ya no están. Una carta sobre el tiempo y las manos.

Son las nueve menos cinco de la mañana y Maia ya lo sabe. Lo sabe antes que yo, que todavía ando buscando el estuche de las gafas y comprobando por segunda vez que he apagado la vitro y fregado los platos del desayuno. Cuando salgo del dormitorio con el polo a medio abrochar, ella ya está allí: en la esquina derecha de la cama, la de siempre, la que queda junto al mueble donde guardo el cepillo. Sentada, muy recta, la cola enroscada alrededor de las patas, los ojos fijos en mí. No maúlla. A esta hora no hace falta. Le basta con estar en el sitio exacto para que yo lo entienda.

Abro el cajón. El cepillo de púas metálicas de color azul es nuevo, lleva apenas unos meses conmigo. Maia oye la apertura del cajón y algo cambia en ella: baja un poco la cabeza, se acomoda, ronronea ya antes de que la toque, como quien sabe que algo bueno se aproxima.

Empiezo por donde más le gusta, siempre por ahí: los lados de la cabeza, la barbilla, detrás de las orejas, esa franja del cuello donde el pelo se vuelve más espeso. Aquí es donde más ronronea, y donde empuja su frente contra las púas, reclamando más presión, como si el cepillo le dijera cosas que las caricias no saben decir. Me río un poco, bajito, para no romper el momento. Luego bajo al lomo, a los costados, y al final, lo que ella ya espera: la tumbo despacio de lado, panza arriba, y le cepillo entre las patas y el vientre, esa zona blanda que solo enseña quien se fía del todo. No se queja. No me muerde nunca. Si fuera por ella, estaríamos así hasta que se acabara el mundo.

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Y mientras le paso el cepillo, sin venir a cuento y a la vez viniendo a todo, me acuerdo de los otros.

De Tristón. De Coco. De Lucas. Los de pelo largo, los que ya no están. Con ellos el cepillo no era esto. Era una obligación, casi una pelea: los nudos que se formaban detrás de las patas, las marañas que había que deshacer con paciencia y alguna que otra protesta. Cepillarlos no era un regalo que ellos pidieran, era algo que había que hacer, por su bien, lo entendieran o no. No recuerdo sus caras con especial nitidez —da rabia, pero el tiempo se lleva primero las caras—. Lo que sí recuerdo, lo que tengo metido en las manos más que en la cabeza, es este gesto. El mismo. Las mismas púas, el mismo movimiento del brazo, la misma muñeca girando al final de cada pasada. Tristón era tranquilo, como Maia. Era una gozada cepillarlo. Coco se revolvía mucho, mordía y no le gustaba cuando le tiraba de los nudos, era el quejica. Lucas era algo pasota, pero algo impaciente. Nada más empezar a cepillarlo ya se quería marchar y había que agarrarlo bien para que no escapara.

Mis manos llevan media vida haciendo esto, sobre gatos distintos, en casas distintas, en años que ya no volverán. Y de pronto me parece que no he dejado de cepillar nunca, que es siempre el mismo gesto cruzando el tiempo, solo cambia el gato que tengo frente a mí.

Maia maúlla flojito, una queja mínima, y me devuelve a las nueve de la mañana. Me he quedado quieto, con el cepillo en el aire, perdido en quién sabe dónde. Ella no entiende de memorias; ella entiende que la mano se ha parado y eso, en su mundo, es un error que conviene corregir.

Le doy las últimas pasadas. Me incorporo, dejo el cepillo en su sitio, y entonces viene la parte que menos me gusta del día. Le acaricio una vez más la cabeza, le digo alguna tontería cariñosa, y cojo las llaves. Ella se queda en la cama, hecha un ovillo, y yo cierro la puerta sabiendo que detrás se quedan nueve horas de apartamento vacío y una gata que las pasará durmiendo al sol, esperando, supongo, sin angustia, porque los gatos no cuentan las horas como las contamos nosotros. Camino al trabajo, en el ascensor, y durante un rato, en el coche, todavía tengo el ronroneo en la palma de la mano.

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Regreso a media tarde. Y a las nueve de la noche, otra vez las nueve, ocurre lo segundo.

Esto no lo empecé yo. Esto lo inventó ella. Cuando me acerco a la cama para acostarme o para leer un rato, Maia se adelanta, va derecha a la esquina de siempre y me maúlla. Esta vez llama la atención. Si llego más tarde de lo habitual o si la ignoro —a veces lo hago, solo por ver qué hace—, maúlla más fuerte, con esa insistencia que reserva para dos únicas cosas en la vida: la comida y esto. Para nada más alza así la voz. Y a mí me desarma, qué quieres que te diga, que una criatura tenga en todo el repertorio de sus deseos solo dos cosas tan grandes, y que una de ellas sea que yo le pase un cepillo por el lomo es algo que no deja de asombrarme.

Así que vuelvo a sacar el cepillo. Y repetimos, más despacio ahora, sin prisa de reloj ni de trabajo, con el sol cruzando el horizonte y la casa oscureciendo en silencio. La cabeza, el cuello, el lomo, la panza arriba. El ronroneo llenando el cuarto. Mis manos haciendo otra vez lo que llevan media vida haciendo.

maia en cama

Si no doy yo la sesión por terminada, ella seguiría. De eso estoy seguro. Soy yo el que un día aprenderá, como aprendí con los otros, que estos ratos no son infinitos, que llegará una noche en que la esquina de la cama esté vacía y el cepillo siga en el cajón perdiendo color sin que nadie venga a pedirlo. Pero esa noche no es esta. Esta noche Maia ronronea, empuja su frente contra las púas, y el mundo cabe entero en la esquina derecha de una cama.

Le doy una última pasada. Ella estira una pata, satisfecha, y cierra los ojos. Yo guardo el cepillo, apago la luz, y pienso —ya medio dormido, ya sin palabras— que ojalá queden muchas nueves. Muchas de la mañana y muchas de la noche. Muchas manos pasando el cepillo. Muchas, muchísimas, todas las que el tiempo quiera darnos.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.