Yo no suelo llorar mucho. No, al menos, en circunstancias en las que se supone que se ha de llorar. Recuerdo el día en que mi madre me llamó para decirme que mi padre había fallecido, no pude soltar una sola lágrima. Saqué el pasaje de barco, me acosté a dormir —aunque no pude conciliar el sueño— y al día siguiente cogí el coche dirección al puerto, crucé la isla de Tenerife, embarqué en el ferry, crucé la isla Gran Canaria, y cuando llegué a casa de mis padres y abracé a mi madre, fue cuando me desmoroné como un castillo de naipes. Entonces sí que lloré como un bebé.
Sin embargo, cuando se trata de llorar, lloro por cosas que me da vergüenza reconocer. Y me da vergüenza simplemente porque no son cosas por las que la mayoría de personas lloraría. Existe un tipo de sentimiento que me resulta difícil describir, sobre todo para mí que soy algo sensible a las emociones en general. Hace un tiempo me topé con una forma de poder describirlo y es lo que vengo a contarte hoy.

Hace apenas unos días una amiga me contaba que ayudó a una señora a tirar la basura. La pobre anciana iba caminando por la calle, a duras penas, tirando de la bolsa y con una muleta en la otra mano. Mi amiga se interesó por ella y la ayudó, le cogió la bolsa y se acercó hasta el contenedor para que la señora no tuviera que hacerlo. Eso me hizo sentir una ternura especial y me hizo ver la calidad de persona con la que tengo el gusto de relacionarme.
Aunque hay algo más. En el momento en que escuchaba cómo me contaba el encuentro, e imaginé la escena en mi cabeza, una parte de mí se conmovió mucho. Me emocioné. Y si, hablamos de un gesto humano muy sencillo, luego entonces ya imaginarás cómo enfrento a cuestiones de mayor calado.
Como digo, no suelo llorar. O al menos no por lo que se supone que debería.
No lloro frente al desastre, ni frente a la injusticia, ni frente al clamor social que dejan a su paso las tragedias colectivas. Me indigno, sí. Me cabreo como cualquiera. Me hundo un poco por dentro. Pero las lágrimas, esas que otros derraman con naturalidad, a mí se me quedan atrapadas en algún rincón interno.
Sin embargo, hay algo que sí consigue derribar mis diques. Algo que, cada vez que aparece, me rompe con suavidad y me recompone en el mismo gesto: la bondad extrema, la solidaridad que estalla donde menos lo esperas, ese heroísmo cotidiano que no presume, que no hace ruido, el que simplemente actúa.
A mí me conmueve la gente que se lanza al agua sin pensarlo para salvar a un desconocido. Me conmueve quien carga sobre sus hombros el peso de otra vida. Me conmueve quien olvida el miedo para sostener a quien se está desmoronando. Me conmueve cuando alguien expresa lo que siente su alma por la persona a la que quiere. Ese tipo de amor —porque no es otra cosa— me estremece. Y ahí sí: ahí lloro sin remedio.
Hace poco descubrí que existe un nombre para este sentimiento. Un concepto preciso para esas lágrimas que no nacen de la tristeza, sino de la belleza moral. El término es kama muta. Viene del sánscrito y significa algo así como «ser movido por el amor». Y, sinceramente, pocas veces una definición me ha encajado tan bien en el corazón.

Kama muta es eso que sientes cuando ves a alguien hacer algo que le cuesta sobremanera, o que le pone en riesgo, o que le exige más de lo razonable… y aun así lo hace. Es el nudo en la garganta cuando presencias un acto de entrega absoluta. Es ese latido que te sube desde el estómago y termina en tus ojos cuando alguien demuestra que, pese a todo, seguimos siendo capaces de lo mejor.
Pienso en la tragedia de Valencia, en los rescatistas metidos en el lodo, exhaustos, con frío, pero empeñados en sacar de allí a quienes pudieran. Pienso en los vecinos ofreciendo mantas, comida, cobijo, sin pedir nada a cambio. Pienso en las manos tendidas en mitad del caos.
Y, mira, ahí sí: ahí se me quiebra la voz.
Ahí sí lloro.
Porque el desastre arrasa, sí. La incompetencia política cabrea, claro. El pillaje indigna, por supuesto. Pero hay otra historia que corre en paralelo, más discreta, más humana: la del bien que insiste. La del amor puesto en práctica. La de la solidaridad que no pide permiso para ser.
Suelen ser esas historias de superación —las que casi nunca abren telediarios— las que me derrumban y me salvan a la vez.
Quizá por eso me aferro a la idea de que, incluso en los días más oscuros, hay una llama que nunca termina de apagarse. Es una llama real, jodidamente real: la que encendemos los unos en los otros cuando decidimos ser mejores de lo necesario.
Si alguna vez has llorado viendo a alguien ayudar sin esperar nada; si alguien ha desnudado su alma frente a ti; si se te ha hecho un nudo al presenciar un gesto de ternura radical; si una simple escena de solidaridad te ha abierto un hueco en el pecho… entonces ya sabes lo que es el kama muta.
Y quizá, sin darte cuenta, también seas parte de él. Porque este mundo se sostiene —más de lo que creemos— gracias a esa emoción que nos recuerda que todavía podemos ser mejores personas, que podemos expresar amor de muy diversas maneras y que, a veces, llorar no es debilidad, sino una forma de agradecer que la humanidad siga, contra todo pronóstico, mostrando bondades y amores como los descritos.
Seamos, pues, kama muta, seamos «movidos por el amor».
Que sigas bien.
Gracias por leer hasta el final.
Espero que estas palabras te hayan acompañado, aunque sea un ratito.
Gracias por estar. 💙
Con afecto,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Nota de autor:
Escribo para entender, no para explicar. La escritura es mi forma de pensar en voz baja.


