La tristeza

Ese sentimiento, tranquilo y pausado, que es parte del camino.

No encuentro mejor momento para escribir sobre la tristeza que cuando uno está triste. Apenas llevo unos días de vuelta de un viaje de siete días por Galicia, donde he pasado unos momentos entrañables e inolvidables junto a una persona inigualable. Pero ahora, a mi regreso, siento que me faltan cosas, siento que he dejado parte de mí atrás y que tardaré algunos meses en recuperar.

La tristeza no siempre golpea con estrépito. No siempre irrumpe como un relámpago o un terremoto que sacude los cimientos de nuestros pensamientos. A veces nos visita como un orballo que se filtra sin permiso, como esa humedad que nos va calando la piel y acaba, sin que lo notemos, ocupando el cuerpo entero. Y se posa en el pecho, discreta pero constante, como un huésped que nunca se anuncia y que, aun así, acaba sentándose al lado de nuestro corazón.

La tristeza tiene algo de invisible. No siempre se reconoce en el instante en que llega; a veces se oculta detrás de un gesto de normalidad. Pero ahí está, aguardando, como una sombra que se arrastra detrás de uno, aunque el sol brille. Y en su discreción se esconde una lección: nos obliga a pausar, a dejar de correr, a atender lo que bulle por dentro.

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Enemiga o Maestra

Siempre me he preguntado si la tristeza es enemiga de la vida o una de sus maestras más severas. Quizá sea las dos cosas a la vez. De niño, me parecía un error, un fallo en el sistema. Estar triste era como tener un juguete roto: había que arreglarlo cuanto antes. Bastaban unas lágrimas, un abrazo cálido de mi madre, y el engranaje volvía a moverse. Pero al crecer descubres que hay tristezas que no necesitan arreglo, simplemente necesitan compañía.

«Que no te atormente el porvenir. Te encontrarás con él, si es necesario, armado con la misma razón con que hoy afrontas el presente.»

– Marco Aurelio.

Estoy aprendiendo que la tristeza, cuando se la escucha, se parece más a un libro subrayado que a una herida abierta. Cada lágrima ilumina el margen de una hoja con un comentario secreto: «aquí hubo algo que te importó» , «aquí hay un sueño que quizá algún día llegue a cumplirse» , «aquí un amor que te sostiene y que está lejos en la distancia.»

La tristeza es incómoda, sí, pero también es reveladora. En el fondo, no viene a destruirnos, sino a recordarnos que seguimos siendo capaces de sentir.

El peso de la memoria

La tristeza suele colarse disfrazada de memoria. Llega sin aviso, escondida en un olor, en una fotografía, o como me ha ocurrido a mí, después de un viaje repleto de esperanza. Basta con oler café recién hecho por la mañana, compartido con el pensamiento de alguien ausente, para que vuelva a la superficie. Basta escuchar unas notas de una canción en común para que te atraviese como un rayo. Es sorprendente, en ocasiones, cómo algo tan intangible puede pesar tanto, como si la memoria tuviera densidad y nos hundiera hacia dentro.

Y, sin embargo, hay belleza en ese peso. Cada tristeza es, en el fondo, una prueba de vida. Nadie llora por lo que no le importa. Cada lágrima tiene detrás una historia: un amor, una pérdida, una esperanza, o simplemente un momento. En ese sentido, llorar es también agradecer.

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Creo que vivimos obsesionados con huir de la tristeza. Nos educaron en la idea de que la felicidad es el único horizonte válido y que todo lo demás es error o desvío. Como si estar triste nos volviera defectuosos. Pero, ¿y si la tristeza no es un accidente, no es algo a evitar, sino un tramo inevitable del camino?

No se trata de glorificarla ni de hacer de ella un altar. Se trata de entender que también tiene su sitio. Sentirse triste es como sentarse en la orilla de un río y ver cómo pasa el agua, fría y oscura, arrastrando ramas, hojas secas, piedras. Esa corriente no la puedes detener, pero sí la puedes acompañar. Y en ese acompañamiento ocurre algo importante: mientras la dejas fluir, sientes que algo en ti también se libera y que puede convertirse en otro sentir, en esperanza, en amor, en comprensión, en tantas otras cosas…

Decía Emil Cioran: «Quien ha mirado a la tristeza a los ojos ya no tiene nada que temer.» Y es que, aceptar la tristeza es reconocer que también forma parte de la travesía.

He visto a la tristeza en los ojos de desconocidos, en el semblante de personas ancianas, en el gesto de alguien que ríe pero con la risa forzada, en el silencio de quien guarda palabras que no se atreve a pronunciar. Y he sentido un reflejo: me he visto en ellos. Porque la tristeza es universal, pero también única en cada quien. No distingue edades, ni dinero, ni poder. Se posa sobre todos por igual.

La diferencia está en lo que hacemos con ella. Algunos la pintan en un lienzo y la vuelven color. Otros la escriben en un papel y la transforman en poesía. Otros la caminan bajo la lluvia, pensando en las gotas de agua como en sus propias lágrimas. Yo, en cambio, a veces la invito a sentarse conmigo, le sirvo una taza de café y le pregunto qué me viene a decir esta vez.

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La sombra de la alegría

Con los años estoy comprendiendo que la tristeza no es lo opuesto de la alegría, sino su sombra inseparable. No puede haber luz sin sombra, ni sombra sin luz. La alegría existe porque la tristeza la delimita, le da contraste, la hace visible.

¿De qué otra forma sabríamos lo que es la plenitud si no hubiésemos sentido antes la carencia?

Es como el atardecer: esos colores imposibles, que nos dejan sin aliento, solo aparecen porque el sol se esconde. La tristeza cumple la misma función: señalar la belleza de lo perdido, de lo efímero; de lo que, probablemente, no se repetirá jamás, o quizá sí.

Aceptar la tristeza es aceptar la vida entera. No expulsarla a patadas, no disimularla bajo la máscara del sinsentido. Hay que dejar que se siente un rato, escuchar su relato, lo que nos quiere decir, porque siempre trae un mensaje certero, y a veces, ese mensaje es justamente lo que nos permite seguir caminando con más ligereza.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.