cumplir anos despues de los ochenta

Cumplir años después de los 80

Mi madre cumple ochenta y una primaveras. Y yo pienso en lo que significa llegar a esa edad con vitalidad, con cariño alrededor, y con la tranquilidad de quien ha vivido de verdad.

Este domingo 14 de junio —hoy, si lees esta carta el día que se publica— es el cumpleaños de mi madre. Cumple ochenta y una primaveras. Estos días estoy pensando, irremediablemente, cómo puede sentirse ella con esos años a juzgar por cosas que le oigo decir y comentar. Ya me gustaría a mí llegar a esa edad con la vitalidad y la alegría que ella desprende todos los días, a pesar de sus achaques.

Curiosamente, lo que más le oigo comentar es que ella necesita hacer lo que le da la gana. Esas cantinelas de que tiene que cuidarse, bajar de peso, cuidar la alimentación, etcétera, son cosas que no van con ella. Aunque, por otro lado, es perfectamente consciente de que tiene que cuidarse si quiere seguir cumpliendo años.

Desde mi punto de vista y el de mis hermanos, ya nos da la sensación de que hemos llegado a un punto en la vida en el que no puedes perderte un cumpleaños porque, quizás, pueda ser el último. Ella también lo dice, con tranquilidad y sin dramatismos. Vamos, que lo tiene bien asumido ya.

Y eso, que lo tenga asumido, es tal vez lo más hermoso y lo más difícil de digerir a la vez. Tiene que ser muy liberador llegar a cierta edad sin miedo. Y no precisamente porque la vida haya dejado de importar, sino porque ha importado tanto que uno ya no necesita aferrarse a ella con uñas y dientes. Mi madre ha vivido. Ha vivido de verdad: con sus alegrías y sus pérdidas, con sus decisiones acertadas y con las que no lo fueron tanto, con años de mucho y años de poco. Y eso, al final, imagino que es lo que da la paz. No es la perfección de una vida sin errores, sino que se trata de la plenitud que otorga una vida bien vivida.

Me pregunto a veces si nosotros, los que todavía estamos en el tramo medio del camino, somos capaces de entender eso. Vivimos tan ocupados intentando optimizarlo todo —el trabajo, la salud, el tiempo, las relaciones— que a veces olvidamos que la vida no es un proyecto de mejora continua. Es algo que se vive, con todo lo que eso conlleva.

Hay una cosa que me parece especialmente valiosa en alguien que llega a los ochenta y tantos con esa actitud: la coherencia. No me refiero a la coherencia de quien nunca se equivoca, sino a la de quien ha llegado a ser, con los años, exactamente quien quería ser. O algo parecido. Porque nadie llega exactamente a donde imaginó, pero hay personas que, a pesar de las curvas del camino, no pierden el norte. Mi madre es una de ellas. Siempre dice estar contenta de haber conseguido lo que ha conseguido y de haber trabajado en lo que ha trabajado.

Y luego hay otra cosa, que para mí es igual de importante: llegar a esa edad rodeada del cariño de sus hijos. Esto no es algo que se da por sentado. Hay personas que llegan a los ochenta años solas, o distanciadas de los suyos por heridas que el tiempo no ha podido cerrar del todo. El cariño entre padres e hijos es una planta que hay que regar toda la vida. A veces lo hacemos bien, a veces menos bien. Pero que hoy, en este cumpleaños, podamos estar ahí —física o emocionalmente— me parece un regalo que ninguno de los dos lados debería subestimar.

Ella nos ha dado muchas cosas a lo largo de los años. Algunas muy concretas, otras difíciles de expresar. Esa capacidad que tiene de tomarse la vida con humor incluso cuando duele, por ejemplo. O de encontrar motivos para estar contenta en los sitios más inesperados. Son cosas que uno ha ido absorviendo sin darse cuenta, y que luego aparecen, cuando menos te lo esperas, en la forma en que uno afronta sus propias dificultades.

También nos ha enseñado, sin proponérselo, que las cosas importantes no suelen tener prisa. Que una buena conversación vale más que mil mensajes. Que sentarse a la mesa sin mirar el móvil todavía es posible. Que la sobremesa es importante. Que a veces lo que más necesita la gente es simplemente que estés ahí, sin más. Son lecciones que no se aprenden en ningún sitio pero que, si tienes suerte, alguien te las transmite sin decirte una sola palabra.

Cumplir ochenta y un años no es solo una cifra. Es la suma de miles de días, de decisiones, de personas queridas que ya no están y de otras que siguen ahí. Es haber atravesado épocas que nosotros solo conocemos de oídas y haber sabido adaptarse a un mundo que nunca para de cambiar. Y es, también, haber criado a unos hijos que hoy no quieren perderse su cumpleaños.

Supongo que eso, al final, es lo que uno desea para los suyos: no solo que cumplan años, sino que lleguen a ellos con esa sensación de que la vida ha merecido la pena. Con sus heridas y todo.

Feliz cumpleaños, mamá. Y que sigas haciendo lo que te dé la real gana.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.