Muchas veces me pregunto por qué escribo como escribo. Me pregunto si tengo mi propia voz, pienso en cuál es mi tono o cuál quiero que sea, y todas esas cuestiones que tienen que ver con el acto de escribir. Y es que, a los que escribimos asiduamente nos asaltan muy de vez en cuando este tipo de dudas.
Pero hablemos un poco de la voz y del tono en el acto de escribir.
La voz
Cuando hablamos de escritura, para mí la voz es, simplemente, quién eres tú cuando escribes. Es tu manera natural de mirar el mundo y lo que te rodea; de pensar, de elegir palabras, de construir frases, de acercarte a los temas. Yo creo que hay tres puntos importantes en la voz de un escritor, y son éstos:
Se mantiene aunque cambies de tema.
Se reconoce con el tiempo.
Tiene que ver con tu identidad como escritor.
A fin de cuentas, tu voz es lo que haría que alguien, sin ver tu nombre, dijera: «esto suena a Jaime». Y eso es harto complicado. Cuanto más pienso en ello, más creo que es algo que no puede forzarse. Supongo que eso se decanta con los años.
El tono
Luego está el melón del tono, que no es ninguna tontería. Yo muchas veces confundía la voz con el tono, y no son lo mismo. El tono es cómo te colocas emocionalmente en un texto concreto, por ejemplo:
Íntimo.
Dolido.
Esperanzado.
Enfadado.
Irónico.
Sereno.
El tono sí cambia de un texto a otro. Dependerá de lo que estés contando y de cómo estés tú ese día.
Resumiendo (o alargando)
La voz es mi forma de ser cuando escribo. El tono es el estado de ánimo del texto que escribo. Puedo tener la misma voz escribiendo sobre el amor, el miedo o la pérdida, pero con tonos completamente distintos.
Supongo que es totalmente normal, como me ocurre a mí, no sentir que uno tiene todavía su propia voz. De hecho son muchos los escritores que pasan por esa sensación de estar «probando voces» durante años. Imagino que hay que leer mucho, contaminarse de todo, imitar, dejarse impregnar, fallar mucho… hasta que, sin avisar, un día la escritura empezará a sonar a uno mismo. Porque no creo que se encuentre buscándola. Se encontrará escribiendo mucho.
Reflexionando sobre todo lo anterior, yo creo honestamente que todavía no tengo una voz propia. O, al menos, no del todo. A veces releo cosas antiguas y no me reconozco. Otras, en cambio, me sorprendo pensando: «aquí sí estoy yo». Y es que yo solo escribo para entenderme. Para ordenar lo que siento. Para poner un poco de luz donde a veces solo encuentro ruido. Muchas veces empiezo un texto sin saber muy bien a dónde voy. Solo sé desde dónde parto: desde algo que me inquieta, que me duele, que me mueve por dentro. Y mientras escribo, algo se va colocando. No siempre queda bonito, pero suele quedar de forma que me hace sentir cómodo en el momento de escribirlo. Y para mí, ahora mismo, eso vale más que cualquier otra cosa.
Muchas veces escribo en una narrativa algo poética. Busco «adornar» las palabras o las expresiones, y eso me ha hecho pensar muchas veces que estaba dejando de ser yo mismo. Quiero que las palabras y el texto suenen tan bonitos que al final deja de sonar a mí, supongo. Es algo que estoy empezando a rectificar. Al final uno acaba entendiendo que todo tiene su momento, y que lo explicado de manera simple no tiene por qué sonar peor o tener menor calidad que el que se escribe con «adornos».
Creo que escribo así porque estoy en búsqueda. No de una voz perfecta, sino de una voz honesta. No lo digo por decir. Lo que quiero es encontrar una voz que no suene prestada, que no imite demasiado a nadie, que no se esconda detrás de recursos brillantes. Me interesa más escribir desde el sentimiento que desde la pose. Más desde la duda que desde la certeza. Quizá por eso me guste tanto la poesía.
Y me llena escribir porque, aun sin tener del todo claro quién soy cuando escribo, siento que cada texto es un pequeño paso hacia ahí. Como si fuera dejando migas de pan en el camino. A veces alguien al otro lado me escribe y me dice que se ha sentido reflejado. Otras veces, también, alguien conocido me dice que no me encuentra en lo que escribo. Y entonces pienso que, aunque mi voz sea todavía torpe, aunque esté en construcción, ya está sirviendo para algo. Para acompañar, para abrir una conversación, para recordarnos que no estamos solos en lo que sentimos.
No creo que vaya a encontrar mi voz de repente. Creo que he de cultivarla. Que me la he de ganar a base de constancia. De sentarme muchas veces sin ganas. De escribir mal. De borrar. De dudar. De volver. Imagino que, con el tiempo, dejaré de preguntarme tanto por mi voz… y simplemente escribiré hasta que salga por sí sola. Hasta que me reconcilie con lo que no entiendo de mí. Porque confío en que, a fuerza de escribir a menudo, un día me daré cuenta de que esa voz que tanto buscaba ha estado siempre aquí, creciendo en silencio entre una carta y la siguiente.
Quién sabe. Quizá siempre estuvo ahí.
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.



