turbulencias de vida

Turbulencias de vida

Hay decisiones ajenas que sacuden nuestra confianza, pero las turbulencias no siempre anuncian una caída: a veces recuerdan que seguimos volando.

Estos días está habiendo muchas turbulencias en el trabajo. Decisiones de compañeros que provocan que uno se haga muchas preguntas. Siempre se dice que en todos los trabajos se cuecen habas, pero a veces ocurren cosas difíciles de comprender y que arrastran, como torbellinos emocionales, los sentimientos de personas como yo, que no salgo de mi asombro ante la desidia de algunas decisiones tomadas por personas que creía más enteras y responsables con su trabajo y con sus compañeros.

No voy a entrar en detalles. No porque no los tenga, sino porque los detalles pertenecen a quienes han tomado sus decisiones y tendrán que convivir con ellas. Esta carta no trata tanto de lo que ha sucedido como de lo que ocurre dentro de uno cuando descubre que alguien no era exactamente como pensaba.

Hay decepciones que hacen ruido. Llegan con discusiones, puertas que se cierran y palabras que cuesta olvidar. Otras, sin embargo, apenas levantan la voz. Se presentan una mañana cualquiera, disfrazadas de una noticia inesperada, y se quedan flotando en el ambiente como una pregunta que nadie se atreve a formular.

¿Qué ha pasado aquí?

Aunque quizá la pregunta verdadera sea otra:

¿Cómo no me di cuenta antes?

turbulencias de vida

Uno trabaja durante años junto a otras personas y termina construyendo una imagen de ellas. No necesariamente una amistad, pero sí una especie de confianza cotidiana. Ves cómo llegan cada mañana, cómo responden ante los problemas, cómo hablan de la responsabilidad, del compañerismo y del compromiso. Compartes jornadas buenas y malas, días tranquilos y otros en los que parece que todo va a derrumbarse antes de la hora del almuerzo.

Y, sin darte cuenta, vas concediendo pequeños créditos de confianza.

Crees que, llegado el momento, esa persona actuará con sensatez. Que medirá las consecuencias. Que pensará no solo en sí misma, sino también en quienes quedan detrás recogiendo los pedazos. Quizá no esperas heroicidades, pero sí consideras que existen unas mínimas reglas no escritas entre quienes comparten un trabajo.

Después sucede algo y descubres que quizá habías confundido presencia con compromiso, palabras con principios o costumbre con lealtad.

Eso es lo que más desconcierta.

No la decisión en sí, porque cada persona tiene derecho a tomar las riendas de su vida y cambiar de rumbo cuando lo necesite. Nadie está obligado a permanecer eternamente en un lugar en el que ya no quiere estar. Lo difícil de aceptar son las formas. La despreocupación. Esa manera de marcharse emocionalmente antes de haberse marchado de verdad, dejando que otros carguen con las consecuencias.

Supongo que mi problema es que todavía creo en ciertas cosas.

Creo que el trabajo no es únicamente una sucesión de horas a cambio de un salario. Creo que existe una responsabilidad hacia las personas que comparten contigo el cansancio, las urgencias y los imprevistos. Creo que, cuando una decisión personal afecta a los demás, al menos hay que intentar causar el menor daño posible.

Tal vez sea una manera antigua de mirar el mundo.

O tal vez no.

A veces me pregunto si soy demasiado ingenuo. Si espero de los demás una coherencia que ni siquiera ellos se han planteado tener. Quizá doy por sentado que todos sentimos el mismo peso de la responsabilidad, cuando la realidad demuestra que cada uno lleva una balanza distinta en el bolsillo.

Lo que para mí es una obligación moral, para otra persona puede ser simplemente una molestia.

Lo que para mí exige una conversación honesta, para otra puede resolverse con un gesto indiferente.

Y ahí comienzan las turbulencias.

No las que se ven desde fuera, sino las que uno siente por dentro. Una mezcla extraña de enfado, tristeza y decepción. El deseo de comprender enfrentado a la evidencia de que hay cosas que no tienen una explicación capaz de tranquilizarnos.

Durante estos días he dado muchas vueltas a todo. He reconstruido conversaciones, recordado momentos y buscado señales que quizá siempre estuvieron allí. Es uno de mis defectos: cuando algo me afecta, necesito entenderlo. Como si encontrar una causa pudiera ordenar también lo que siento por dentro.

Pero hay comportamientos que no se comprenden porque parten de una forma de mirar la vida muy distinta a la mía.

Y quizá ahí esté la enseñanza.

No puedo exigir a los demás que actúen como lo haría yo. Tampoco puedo evitar sentirme decepcionado cuando descubro que no lo hacen. Lo único que puedo hacer es decidir y pensar qué hago con esa decepción.

Podría volverme más desconfiado. Podría levantar muros, endurecerme y dejar de esperar nada de nadie. Sería una forma de protección, pero también una derrota. No quiero que las decisiones irresponsables de otras personas terminen transformándome en alguien que ya no reconoce la confianza, el compromiso o la generosidad.

Prefiero seguir creyendo, aunque sea con los ojos más abiertos.

Seguir confiando, aunque no de manera ciega.

Seguir haciendo mi trabajo como entiendo que debe hacerse, no porque todos actúen igual, sino precisamente porque no todos lo hacen.

Las turbulencias, cuando uno viaja en avión, provocan una sensación incómoda de fragilidad. El aparato se mueve, los objetos tiemblan y durante unos segundos parece que hemos perdido el control. Sin embargo, la mayoría de las veces el avión continúa avanzando porque está construido para resistir esos movimientos.

Tal vez nosotros también seamos así.

No podemos impedir que la vida nos sacuda de vez en cuando. No podemos controlar las decisiones ajenas ni evitar que algunas personas nos decepcionen. Pero sí podemos aprender a atravesar esos momentos sin permitir que nos aparten del rumbo.

Estos días el trabajo se mueve bajo mis pies.

Hay preguntas, silencios y cierta tristeza.

Pero sigo aquí.

Con algo menos de inocencia, quizá, y con la misma voluntad de continuar haciendo las cosas lo mejor posible. Porque las turbulencias no siempre anuncian una caída. A veces solo nos recuerdan que seguimos volando.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Separador

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.