Hay algo curioso en el amor que se experimenta después de cumplidos los 40 años y que casi nadie cuenta, o al menos no de la forma en que hubiera sido útil escucharlo: cuando nos acercamos a alguien, no lo hacemos solo con la piel, la voz o los gestos cotidianos que vamos cultivando con el tiempo. También llevamos con nosotros las historias que nos han marcado, los silencios que aprendimos siendo más jóvenes, las heridas antiguas que creíamos cerradas y que, sin embargo, muchas veces se activan como si acabaran de ocurrir. Es extraño, porque a simple vista todo parece sencillo: dos personas que se quieren, que comparten días, palabras, comida, cama. Pero por debajo de ello, en territorios del pensamiento y de los sentimientos, muchas veces se mueven cosas que pertenecen a tiempos pasados.
No hablo de grandes traumas ni de tragedias, hablo de esa sensación de querer ser amado, de querer sentirse elegido, de necesitar que la conexión siga ahí aunque no se diga cada día. Porque cuando el amor está cerca uno se siente amparado, precisamente porque el amor se siente; como si la vida se volviera más fácil de sostener. Pero cuando el otro se queda un poco hacia adentro, por trabajo, cansancio, cambios internos o simplemente porque está en otra marea emocional, algo dentro de nosotros tiembla, y ese temblor muchas veces es más antiguo que la relación misma. Es el cuerpo recordando cuando necesitábamos afecto y no siempre lo recibíamos, cuando mirábamos buscando una señal y no llegaba, cuando la espera dolía más de lo que podíamos expresar.

Yo tengo claro que, en el terreno del amor, el pensamiento y los sentimientos no siempre van de la mano. Uno no siempre piensa como siente y viceversa.
El pensamiento adulto lo entiende: todos tenemos días en los que el mundo se nos hace bola, momentos en los que necesitamos silencio, espacios donde procesar lo nuestro. Pero los sentimientos no son tan razonables. El cuerpo responde de otra forma. Cuando percibe distancia en el otro, no piensa «la otra persona necesita espacio». Sino que siente «me estoy quedando solo». Es ahí donde el amor se vuelve más complejo, porque uno podría confundir esa reacción con dependencia o con inseguridad, cuando en realidad se trata de algo mucho más humano: el miedo a perder algo que nos importa mucho.
Y lo que de verdad importa muchas veces es cómo respondemos a ese miedo. Podemos convertirlo en exigencia, reclamar atención, demanda disfrazada de necesidad, querer llenar el silencio con palabras que presionan —todo ello poco recomendable—, o podemos quedarnos un momento en nosotros mismos, respirar hacia adentro y reconocer: «esto que siento no viene solo de ahora; esto tiene historia, viene de atrás». Cuando logramos hacer eso, algo se suaviza. La relación deja de ser un campo de batalla donde uno espera ser compensado o reparado, y pasa a ser un lugar donde dos heridas pueden coexistir sin necesidad de esconderse.
No se trata de ser fuerte en el sentido estéril de aguantarlo todo. Tampoco se trata de fingir autosuficiencia. Se trata de aprender a acompañarse: decirse a uno mismo que el amor no tiene que estar siempre encendido ni sostener una efusión constante para ser verdadero, aceptar que hay etapas de presencia ardiente y etapas de bruma, y que ambas cosas forman parte del paisaje.
Creo que el amor adulto es ese espacio donde uno puede decir, sin miedo y sin reproche: «te quiero, incluso cuando estás lejos; estoy aquí, incluso cuando el día se torna oscuro; puedo sostenerme, pero también quiero sostener contigo». No porque necesitemos que el otro cure nada, no, sino porque amar también es aprender a acompañar lo que nos duele —y acompañar lo que duele en el otro— sin exigir que desaparezca. Con escuchar basta. Sin juzgar.
Ya lo decía Julio Cortázar: «Querer a las personas como se quiere a un gato, con su carácter y su independencia, sin intentar domarlo, sin intentar cambiarlo, dejarlo que se acerque cuando quiera, siendo feliz con su felicidad.» Para él, el amor no debía encadenar, sino acompañar. Los gatos no están siempre encima, pero vuelven. Van a lo suyo, pero eligen quedarse. Y quizá esa sea una forma más auténtica de amar: sin ahogos, sin miedos, sin la obsesión de que el otro nos pertenezca.
No sé, supongo que amar entre heridas de un pasado más o menos reciente, es amar diferente, amar distinto. Pero es amar, a fin de cuentas.

¿Y si el amor fuese una casa?
Es verdad que hay días en los que el amor se siente como una preciosa casa, recién ventilada. Entras y todo huele a pan recién hecho y a sol de mediodía. Hay risas en la cocina, pasos tranquilos por el pasillo y una cama que dan ganas de deshacer con calma. Ahí todo es fácil. Ahí uno piensa: «qué sencillo es vivir aquí».
Pero la vida no siempre es fácil ni hace las cosas sencillas. Para nada.
A veces la misma casa se queda en silencio. Las ventanas no se abren con la misma frecuencia, el salón se enfría un poco y parece que el sofá ya no invita a sentarse tan juntos. Y no es que haya desaparecido el amor, simplemente se ha movido, ha cambiado.
Lo curioso del amor es que muchos creemos que se sostiene solo, como si tuviera calefacción central automática. Y no. El amor maduro es más bien una casa antigua que requiere cuidado: abrir las ventanas, barrer el polvo, encender la luz en habitaciones donde hace tiempo que no entramos…
Tampoco hablo de grandes cosas. No es pintar la fachada, ni cambiar los muebles por otros más nuevos. Hablo de lo pequeño: un «estoy aquí», un «te echo de menos», un «qué tal estás», palabras que se sientan de verdad y no solo cortesía.
Eso es airear la casa.
Y es que está visto que el amor también pasa por temporadas silenciosas. Y ahí es donde es fácil ponerse nervioso. Uno empieza a pensar que la distancia es desamor. Que la calma es abandono. Que la falta de palabras es la antesala del adiós.
Pero quizá solo es que esté llegando el invierno…
Quizá la casa sigue en pie, firme, bonita, cálida en su centro… solo que el sol ahora entra por otra ventana.
Puede que estemos tan acostumbrados al amor que hace ruido —el entusiasmo, la chispa, la fogosa y rápida pasión— que cuando el amor se vuelve más tranquilo, más de brasero que de hoguera, nos asustamos.
Sin embargo, en esa tranquilidad también ahí hay belleza.
Y es en esa tranquilidad, donde el amor te mira y te pregunta:
—¿Vas a quedarte a cuidar la casa conmigo?
—¿O solo te gustaba cuando brillaba?
Ahí es donde uno madura de verdad en el amor.
Porque amar no es exigir que la casa esté siempre radiante.
Amar es seguir encendiendo luces cuando cae la tarde.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.



