el oceano que separa

El océano que separa

El océano separa, sí, pero precisamente porque separa convierte cada visita en un viaje, y cada viaje en un acontecimiento.

Estaba la maleta abierta sobre la cama desde hacía pocos minutos, y Maia, que entiende de geografía mucho más que yo, en seguida hizo por instalarse dentro. No es la primera vez que lo hace. Cada vez que saco la maleta del altillo, ella interpreta el gesto a su manera —que es siempre la manera más práctica— y decide que, si ese cajón de tela marrón con ruedas va a alguna parte, lo razonable es ir dentro. Se había hecho un nido entre la poca ropa que había metido y me miraba con esa indiferencia típica suya que, en realidad, es una forma de «vigilancia». Sabía que me iba. Pero no sabía adónde, ni le importaba. Solo registraba que algo, durante unos días, iba a faltar.

El sábado pasado viajaba yo a ver a mi madre. A celebrar su cumpleaños. Y mi madre, como casi todo lo que de verdad importa en mi vida, vive al otro lado del océano1.

Hay una cosa que se aprende viviendo entre islas: que el cariño, el amor, aquí tiene una distancia física concreta. No es una metáfora. A las personas que quiero y que me importan las separo o las uno por kilómetros de océano; y para llegar a algunas de ellas no basta con coger el coche y conducir un rato. Hay que cruzar el océano. Hay que mirar al horizonte y saber que detrás de esa línea, que desde la orilla parece el final del mundo, hay otra orilla similar al otro lado donde alguien especial me espera.

el oceano que separa

De más jovencito, ese océano no significaba tanto. Era un simple decorado. Uno va creciendo sin preguntarse por qué las cosas son como son, y para mí lo más natural del mundo era que para ver a según quién hiciera falta coger un barco. Ahora, en cambio, cada travesía se me ha vuelto una especie de pequeña ceremonia. El puerto, la espera, el ruido de los motores, esa hora en la que no estás ni en un sitio ni en otro, suspendido sobre el agua, con la isla de la que sales encogiéndose a tu espalda y la isla a la que llegas creciendo despacio por delante. Un paréntesis de sesenta minutos. Un tiempo que parece no contar y que, por eso mismo, sirve para pensar.

Y lo que pienso últimamente, casi siempre, es en ella.

Hay un momento en la vida en que uno empieza a mirar a su madre de otra forma. Durante décadas mi madre ha sido y es un lugar. Es el sitio al que se vuelve, la voz que siempre pregunta cómo estás, si te alimentas bien, si te cuidas bien; es la seguridad de que pase lo que pase hay una casa abierta para ti. Y entonces, un día te descubres fijándote en cosas en las que antes no te fijabas. En si camina un poco más despacio por el pasillo. En que ha contado dos veces la misma historia con el mismo entusiasmo, como si fuera algo nuevo. En cómo le tiembla ligeramente el pulso al servirse el café, y en el cuidado enorme que pone para que no se le note.

Yo no quiero dramatizar esto, porque ella sería la primera en reñirme si me pusiese demasiado solemne. Mi madre es de las que espantan la tristeza como quien espanta una mosca, de un manotazo. Pero sí he notado el cambio. He notado que, poco a poco, he empezado a ser yo el que pregunta si se está alimentando bien. El que se fija en que tome sus pastillas. El que, al despedirse, mira hacia atrás unos segundos más de la cuenta. Se van invirtiendo las cosas. Una corriente que durante toda mi vida fue en una dirección empieza, poco a poco, a girar. Y uno cruza el océano ya no solo para que lo cuiden, sino, cada vez más, para cuidar.

No sé exactamente cuándo ocurrió. Sospecho que estas cosas no ocurren un día concreto, sino que se van haciendo, como las olas esculpen las rocas en la costa: sin prisa, sin que uno apenas se dé cuenta, hasta que un día miras y la piedra tiene otra forma.

Separador

Pienso a veces en la extraña suerte que es tener este océano de por medio. Porque el océano separa, sí, pero precisamente porque separa convierte cada visita en un viaje, y cada viaje en un acontecimiento. Si mi madre viviera a tres calles, yo iría a verla con la misma atención distraída con la que se hacen las cosas que damos por sentadas: deprisa, pensando ya en lo siguiente, convencidos de que siempre habrá un mañana para hacerlo mejor… En cambio, el océano me obliga a parar. Me obliga a coger un barco, a separar un fin de semana entero, a estar. No hay manera de visitar a mi madre de pasada. Hay que querer ir. Y esa pequeña dificultad se me ha vuelto todo un regalo.

La travesía terminó como terminan todas. El ferry aminoró su marcha, el puerto apareció, la gente se levantó de sus asientos antes de tiempo para bajar al garaje a buscar sus coches con esa impaciencia tan humana de querer llegar cinco minutos antes al destino, aunque, de todas formas, todos desembarquemos juntos.

Pero cruzar el océano era solo la mitad del viaje.

Al desembarcar todavía me esperaban ciento cuarenta kilómetros de carretera, la isla entera por delante, las curvas que me sé de memoria, el paisaje cambiando despacio de la costa al interior mientras el coche subía y bajaba. Una travesía dentro de otra travesía.

Y al final de todo aquello, al final del océano y del asfalto, estaba mi madre. Asomada al balcón de casa, más pequeña cada año, me parece. Saludando con la mano como si yo pudiera no verla. Como si fuera posible, después de cruzar todo aquel océano y toda aquella carretera, no encontrarla justo a ella.

Separador

Volví el domingo en la noche. Deshice la maleta sobre la misma cama, y en cuanto vacié lo de dentro, Maia volvió a meterse, a reclamar su sitio entre la tela vacía, ajena por completo a dónde había estado y a lo que había vivido. Para ella no hubo ningún océano, ninguna carretera, ninguna madre con las manos temblorosas sirviendo café. Solo dos días en que algo faltó y luego volvió. Y yo la miré con una pequeña envidia, porque vivir así, en el presente puro, sin medir las corrientes que cambian de sentido, sin saber que hay océanos que un día habrá que cruzar y otro día ya no, debe de ser una forma de paz que a los humanos se nos ha negado.

Esa paz tiene un precio que yo no estoy dispuesto a pagar. Prefiero el océano. Prefiero saber que separa, y cruzarlo igual. Prefiero la línea del horizonte y la otra orilla que crece despacio, y los ciento cuarenta kilómetros de después, la mano que saluda desde el balcón y el abrazo cálido del reencuentro.

Mientras existan esos abrazos, seguiré cogiendo el barco y cruzando océanos.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Separador

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.


  1. Para poner en contexto al lector, yo vivo en la isla de Tenerife y mi familia cercana en la isla de Gran Canaria. ↩︎

¡Suscríbete!

Si quieres que te avise acerca de nuevas cartas publicadas, no dudes en suscribirte.

Prometo no enviarte nunca spam ni compartir tu correo con nadie.

Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.