Un escritorio con libros, un ordenador y auriculares junto a una ventana iluminada por el atardecer.

Marzo no sabía nada

Poema #026 (verso libre) - Hay meses que guardan secretos. Un poema sobre las conversaciones, la ilusión de sentirse escuchado y la ternura de los recuerdos.

«Hay recuerdos que tienen su propia música.
Esta es la que acompaña al mío.»

Marzo no sabía nada

Marzo de 2025 llegó como llega siempre,  
con la primavera todavía indecisa
y aquella luz que comenzaba a demorarse
en las ventanas de mis días acostumbrados.
Yo seguía con mi vida de siempre,
entre libros, escritos y pequeñas rutinas,
sin sospechar que algunos meses
guardan secretos que ni ellos mismos conocen.

Había aprendido a caminar por mis días
con la tranquilidad de quien supone
que pocas cosas pueden ya sorprenderlo.
La vida seguía su curso,
en encefalograma plano,
hasta que algo ocurrió muy a lo lejos,
a miles de kilómetros de distancia,
y cambió la manera en que esperaba las tardes.

Todo comenzó entre palabras escritas,
en aquella plataforma donde la gente escribe
y donde yo acostumbraba a dejar mis pensamientos.
Había alguien al otro lado de aquellas letras,
alguien cuya ausencia entre los comentarios
me llevó una tarde a preguntar si todo iba bien.
Y de aquella pregunta tan sencilla,
casi perdida entre las cosas cotidianas,
nació una conversación que, todavía hoy, me acompaña.

Primero llegaron las palabras,
después una voz un poco desordenada,
con sus días difíciles a cuestas
y aquella manera entrañable
de llamarse a sí misma «desastrillo».
Nunca imaginé que una palabra tan pequeña
pudiera regalarme tantas sonrisas.

Más tarde llegaron las risas,
los silencios que no incomodaban,
las historias que encontraban otras historias
y aquella extraña facilidad para conversar
sin necesidad de saber hacia dónde íbamos.
Había algo muy hermoso en descubrir
que las palabras podían caminar solas
cuando había alguien que las recibía con cariño.

Las nueve de la noche dejaron de ser una hora.
Se convirtieron en un lugar al que regresar,
en una pequeña cita con lo cotidiano,
en dos voces que acercaban la distancia
mientras una cena se preparaba a lo lejos
y yo dejaba descansar las fatigas del día.

Hablábamos de experiencias de vida,
de libros, de lectura y de escritura,
de las cosas que nos habían sucedido,
de recuerdos que despertaban otros recuerdos,
de todo y de nada,
que a veces son dos maneras diferentes
de reconocer lo verdaderamente importante.

¡Y qué hermosa aquella forma de escuchar!

No era solamente prestar atención,
ni guardar silencio hasta que llegara el turno.
Era ofrecer un lugar a mis palabras,
dejarlas entrar sin pedir explicaciones,
darles tiempo para encontrar su sentido
y recibirlas sin el peso de ningún juicio.

Yo podía ser yo.

Y aquello, que parece tan poca cosa
cuando trasciende a la memoria,
tiene la grandeza de esos regalos
que nunca necesitan de un envoltorio.

Las noches comenzaron a hacerse pequeñas.
A veces nos despedíamos varias veces
y siempre quedaba una historia pendiente,
una carcajada escondida en el último minuto,
alguna palabra que se negaba a ser la última.

Dos mil quinientos kilómetros
seguían extendidos entre las dos orillas,
pero había momentos en los que la distancia
parecía olvidarse de su propio tamaño.
Primero fueron audios, y después llamadas;
más tarde llegaron también las videollamadas,
y descubrí cómo un precioso mundo entero
podía caber en la pantalla de un ordenador.

¡Y batallábamos por ver quién colgaba!

Después de las conversaciones
llegaba el silencio.

Pero no era el mismo silencio de antaño.
Algo permanecía flotando en el ambiente,
como si las voces necesitaran de algo más
para abandonar mi cabeza.
Yo dejaba el ordenador a un lado
y me descubría sonriendo a solas,
con aquella felicidad maravillosa
que no necesita de nada para ser verdadera.

Y así fueron pasando los días y las semanas.

La vida seguía teniendo los mismos horarios,
el trabajo, las obligaciones y las costumbres,
pero yo encontraba una alegría nueva
en las pequeñas cosas que estaban por llegar.
Guardaba noticias sin importancia,
alguna ocurrencia, una lectura,
un pensamiento que merecía ser compartido.

Había recuperado el gusto por esperar.

Me gustaba aquella versión de mí,
la que se reía con tanta facilidad,
la que miraba el teléfono más de la cuenta,
la que comenzaba a descubrir
que aún quedaban muchas cosas hermosas
escondidas en los días más corrientes.

Y casi sin darme cuenta,
algo hermoso estaba sucediendo.
Quizá las cosas importantes
no tienen un instante preciso,
sino que llegan a su ritmo,
hasta que un día te das cuenta
de que todo parece distinto.

Había días difíciles, naturalmente.
La vida nunca deja de ser la vida
porque alguien consiga hacernos felices.
Seguían existiendo las preocupaciones,
el cansancio y esas pequeñas derrotas
que nadie puede evitarnos.

Algunas cosas importaban menos
después de haberlas contado.
Otras, aunque siguieran pesando lo mismo,
encontraban una forma más amable
de quedarse entre mis pensamientos.

Y yo fui feliz.

Fui feliz con las conversaciones,
con la confianza que iba creciendo,
con la alegría de sentirme escuchado,
con aquella generosidad tan sencilla
que hacía de una noche cualquiera
un recuerdo difícil de olvidar.

Después, como ocurre siempre,
el tiempo continuó su camino.

Llegaron otros meses y otras estaciones,
días más luminosos y días muy difíciles.
La vida fue escribiendo su historia
con esa costumbre tan suya
de no preguntarme si estoy preparado
para las páginas que vienen después.

Y muchas cosas cambiaron.

Algunas de una manera hermosa.
Otras dejaron una tristeza
que todavía no soy capaz de explicar.

Pero no quiero llevar aquella tristeza
hasta el comienzo de esta historia.

No sería justo.

No sería justo regresar a aquel marzo
con los ojos de quien conoce el desenlace,
ni quitarle una sola sonrisa
al hombre que entonces era,
ni advertirle de los días difíciles
cuando todavía estaba descubriendo
la alegría de sentirse acompañado.

Si pudiera volver,
si la vida me concediera por un instante
la posibilidad de visitar aquellos días,
creo que no haría nada extraordinario.
Me sentaría en algún rincón de mi memoria
y dejaría fluir las cosas,
y me miraría a mí mismo
con una ternura que entonces no conocía.

Vería a un hombre ilusionado,
quizá un poco ingenuo,
con muchas ganas de compartir la vida
y una felicidad pequeña
que, poco a poco,
le iba creciendo por dentro.

No le diría nada.

Ni siquiera cuando lo viera sonreír
después de terminar una llamada,
ni cuando descubriera que las nueve de la noche
habían comenzado a tener
una importancia que antes no tenían.

Lo dejaría vivir.

Porque hay recuerdos que merecen
permanecer libres de lo que vino después.
Momentos que fueron hermosos por sí mismos
y que no necesitan que el futuro
les conceda ninguna explicación.

Hoy ha pasado bastante tiempo.

Marzo volvió a visitar el calendario este año
y se marchó como hacen todos los meses,
pero el del año pasado seguirá teniendo
un maravilloso lugar entre mis recuerdos,
como una ventana que todavía conserva
la última claridad de una tarde hermosa.

No podría repetir aquellas conversaciones.
Se me han escapado muchas palabras,
muchas historias pequeñas,
seguramente algunas de las mejores.

Sin embargo, recordaré cómo me sentía.

Recordaré la alegría de hablar,
la tranquilidad de saberme escuchado,
la generosidad que encontraba
en cada nueva conversación.
Recordaré la sensación de que el mundo,
al menos durante unas horas,
puede convertirse en un lugar más amable.

Aunque también siento tristeza.
Está ahí, naturalmente,
en ciertos silencios,
en determinadas horas,
en esa extraña emoción que aparece
cuando la memoria me devuelve
algo hermoso que pertenece al pasado.

Pero junto a ella convive la gratitud.

Y una pequeña alegría, serena,
que todavía consigue abrirse paso
entre todo lo que ha cambiado.

No quisiera olvidar ninguna de las dos.

La tristeza me recuerda
que aquello fue importante.
La alegría me devuelve
todo lo hermoso que tuve la suerte de vivir.

Quizá solo por eso sigo regresando
de vez en cuando a aquel marzo,
no para buscar respuestas
ni para lamentarme por nada,
sino para encontrarme un instante
con aquel hombre que fui
cuando una voz al otro lado de la pantalla
consiguió que los días tuvieran otra luz.

Ahora sé que existen regalos
que jamás guardaré en ningún cajón,
y que seguiré llevando conmigo
mucho después de haberlos recibido.

Una forma distinta de escuchar.
La confianza de abrirse sin miedo.
La certeza de que mis palabras
podían encontrar un lugar donde descansar.

Y también aquella hermosa enseñanza
que a veces llega de repente:
que la felicidad puede esconderse
en las cosas más sencillas y cotidianas.

Aquel marzo no sabía nada de esto.

Yo tampoco.

Y ahora, cuando cierro los ojos
y regreso por un instante
a aquellas noches de palabras interminables,
todavía puedo reconocer
la alegría de aquel hombre
que encontraba razones para sonreír
mucho después de haber colgado.

Y me gusta pensar que sigue allí,
en algún lugar de mi memoria,
disfrutando de una gran conversación
que ninguno de los dos quiere terminar.

Y no quiero interrumpirlo.

Que siga hablando.

Que siga riendo.

Que disfrute de aquel marzo
con toda la inocencia
de quien todavía no sabe
lo hermoso que es
todo lo que está por vivir.

©2026 - Jablago.
#sentioergosum

Gracias por leer este poema.
Las palabras a veces no explican, solo acompañan. 💙

Con ternura y versos,
Jaime Blanco.
#sentioergosum

Separador

Nota de autor:
Escribo poemas para expresar todo aquello que no sé contar de otra forma. No para entender el mundo, sino para habitarlo con más belleza.

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Jaime Blanco
Jaime Blanco

Escribo sobre lo que me atraviesa: el tiempo, el miedo, el amor, las dudas y esas pequeñas certezas que aparecen cuando uno se para a pensar. Si buscas textos que no griten, que no prometan salvarte la vida o que te acompañen un rato, estás en tu casa.