voy a abrir la puerta

Voy a abrir la puerta

Llevo años contándote lo que pienso. Ahora quiero abrirte la puerta y dejar que vivas la escena conmigo. Una carta sobre empezar a escribir distinto.

Te escribo hoy una carta un poco extraña, porque es una carta sobre las cartas. Una de esas en las que el que escribe se está mirando las manos sobre el teclado, preguntándose qué diablos está haciendo exactamente. Pero ya me conoces: cuando algo me ronda la cabeza, no sé quitármelo de encima hasta que lo dejo aquí, contigo, plasmado en palabras.

Maia está echada en el brazo del sofá, en esa postura imposible que solo ella entiende, con media cara colgando hacia el vacío y una pata estirada como si señalara algo que no existe. Lleva así un buen rato. No piensa en lo que fue ni en lo que será; está, sin más, ocupando su trozo de tarde. La envidio un poco. Yo, en cambio, llevo semanas dándole vueltas a esto que te voy a contar.

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Llevo años escribiéndote de la misma manera. Me siento, dejo que un pensamiento me vaya creciendo por dentro —el tiempo, la memoria, una soledad que elegí o que me eligió a mí, vete a saber—, y lo voy ordenando en voz alta hasta que cabe en algo parecido a una carta. Te cuento lo que pienso. Te llevo de la mano por una idea, te enseño por dónde la agarro, lo que pienso de ella, y dónde creo por fin haberla atrapado. Y si he tenido suerte, al cerrar la carta los dos nos quedamos con esa sensación —a veces algo tenue— de haber entendido algo, aunque no sepamos muy bien qué.

No reniego de esa forma de escribir. Me ha hecho compañía mucho tiempo, y seguirá existiendo. Pero últimamente, cada vez que termino una carta, se me queda una espinita clavada. La sensación de haberte contado el resumen de algo en lugar de dejarte vivirlo. Como quien vuelve de un viaje y, en vez de llevarte con él, te enseña las fotos y te va explicando: «aquí hacía frío», «aquí me emocioné», «este atardecer no veas cómo era». Tú asientes, claro. Pero no estuviste.

Y, ¡ya ves qué cosas!, se me ha metido entre ceja y ceja la idea de abrir la puerta.

voy a abrir la puerta

Te lo explico brevemente, que para eso estoy aquí dándole a la tecla (mira, ya estoy otra vez explicando; perdóname, es la costumbre de tanto tiempo…). Durante años te he descrito el paisaje desde la ventana. Te he dicho cómo era la luz, qué pensaba yo de esa luz, qué me recordaba. Pero la ventana, por buena que sea, siempre tiene un cristal en medio. Y me he dado cuenta de que lo que de verdad me apetece ahora no es contarte el paisaje: es abrir la puerta, salir contigo, y que lo veas tú mismo mientras caminamos.

Quiero escribir cartas donde pasen cosas. Donde haya una mesa, una hora, alguien que dice algo o alguien que calla. Donde no te diga «aquel día me sentí solo», sino que te siente conmigo en aquella terraza, te ponga delante el café que se enfría y te deje notar el silencio por ti mismo. Cartas más narrativas, vaya, aunque la palabra suene a clase de instituto. Cartas que sean más escena y menos sermón. Más mostrar y menos explicar.

Y aquí viene la parte que me da un poco de vértigo confesarte: no sé si me saldrá bien. He pasado tanto tiempo pensando en voz alta que no sé si sabré quedarme callado y dejar que las cosas ocurran solas sobre el papel. Es como cuando llevas años conduciendo por la misma carretera y de pronto coges un desvío: durante un rato no sabes muy bien dónde estás, y eso, a cierta edad, asusta y entusiasma a partes iguales.

Pero quiero intentarlo. Y quiero que lo sepas, no por avisar de un cambio en la programación, como si esto fuera una cadena de televisión, sino porque tú llevas años al otro lado de estas cartas. Tú eres quien las lee. Me parecía justo decírtelo a la cara, o a lo que sea esto que tenemos: tú ahí y yo aquí, separados por una pantalla y unidos por unas cuantas palabras los domingos.

Te pongo un ejemplo, para que no te quedes con la teoría. Mira:

Son las ocho de la tarde. La cocina huele al café que acabo de hacerme aunque sé que luego no dormiré. Maia entra sin hacer ruido, se sienta en el centro exacto de la baldosa que el sol todavía no ha terminado de soltar, y me mira con esa paciencia suya de criatura que no espera nada. Fuera, alguien arrastra una silla en la terraza de abajo. Yo dejo la taza, me siento, y por un momento no pienso en nada. Solo estoy. Y resulta que ese instante, ese exactamente, es de lo que llevo años queriendo hablarte sin saber cómo.

¿Lo ves? No te he dicho que la tarde fuera serena. Te he dejado dentro de ella. Eso es lo que quiero aprender a hacer.

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No te prometo que todas las cartas vayan a ser así a partir de ahora. Habrá días en que me vuelva el de siempre, el que piensa en voz alta y te lleva de la mano por una idea, porque ese también soy yo y no lo voy a echar a la basura. Pero quiero que sepas que, cuando una carta empiece de otra manera —con una hora, con un olor, con alguien que entra por una puerta—, no me he equivocado de tono. Es que estoy probando a abrirte la puerta de verdad.

Maia sigue en el brazo del sofá. Ha cambiado de postura: ahora tiene las dos patas colgando y los ojos entornados, y juraría que se ríe un poco de mí y de mis dudas de domingo. Ella no necesita anunciar nada. Simplemente está, ocupando su trozo de tarde, enseñándome sin querer todo lo que llevo media carta intentando decirte.

Así que eso. Que voy a abrir la puerta. Pasa cuando quieras; yo te espero dentro.

Que sigas bien.

Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

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Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.