Antes de empezar, te aviso: hoy no vengo a escribir bonito. No vengo a consolar, ni a suavizar, ni a envolver el golpe en metáforas elegantes que arrojen un poco de luz. Hoy no hay luz. Hoy hay humo, fuego y esa rabia que uno siente cuando la vida se empeña en darte golpes donde más duele. Esta carta sale como sale, desde el enfado y desde la sinceridad más incómoda. Si estás viviendo algo parecido, quizá te reconozcas en este tono. Y si no, al menos sabrás por qué hoy escribo desde la rabia, y no desde la calmada reflexión habitual.
Vamos al grano.
Hay amores preciosos que llegan sin tocar la puerta y de los lugares más improbables. Y este amor —el que me está obligando a escribir esto— llegó a través de Substack. Sí, como lo oyes. Hablo de una lectora. Una persona que apareció leyendo mis textos, comentando, respondiendo, haciéndome sentir algo que hacía tiempo que nadie me hacía sentir. Y poco a poco, sin planearlo, se formó una conexión que me desarmó por completo. Me desarmó para bien. Porque es real. Tan real que me obligó a mirarme hacia dentro. Tan real que movió cosas —a mis cincuenta y tantos— que ya daba por muertas. Comenzamos con conversaciones telefónicas de 9 horas, continuamos con videollamadas prácticamente todos los días. Y acabé viajando para conocerla.
Nos conocimos en persona, y nos gustamos. Fue algo maravilloso.
Pero también hay una parte menos bonita. Es un amor que se vive a distancia. Y no hablo de distancias poéticas, no: hablo de dos mil quinientos kilómetros reales, contantes y sonantes, hablo de vidas separadas, de presentes que no pueden tocarse. Hablo de un amor que crece donde no puede sostenerse…
Y eso lo complica todo. Eso lo jode todo. Porque la vida a veces es muy jodida y no se anda con ambages ni tonterías.
Lo peor es que el amor está ahí. Vivo. Presente. Late cada vez que veo su nombre. Se enciende cada vez que leo sus palabras. Me atraviesa como si estuviera a dos metros, cuando en realidad hablo con ella por teléfono o videollamada. Y aun así la siento muy cerca. Demasiado cerca como para llamarlo ilusión, pero demasiado lejos como para poder abrazarla.
Y eso es lo insoportable.

Dejar ir a alguien porque ya no la amas es fácil. Dejarla ir amándola mucho es otra historia. Una que duele y cabrea a partes iguales. Una que no tiene solución buena. Una que te obliga a elegir entre dos formas de perder.
Porque sí: sigues amándola. No es pasado. No es un capítulo cerrado. Estás dentro. Estás enamorado hasta las trancas. Y aun así tienes que asumir que tu historia de amor no puede avanzar. Porque no tienes margen de maniobra. Porque la jodida distancia no se va a mover. Porque ninguno de los dos puede cambiar de vida. Porque no hay manera de que se convierta en algo que no sea un sentimiento enorme de amor atrapado en un espacio muy lejano.
Y eso te destroza. Porque aquí no hay culpables. No hay traición. No hay engaño. No hay falta de interés. Lo que hay es una realidad que se impone: lo que sentís no puede vivirse fuera de las palabras o de las pantallas.
Y llega un punto en el que lo notas: te estás rompiendo por dentro. Le rompes el corazón a ella. Por saturación. Porque estás sosteniendo algo que no puede avanzar ni convertirse en nada más. Porque cada mensaje te alegra y te mata a la vez.
Ahí es donde entra la decisión que nadie quiere tomar: dejar ir.
No porque quieras, sino porque la amas demasiado.
No porque ella te haga daño, sino porque este formato de amor le hace daño.
No porque no haya futuro, sino porque no hay forma de construirlo.
Y claro que duele. Duele muchísimo. Duele en sitios que no sabías ni que existían. Duele todo el cuerpo. Duele cada vez que piensas en cómo habría sido si las circunstancias hubiesen sido otras. Duele saber que no estás dejando ir una fantasía, sino una persona real. Una mujer real, maravillosa, inigualable. Alguien que te importa de verdad.
La desesperación viene de saber que lo correcto también te destroza. Que no hay salida sin dolor. Que no hay decisión buena. Solo la menos dañina.
Pero aun así lo haces. Lo haces porque seguir sería desastroso. Lo haces porque, en el fondo, sabes que seguir sería convertir un amor bonito en una herida lenta, en un martirio.
Y no, esto no te convierte en cobarde. Tampoco en irresponsable. No eres un fracaso por dejar ir, aunque lo pienso. Eres alguien que ve la pared delante y entiende que estrellarse no es una opción válida para ninguno de los dos.
Y sí, te vas a levantar días sintiendo que te arrancaron algo. Vas a recordar conversaciones que te encendían. Vas a abrir Substack, la plataforma donde la conociste con miedo a encontrarla y con miedo a no encontrarla. Vas a seguir amando, por una cantidad de tiempo que no puedes decidir tú. La gente te dirá que todo pasa. Que ya llegará alguien más. Que no era para ti. Mentira tras mentira. No porque no tengan buena intención, sino porque no entienden una mierda de lo que se siente dejando ir al amor cuando ese amor se siente tan fuerte. Esta no es una ruptura común. Es una amputación emocional hecha sin anestesia. Es una putada en toda regla.
No voy a mentirte: la pérdida en estos casos es insoportable. Mucho más insoportable de lo que nadie te dice. Porque sigues sintiendo. Sigues amando. Sigues imaginando cómo habría sido. Sigues buscándola en cada frase que escribes. Sigues despertándote con el corazón vacío y recordando que ese vacío tiene nombre, aunque no quieras pronunciarlo. Pero aun así, avanzas. A trompicones. Con ira. Con nostalgia anticipada. Con la sensación de haber cometido la decisión más correcta y más cruel de tu vida.
¿Habrá un día en el que deje de doler? Sí, claro. Pero ese día no es hoy. Ni mañana. Ni probablemente pasado. Este tipo de pérdidas se curan al ritmo que les da la gana, no al que tú deseas… o quizá no curen nunca.
Habrá un día en que entenderás que esta decisión, tan brutal como es, fue la única forma de no destruirte. De no destruirla. Y la única forma de no convertir este amor en algo oscuro e insostenible.
Dejar ir no es olvidar.
Tampoco es dejar de sentir.
Dejar ir es reconocer que el amor existe… pero que no tiene dónde quedarse.
Es amar sin destruir.
Una cosa sí tengo clara: Substack no volverá a ser lo mismo para mí a partir de ahora. Porque hay un antes y un después de ella; y hay un antes y un después de Substack en mi vida. Y a ella la conocí allí. Y ahora mismo culpo a Substack de mis males. Culpo a Substack de haber sido el transmisor de algo tan bonito y de arrebatármelo tan pronto. Porque sí, tengo que culpar a alguien y no puedo, porque siento mucha rabia, porque esa plataforma no es consciente de lo que es capaz de lograr, de conseguir… y creo que debería advertir sobre ello.
Ya puedo tirar por tierra cartas escritas como ésta, donde en pleno sentimiento de amor quinceañero pensaba que la distancia era algo salvable. Pues no. Me equivocaba estrepitosamente, flagrantemente. La distancia es algo horroroso, y ahora lo sé.
Todo esto ocurrió en plenas Navidades, la época del año que menos me gusta, y ahora tengo otra razón más para odiarlas. Las heridas tienen que sanar… mal escenario el que se me plantea, porque nadie está preparado para dejar marchar al amor de su vida, aun sabiendo que está haciendo lo correcto.
La ruptura se produjo justo el 31 de diciembre. No tengo muy buenas expectativas para el nuevo año, pero hay que pasarlo. Todo lo malo pasa, igual que todo lo bueno pasa, así que no sé qué me deparará el futuro. Ahora necesito tiempo para sanar. Seguro que sabrás entenderme.
Hasta pronto.
Gracias por estar. 💙
Jaime.

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.


