Carta a la precariedad

Relato corto #010 - Relato presentado para concurso.

Nunca imaginé que llegaría el día en que tendría que abrirte la puerta. No te quería cerca y sinceramente creí, ingenuo de mí, que podría mantenerte lejos con trabajo, disciplina y un par de ilusiones bien sostenidas. Pensé que mientras yo siguiera haciendo lo correcto, tú te quedarías ocupada en otros asuntos. Pero no. Apareciste una mañana cualquiera, sin previo aviso, con tu olor a incertidumbre y tus silencios incómodos, y desde entonces te has instalado en mi vida como si siempre hubieras tenido derecho a hacerlo.

Aceptarte no se parece a rendirse, aunque lo parezca. Es más bien un ejercicio constante de respiración, un recordatorio de que nada es tan sólido como parecía. Has colonizado mis días con una presencia que desgasta: el eco de mi nevera, las facturas que me amenazan desde la mesa, y el banco, ahora convertido en mi enemigo. Caminas detrás de mí como una sombra sin pedir permiso, alterando el ritmo de mi cotidiana vida. El café ya no me sabe igual. Las noches se sufren más de lo que me atrevo a admitir y mi cabeza hace cálculos incluso cuando trato de descansar.

Me recuerdas, con una sinceridad brutal, que tengo pocas cosas bajo control. Has reducido mis planes y ampliado mis miedos. Has cambiado la forma en que miro el futuro, obligándome a observarlo con esa mezcla de cautela e ironía de quien sabe que una tormenta puede desbaratar cualquier intento de orden. Traes un cansancio que no se nota desde fuera, pero que me invade por dentro, me rompe y me desgaja. Y aun con todo, sigues aquí, reclamando tu espacio.

Lo que más me fastidia de tu presencia es la soledad en la que me dejas; que me aísles, que reveles sin piedad quién permanece y quién desaparece de mi vida cuando las cosas se tuercen. Te sientas a mi mesa y me obligas a mirar alrededor con otros ojos. ¿Pero sabes qué? Aunque me duela, te lo agradezco: filtras el ruido, dejas solo lo auténtico, iluminas a quienes no se marchan y merecen realmente mi atención.

No voy a fingir que te quiero aquí. No te quiero en mi vida. Pero ya que has insistido en quedarte, me descubro aprendiendo de ti a pesar mío. Me has enseñado a identificar lo esencial sin tantos adornos, a reconocer que no necesito tantas cosas como creía. Me has mostrado que incluso en medio de tus embestidas hay pequeños lugares seguros, como conversaciones con personas que calman, paseos donde la mente descansa o abrazos que sostienen más de lo que podrían aparentar.

Y a veces, aunque sea solo por instantes, pienso que quizá tu llegada tiene algo de punto de inflexión. Porque también me has obligado a mirar hacia adelante con más verdad. A preguntarme qué quiero transformar, qué puedo reconstruir, qué merece seguir conmigo cuando tú por fin decidas levantarte y marcharte. Porque sé que un día te irás, y cuando eso ocurra no quiero ser el mismo que te abrió la puerta temblando.

Así que, aunque me duelas, aunque me agotes, aunque no te quieras mover de aquí, ten claro esto: no pienso sentirme derrotado nunca. Aprovecharé cada grieta que abras para dejar entrar un poco más de luz. Porque incluso ahora, incluso contigo sentada en mi salón, sé que existe una vida mejor esperándome en algún punto del camino. Y lo quieras o no, pienso alcanzarla.


Gracias por sumergirte en esta historia.
A veces lo inventado revela más que lo vivido.

Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Separador

Nota de autor:
Escribo relatos para perderme… y encontrar algo inesperado en el camino.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.