derecho a olvidar

Derecho a olvidar

No quiero olvidar porque fue bonito, pero tampoco quiero recordar de una forma que me haga daño.

Existen pensamientos que no pueden evitarse. Estos días, en el trabajo, estamos en plena campaña para el día de los enamorados, y hoy me he levantado cabreado con la vida pensando en ello. Esta vez el pensamiento que me ha asaltado es el hecho de darme cuenta de que mi bonita historia de amor no ha podido llegar siquiera al 14 de febrero. Y eso me ha enfadado un poco. Siento algo extraño, porque yo siento amor todavía, pero no tengo con quién celebrarlo. No recuerdo si esto me pasó antes alguna vez, creo que nunca, aunque también es verdad que ya ni me acuerdo cuándo fue la última vez que celebré dicha fecha. El caso es que no podré celebrarlo. Y en el fondo me habría hecho ilusión. Ya ves, son cosas que nunca —en los últimos años— han tenido importancia para mí, pero ahora sé que lo echaré de menos. Cosas de «persona ñoña» supongo…

Necesito empezar a olvidar…

derecho a olvidar

Hay días en los que el año pasado me asalta sin pedir permiso. Decide aparecer en una canción que salta sola en una lista de reproducción, en una foto que asoma en el móvil como si fuera una notificación directa al corazón, en un libro que pasa por mis manos con una dedicatoria manuscrita de alguien especial, escrita con una caligrafía que parece tener vida todavía.

Y entonces mis pensamientos me juegan malas pasadas: de repente quiero retenerlo todo. Cada cosa que recuerdo, cada risa, cada mensaje, cada tarde-noche que parecía infinita, como si el tiempo hubiese decidido sentarse con nosotros y olvidarse del reloj. Me da miedo que los detalles de ese precioso pueblo gallego se me escapen, las calles, los olores del monte, el color exacto de una tarde concreta, el río, las nubes, los molinos, se vayan difuminando hasta convertirse en una idea vaga, borrosa, o sin vida.

Me da miedo que el tiempo, con su educación impecable y su —a veces— mala memoria, lo vaya borrando todo como quien limpia una pizarra al final de la clase. Me da miedo que olvidar sea una forma elegante de traicionar todo lo bonito que fue. Como si al dejar ir los recuerdos estuviera diciendo, sin querer, que no importaron tanto. Y sé que sí importaron. Importaron mucho.

Pero también sé —porque lo siento en el cuerpo, y no en la cabeza— que tengo recuerdos que ya no saben abrazar. Que tengo memoria de cosas que antes eran hogar y ahora son una casa vacía donde resuena demasiado el eco de mis propios pensamientos. Ya no hacen ruido, pero pesan mucho. Pesan en las mañanas que empiezan torcidas, y en las noches en las que uno se queda mirando al techo con la sensación de haber llegado tarde a algo que ya pasó.

Y uno puede vivir con ese peso durante un tiempo, sí. Incluso se acostumbra. Aprende a caminar más despacio, a no girarse de golpe, a medir los pasos. Pero no toda la vida. Porque vivir no debería ser solo cargar, también ha de ser soltar de vez en cuando.

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Últimamente pienso mucho en eso que llaman «el derecho a olvidar». Y lo pienso como una maniobra de autocuidado, no como un acto de borrado. Como cuando decides guardar un objeto querido en una caja o en un cajón, no porque ya no importe, sino precisamente porque importa demasiado como para tenerlo siempre a la vista. Porque hay cosas que, si las miras todos los días, terminan gastándote por dentro.

Mi memoria tiene la mala costumbre de ser selectiva con lo que más duele. Me devuelve escenas con una nitidez casi cinematográfica: la imagen de un día concreto, fechas que duelen aunque intente pasar de largo, miradas sostenidas un segundo de más, o una conversación que parecía pequeña y que ahora se me antoja enorme. Lo curioso es que esa memoria selectiva no me trae los días grises, ni las horas muertas, ni los silencios incómodos. Solo lo bonito. Solo lo que ahora realmente duele más.

A veces creo que mi memoria no quiere ser justa, quiere ser poética. Me cuenta la historia una y otra vez como si fuera un relato bien editado, lleno de luces y sin sombras. Y claro, así cualquiera se quedaría a vivir en el pasado, como si fuera un lugar mejor que el presente.

Y ahí es donde aparece el conflicto: ¿qué hago con todo eso que fue hermoso y ahora duele? ¿Lo guardo como un tesoro o lo dejo ir como quien suelta una cometa al viento, con la esperanza de que no se estrelle, de que simplemente se aleje despacio hasta convertirse en un punto en el cielo?

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Al final he llegado a una conclusión provisional: olvidar no es perder, es cambiar de forma. Es permitirme que un recuerdo deje de ser una herida abierta y se convierta en una cicatriz que ya no sangra, pero que siga contando una historia. Supongo que hay que ser más valiente y tendré que aceptar que no todo lo vivido tiene que acompañarme para siempre en primera fila. Algunas cosas merecen pasar a la estantería del fondo, donde sigan existiendo, pero desde donde no me miren cada mañana al despertar.

Escribir todo esto, al final, es mi manera torpe de despedirme despacio, con cierta calma. De coger cada recuerdo bonito del año pasado, mirarlo un segundo más —el justo— y luego colocarlo en el sitio que merece. No en el centro del día. No en el primer pensamiento de la mañana. Colocarlo simplemente en el lugar que menos duela.

Porque quiero seguir agradecido por lo que fue, sin que me duela por lo que ya no es. Quiero recordar con una sonrisa apacible, no con ese nudo en la garganta que te deja sin aire a mitad de frase. Quiero que el pasado sea un lugar al que pueda volver de vez en cuando, no una habitación en la que me quede a vivir.

Y si para eso necesito ejercer mi pequeño, íntimo y humano derecho a olvidar un poco, entonces lo haré sin culpa. Sin dramatismo. Sin discursos vacíos.

No por desamor.
Sino por cuidado propio.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.